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La noche de bodas, el jefe de la mafia siciliana descubrió que su esposa todavía era virgen
Capítulo 2 / 4

Capítulo 2

Part 2: La noche de bodas, el jefe de la mafia siciliana descubrió que su esposa todavía era virgen

2268 palabras

PARTE 2 — La novia entra al mundo de los Santoro

Era la primera vez en años que veía a Arthur Shaw perder el control.

La taza de café vibró.

El sobre se deslizó sobre la madera.

El silencio que vino después tuvo más fuerza que el golpe.

—Algún día lo vas a entender —dijo—, hoy no, pero algún día sí.

—¿Qué clase de padre le dice eso a su hija?

—Uno que ya no tiene opciones.

—¿Y qué clase de opción consiste en encerrar a tu hija en un matrimonio con un criminal?

No respondió.

Se apretó el puente de la nariz, como hacía cuando comenzaba a darle migraña.

Por primera vez me fijé en lo cansado que se veía.

Quizá siempre había estado así y yo nunca me había detenido a observarlo.

Tenía sombras oscuras debajo de los ojos.

Sus manos parecían demasiado viejas para un hombre que todavía se subía a escenarios y sonreía detrás de un podio.

—Si te niegas, voy a tener que desheredarte.

Lo dijo casi sin emoción.

Pero

sus ojos lo traicionaron.

La dureza de su voz parecía apenas una capa alrededor de algo mucho peor que todavía no estaba dispuesto a contarme.

Me agarré de la silla.

—Me estás amenazando.

—Estoy tratando de protegerte.

—Pues no parece protección.

—Lo sé.

Nos quedamos callados mientras el reloj seguía avanzando.

Afuera pasó un carro y alguien tocó el claxon.

El resto de Palermo seguía viviendo como si nada.

El mundo no se había detenido solo porque el mío acababa de cambiar para siempre.

—Papá.

—¿Sí?

—Mírame.

Levantó los ojos.

Los tenía rojos.

Solo había visto llorar a Arthur Shaw dos veces.

En el funeral de mi madre y la noche en que perdió su primera elección.

Aquella habría sido la tercera.

—Te quiero —dijo.

Lo miré durante un segundo.

—Créeme, yo también te quería.

Me levanté, tomé mi bolsa y salí sin voltear.

Si lo hubiera hecho, quizá habría

regresado.

Quizá lo habría abrazado y perdonado antes de entender exactamente qué estaba perdonando.

Durante el camino de regreso, el chofer no dijo una sola palabra.

Palermo pasó detrás de la ventana.

No lloré.

Me quedé observando mi reflejo en el vidrio.

El cabello recogido.

La blusa negra.

La cara de una mujer que había salido de casa pensando que iba a presentar un examen y regresaba con una boda programada para el sábado.

Cuando llegué al edificio, Stella estaba sentada en las escaleras frente a mi departamento con dos cafés helados y unos lentes oscuros, aunque ni siquiera había ventanas en el pasillo.

—Tienes cara de haber visto un fantasma —dijo mientras me ofrecía uno—, mi intuición nunca falla.

—Stella.

Bajó lentamente el vaso.

—¿Qué pasó?

—Me voy a casar el sábado.

Se quedó callada.

Dos segundos completos.

Stella Ki nunca se quedaba callada durante dos segundos.

Pensaba en

voz alta.

Llenaba cualquier silencio.

Para ella, una pausa era algo que había que arreglar.

Aquellos dos segundos fueron probablemente la parte más aterradora de toda la mañana.

—¿Con quién?

—Niko Santoro.

Se quitó los lentes.

—¿Los Santoro?

—Sí.

—¿La familia de las colinas?

—Sí.

—¿Los que dicen que…?

—Esos mismos.

Dejó los cafés en el suelo y me abrazó sin preguntar nada más.

—¿Quieres irte? —susurró—, nos vamos ahora mismo, tengo un primo en Catania.

Solté una risa que terminó pareciéndose demasiado a un sollozo.

—Ojalá pudiera.

—¿Por qué no puedes?

—Me va a desheredar.

Stella se apartó y me miró fijamente.

—Con todo respeto, que se quede con la herencia.

—No es por el dinero, es por él, no puedo dejar solo a mi padre.

Recordé cómo se había visto en la oficina.

—Hoy parecía viejo —dije—, y estaba asustado.

Stella no intentó convencerme de nada.

Solo tomó mi mano y se quedó conmigo.

Sentadas en aquellas escaleras, con dos cafés calentándose a nuestro lado y la ciudad funcionando como cualquier otro día, lloré por primera vez.

El jueves y el viernes pasaron casi sin dejar recuerdo.

No regresé a la universidad.

Ignoré todas las llamadas que no fueran de mi padre o de Stella.

Un vestido de novia llegó dentro de una caja color marfil.

Estaba hecho exactamente a mis medidas.

Medidas que yo jamás le había dado a nadie.

Era de satén pesado, con encaje discreto alrededor del escote.

Era hermoso.

Y no tenía absolutamente nada que ver conmigo.

Durante aquellos dos días me hice una promesa.

No importaba quién fuera aquel hombre.

Ni su edad.

Ni su tamaño.

Ni lo que se dijera de él.

No iba a verme llorar.

Entraría a la iglesia con la espalda recta y saldría de la misma manera.

Durante la ceremonia seguiría siendo Eveina Shaw.

Y Eveina Shaw no iba a llorar frente a la gente que prácticamente la había comprado.

El sábado amaneció con un cielo completamente despejado.

Hasta eso me molestó.

La maquillista trabajó en silencio.

La estilista también.

Stella entró dos veces, me tomó de la mano y las dos veces salió sin decir una palabra.

Cuando bajé las escaleras, mi padre me esperaba abajo con un esmoquin.

—Te ves hermosa.

—Lo sé.

Tragó saliva y me ofreció el brazo.

—¿Vamos?

—Vamos.

Puse mi mano sobre él.

—Si hoy descubro que me mentiste, no te voy a perdonar.

—Lo sé.

Afuera había varios carros negros con vidrios polarizados y hombres vestidos de negro vigilando la calle.

Subí al carro del centro.

Durante el trayecto conté iglesias en lugar de árboles.

Cuando finalmente llegamos, había fotógrafos, curiosos y una multitud detrás de unas cuerdas de terciopelo.

No había pensado en eso.

En realidad, no había pensado en nada más allá del altar.

Mi padre me ofreció la mano.

Estaba temblando.

Entramos.

El órgano comenzó a sonar.

La nave era larga, blanca y dorada.

Levanté la vista hacia el altar.

Y entonces lo vi.

Al hombre con quien iba a casarme.

Yo me había imaginado a alguien viejo.

Un hombre con barriga, espalda encorvada y manos manchadas por la edad.

Incluso esperaba que fuera viejo.

Con un hombre viejo, al menos sabía que podía sobrevivir.

Pero el hombre frente al altar no tenía nada de viejo.

Parecía tener poco más de treinta años.

Era alto, de hombros anchos, y llevaba un traje negro que parecía haber sido hecho exclusivamente para él.

Tenía el cabello oscuro peinado hacia atrás, la mandíbula marcada y una calma que no parecía natural.

Parecía entrenada.

Desde lejos alcanzaba a distinguir sus ojos.

Fríos.

Hermosos.

Vacíos.

Me miró una sola vez.

De arriba abajo.

Después volvió la vista hacia el altar.

No fue la mirada de un novio.

Ni la de un hombre viendo a la mujer con la que estaba a punto de casarse.

Fue la mirada de alguien comprobando que una entrega había llegado a la dirección correcta.

Y una vez confirmada, dejó de interesarle.

Eso fue lo que me asustó.

No su apariencia.

Su indiferencia.

Ese hombre parecía capaz de destruirme sin darse cuenta.

Mi padre me entregó.

El sacerdote habló.

Yo escuché muy poco.

Cuando preguntaron si aceptaba, dije que sí porque mi boca respondió antes que mi cabeza.

Niko también aceptó.

Su voz era grave, tranquila y completamente segura.

No dijo mi nombre con cariño.

Ni siquiera me miró durante los votos.

Al final llegó el beso.

Sus labios tocaron los míos apenas durante un par de segundos.

Cuando abrí los ojos, él ya se había apartado.

La iglesia aplaudió.

Yo sonreí porque eso hacen las novias.

Él no.

Salimos juntos sin intercambiar una palabra.

Afuera vi por primera vez a sus hombres.

No eran como los escoltas de mi padre.

Eran más silenciosos.

Más atentos.

No estaban ahí por protocolo.

Era instinto.

Nos abrieron paso hasta un carro blindado.

Niko sostuvo la puerta para que yo entrara primero.

Fue el único gesto amable que tuvo conmigo en todo el día.

Se sentó del otro lado.

No habló.

No me miró.

Sacó el celular, leyó algo y volvió a guardarlo.

Yo lo observé de reojo.

En una mano todavía sostenía el anillo de bodas.

Parecía haberse olvidado de ponérselo.

Como si también se hubiera olvidado de mí.

Me clavé las uñas en la palma.

Este hombre no va a verme llorar.

Fue la primera promesa que rompí antes de que terminara aquella noche.

La propiedad de los Santoro estaba al final de un camino privado, rodeada por un muro alto y una enorme reja de hierro.

Más allá de unas bugambilias, el mar de Palermo se extendía hasta el horizonte.

Era precioso.

Y también odié eso.

La recepción se hizo en el salón principal.

Había mármol, cristal, flores blancas y botellas de vino que probablemente costaban más que mi primer semestre de universidad.

Saludé personas cuyos nombres olvidé inmediatamente.

Sonreí a gente cuyas sonrisas nunca llegaban a los ojos.

Niko se movía por el salón como alguien acostumbrado a controlar cada habitación en la que entraba.

En algún momento se acercó y puso una mano en mi cintura.

Fue un gesto breve.

Casi profesional.

Como si estuviera acomodando algo en su lugar.

—¿Estás cansada?

—No.

—Nos vamos en una hora.

—Está bien.

Me sostuvo la mirada durante un par de segundos.

Después se fue.

La residencia principal estaba más cerca del mar.

Don Vittorio esperaba en la entrada.

Era alto, delgado y tenía el cabello completamente blanco.

Me besó la mano con una cortesía antigua.

—Bienvenida a nuestra casa, Signora Santoro.

Escuchar el nuevo apellido me provocó un nudo en el pecho.

Un hombre grande y robusto se acercó después.

—Gennaro Russo, Signora, chofer del jefe y desde ahora también suyo, manejo bien, hablo poco y solo me río cuando algo realmente lo merece.

Sin querer, sonreí.

—Entendido, Gennaro.

—Se acostumbrará rápido, créame, lo único peor que mi silencio en esta casa es el del jefe.

Detrás de él apareció un hombre más delgado, elegantemente vestido.

—Tommaso Ferri, consigliere de la familia y abogado de profesión, si necesita algún consejo, venga conmigo, parte de mi trabajo consiste en no sorprenderme por nada.

—¿Eso debería tranquilizarme?

—Debería resultarle útil.

Fue entonces cuando Niko apareció detrás de mí sin hacer ruido.

—Te enseñaré el ala este.

Subimos.

Los pasillos eran enormes, oscuros y llenos de retratos antiguos.

Se detuvo frente a unas puertas dobles.

—Esta es la habitación principal.

Miré dentro.

Mis maletas ya estaban abiertas.

Mis zapatos acomodados.

Mi ropa colgada en el clóset.

Alguien había tocado todas mis cosas antes de que yo llegara.

—¿Y tú?

Señaló una puerta unos metros más adelante.

—Dormimos separados —dije.

—Sí.

—Pensé que sería mejor.

—¿Para ti o para mí?

Se volteó.

Por primera vez desde la iglesia, realmente me miró.

—Para usted, Signora.

—No me llames Signora.

—Entonces, ¿cómo quieres que te llame?

—Por mi nombre.

Dudó apenas medio segundo.

—Buenas noches, Eveina.

Y cerró la puerta.

Me quedé sola.

Más tarde Stella llamó.

—¿Sigues entera?

—Creo que sí.

—¿Cómo es la casa?

—Hermosa, pero parece un congelador.

—¿Y él?

—Duerme en el cuarto de al lado.

—¿Qué?

—Tenemos habitaciones separadas.

Stella guardó silencio.

—¿Eso es bueno o malo?

—Creo que malo.

—¿Por qué?

Miré la pared que separaba mi habitación de la suya.

—Porque significa que ni siquiera me desea lo suficiente como para fingir.

Stella suspiró.

—Eveina, tú no naciste para que alguien te quiera apenas lo suficiente, naciste para que alguien te quiera demasiado, cuando ese hombre lo entienda, se va a atragantar, dale tiempo.

Colgué.

Apagué la luz.

Y escuché.

Nada.

Ni pasos.

Ni voces.

Ni movimiento detrás de la pared.

Los días siguientes comenzaron a mezclarse.

Desayunaba sola.

Comía sola.

Durante la cena, Niko se sentaba al otro extremo de una mesa enorme y leía el periódico.

Una noche intenté hablar.

—¿Cómo estuvo tu día?

Pasó una página.

—Normal.

Eso fue todo.

Tuve ganas de aventarle el agua encima.

No lo hice.

Mi regreso a la universidad quedó suspendido temporalmente por razones de “seguridad”.

Nadie quiso explicarme de qué necesitaba protegerme.

Gennaro terminó convirtiéndose en lo único divertido de aquellos días.

Lo encontraba en los jardines fingiendo revisar el carro.

—El mar está bonito hoy, Signora.

—Sí.

—Más bonito que el jefe por las mañanas.

Yo me reía.

El miércoles por la tarde escuché una voz en el ala este.

—Te dije que no tocaras ese papel.

—Señor, solo estaba limpiando.

—¿Estás sorda?

Doblé la esquina.

Uno de los hombres de Niko sujetaba de la muñeca a una empleada de unos cincuenta años.

Ella estaba temblando.

Él la miraba como si no valiera nada.

—Suéltala.

El hombre volteó.

Más tarde descubriría que se llamaba Bruno.

—Regrese a su habitación, Signora.

—Te dije que la sueltes.

—Aquí usted no da órdenes.

Lo miré fijamente.

—La Signora es la Signora de esta casa.

No sé de dónde salió aquella seguridad.

Pero una vez que lo dije, no iba a echarme para atrás.

—Suéltala.

Bruno finalmente la dejó ir.

—Se va a arrepentir de esto.

—Puede ser, pero tú te vas a arrepentir primero.

Entonces escuché un paso detrás de mí.

Solo uno.

Me volteé.

Niko estaba al final del pasillo, con una camisa blanca, las mangas dobladas y la corbata floja.

Su mirada estaba clavada en Bruno.

Por primera vez sus ojos no parecían vacíos.

Parecían peligrosamente despiertos.

—Bruno.

Su voz fue casi amable.

Bruno perdió el color.

—Jefe, yo…

—Vete.

—Jefe…

—Vete.

Bruno no discutió otra vez.

Ayudé a la empleada y le pedí que fuera a la cocina.

Cuando desapareció por las escaleras de servicio, Niko y yo nos quedamos solos.

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