La fiscalía instaló vigilancia.
Capítulo 3
La fiscalía instaló vigilancia.
Yo seguí fingiendo estar en Italia.
Mandé fotos viejas.
Historias programadas.
Un video de Florencia grabado por una amiga.
Renata respondía con corazones.
Santiago sólo escribió una vez:
*Espero que estés mejor.*
Leí ese mensaje veinte veces.
Mi esposo estaba preparando mi muerte.
Y tuvo la desfachatez de poner un corazón.
Dos días después, Teresa consiguió grabar una conversación.
Renata.
Santiago.
Mariana.
Y Cárdenas.
Estaban en el comedor.
—El viernes —dijo el abogado—. Valeria regresa “antes de tiempo”.
Mi respiración se detuvo.
Lucía subió el volumen.
Santiago habló:
—Yo digo que me sorprendió.
Renata:
—Ella toma el coche.
Cárdenas:
—Sube sola.
Mariana preguntó:
—¿Y si no conduce?
Silencio.
Luego Santiago:
—Va a conducir.
Renata rio.
—Siempre lo hace cuando está enojada.
Mi estómago se revolvió.
Me conocían.
Habían construido el plan usando mis hábitos.
Yo regresaría de Italia.
Descubriría a la amante.
Habría una pelea.
Saldría furiosa.
Tomaría mi coche.
Subiría hacia Desierto de los Leones.
Los frenos fallarían.
Caería.
Y todo el mundo diría:
**esposa traicionada pierde el control tras descubrir infidelidad.**
Perfecto.
Humillante.
Creíble.
La mujer embarazada hizo una pregunta:
—¿Y después?
Renata respondió:
—Después ya no puede pelear nada.
Sentí que me temblaban las manos.
Pero todavía faltaba algo.
Mariana.
Su bebé.
¿Por qué estaba tan tranquila participando en un homicidio?
Entonces ella dijo:
—Quiero que quede claro que después de esto Santiago reconoce legalmente al niño.
Se hizo silencio.
—Ya lo hablamos —dijo él.
—No. Tú lo hablaste con tu mamá.
Renata intervino.
—Mariana, no empieces.
—Quiero papeles.
—Los tendrás.
—Porque no voy a pasar por todo esto para que después digan que el niño no es suyo.
El abogado carraspeó.
—No es momento.
Mariana levantó la voz.
—Entonces ¿cuándo?
Santiago respondió:
—Después de que Valeria esté muerta.
Lucía detuvo el audio.
—Ya.
—¿Qué?
—Esto basta.
Yo seguí mirando la pantalla.
—No.
—Valeria.
—Reprodúcelo otra vez.
—¿Para qué?
—Quiero escuchar la parte del niño.
Lo hicimos.
Una vez.
Dos.
Tres.
Había algo raro.
No sabía qué.
Hasta que recordé a Teresa.
*Eso dicen.*
—Lucía.
—¿Qué?
—Necesito una prueba de ADN.
—¿De quién?
—Del bebé.
Me miró como si yo hubiera perdido la cabeza.
—¿Por qué?
—Porque algo no cuadra.
Capítulo completado
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