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MI NUERA SACÓ LA FOTO DE MI ESPOSO DEL ALTAR, PERO EN SU CAJA ENCONTRÉ ALGO QUE ELLA TEMÍA
Capítulo 3 / 7

Capítulo 3

LO QUE MI HIJO LE PIDIÓ A SU PADRE

1595 palabras

Marta escuchó la grabación tres veces.

En la tercera ya no lloró.

Se concentró en cada palabra.

Ramón sonaba cansado, pero firme. Julio, en cambio, hablaba con esa voz rápida que utilizaba cuando quería convencer a alguien antes de que tuviera tiempo de pensar.

“Papá, no entiendes, no te la estoy quitando.”

“Entonces deja de traerme papeles escondidos entre otras cosas.”

“Ximena ya habló con Mauricio. Si tú cooperas, esto se arregla fácil.”

“Pues dile a tu mujer y a su primo que mi casa no se toca.”

Después se escuchaban pasos y un golpe de puerta.

Eso era todo.

—¿Por qué Ramón grabó esto? —preguntó Marta.

Clara se quedó pensando.

—Porque tenía miedo de que después negaran la conversación.

—¿Miedo de Julio?

Decirlo en voz alta le dolió.

Clara no respondió directamente.

—Tu marido te dejó la grabación por algo.

Marta abrió la carpeta “CUENTAS”.

Encontró comprobantes de transferencias.

Durante los últimos dos años de

vida de Ramón había movimientos pequeños desde una cuenta conjunta hacia otra cuenta que Marta no reconocía.

Cinco mil pesos.

Ocho mil.

Doce mil.

Cantidades que podían pasar desapercibidas en una cuenta utilizada para gastos de la casa.

Algunos movimientos tenían referencias.

“J.V.”

Otros: “MV”.

—Julio Vega no —dijo Marta.

—Julio se apellida Salgado.

—Claro.

Marta abrió uno de los documentos.

El destinatario era Mauricio Vega.

El primo de Ximena.

Sintió una punzada en el estómago.

—Ramón se dio cuenta.

En otra carpeta había capturas de mensajes.

No parecían obtenidas del teléfono de Julio. Eran fotografías que Ramón había tomado con su propio celular a la pantalla de una computadora.

En una conversación, Mauricio escribía:

“Con la firma de tu papá podemos empezar el trámite.”

Julio respondía:

“No va a querer.”

Mauricio:

“Entonces convéncelo. Si no, después será más complicado con tu mamá.”

Marta cerró los ojos.

—Yo era “más

complicado”.

Clara se acercó.

—No sigas hoy si no quieres.

—Quiero saber todo.

Continuaron.

Los mensajes no demostraban por sí solos que hubieran falsificado nada, pero dejaban claro que Julio había participado en conversaciones sobre transferir la casa sin que Marta lo supiera.

También había mensajes de Ximena.

Uno decía:

“Tu papá siempre hace lo mismo, cree que todo es suyo.”

Ramón había escrito debajo, a mano, una sola frase:

“Porque sí es nuestro.”

Marta soltó una risa triste.

Era exactamente el tipo de respuesta que Ramón habría dado.

A las seis de la tarde regresó a su casa.

Julio estaba esperándola.

—¿Dónde estabas?

—Con Clara.

—¿Haciendo qué?

Marta dejó las llaves sobre la mesa.

—¿Desde cuándo tengo que reportarte lo que hago?

—No dije eso.

Ximena salió de la cocina.

—Estamos preocupados.

Marta la miró.

—Qué considerados.

—Mamá —dijo Julio—, ya basta.

Marta se sentó.

—Tienes razón. Ya basta.

Sacó su celular.

Julio frunció el ceño.

—¿Qué haces?

Marta reprodujo el audio.

La voz de Ramón apareció en la sala.

Julio palideció.

Ximena dejó de moverse.

Cuando terminó, Marta puso el celular sobre la mesa.

—Explícame.

Julio miró a su esposa y luego a su madre.

—Eso no es lo que parece.

—Siempre dicen eso cuando es exactamente lo que parece.

—Papá estaba confundido.

Marta sintió rabia.

—No vuelvas a hablar de tu padre como si estuviera confundido.

—No dije que estuviera loco.

—Entonces explícame por qué le pedías que firmara la casa.

Julio respiró hondo.

—Yo tenía una oportunidad de inversión.

—¿Con mi casa?

—No iba a perderla.

—¿Qué ibas a hacer?

Julio se sentó frente a ella.

—Usarla como garantía temporal.

Marta lo miró sin entender.

—¿Querías hipotecar nuestra casa?

—No exactamente.

—¿Entonces qué?

Ximena intervino.

—Era un proyecto de Mauricio. Comprar un terreno, construir y vender. La casa solo servía para respaldar el financiamiento.

Marta giró hacia ella.

—¿Y quién te pidió que usaras mi casa para respaldar tus negocios?

—No era “mi negocio”.

—Vivías aquí.

—Eso no tiene nada que ver.

—Tiene todo que ver.

Julio levantó la voz.

—Mamá, papá no perdió nada.

—Porque no firmó.

—Exacto.

—¿Y por qué existe una solicitud con una firma que parece la suya?

El silencio fue inmediato.

Ximena miró a Julio.

Julio miró a Ximena.

Marta vio aquel intercambio.

—¿Quién la firmó?

—No sé de qué hablas —dijo Julio.

—La notaría sí.

Ximena se puso rígida.

—¿Fue a una notaría?

—Sí.

—¿Con quién?

Marta sonrió sin alegría.

—Eso tampoco te importa.

Julio se levantó.

—Mamá, escucha. Mauricio preparó varios documentos. Puede que haya hecho pruebas, borradores, cosas así.

—¿Pruebas con la firma de tu papá?

—Yo no firmé nada.

—No te pregunté eso. Te pregunté quién lo hizo.

Julio guardó silencio.

Marta sintió que algo se rompía definitivamente.

No porque tuviera la certeza de que su hijo hubiera falsificado una firma, sino porque sabía que él estaba ocultando algo.

—Quiero que se vayan.

Ximena soltó una risa incrédula.

—¿Qué?

—Escuchaste.

Julio abrió los ojos.

—Mamá.

—Quiero que busquen dónde vivir.

—¿Nos estás corriendo por una conversación de hace seis años?

—Los estoy sacando porque llevan casi un año viviendo aquí, porque tu esposa trata esta casa como si fuera suya, porque tú me hablas como si yo te estorbara y porque acabo de descubrir que antes de morir tu papá estaba protegiendo esta propiedad de ustedes.

—Eso es una locura.

—Tal vez. Pero es mi locura y es mi casa.

Ximena cruzó los brazos.

—¿Cuánto tiempo?

—Dos semanas.

—No podemos mudarnos en dos semanas.

—Cuando llegaron dijeron que serían tres meses. Han tenido once.

Julio se acercó.

—Mamá, no hagas esto enojada.

Marta sostuvo su mirada.

—No estoy enojada.

Era verdad.

Estaba herida.

Y, debajo de la herida, había algo nuevo.

Claridad.

—Estoy poniendo un límite.

Ximena tomó su bolso.

—Vámonos, Julio.

—¿A dónde?

—A cualquier parte donde no nos traten como delincuentes.

Marta la miró.

—Yo no usé esa palabra.

Ximena se quedó callada.

Esa noche, Julio no volvió.

Marta durmió mal.

A la mañana siguiente encontró un mensaje suyo.

“Mamá, Ximena y yo necesitamos unos días. No hagas nada con esos papeles hasta que hablemos.”

Marta lo leyó varias veces.

“No hagas nada.”

Era exactamente lo que ya no pensaba hacer.

Llamó a Adriana, la notaria.

Le contó sobre la grabación y las transferencias.

—Necesito que me diga qué debo proteger —dijo Marta.

Adriana le recomendó iniciar una revisión formal de la situación registral de la propiedad y consultar a un abogado independiente sobre cualquier intento previo de disposición.

Marta aceptó.

También cambió las cerraduras.

No lo hizo por venganza.

Lo hizo porque Ximena tenía llaves.

Dos días después, mientras un cerrajero terminaba la puerta principal, apareció Julio.

—¿Cambiaste la chapa?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque ya no viven aquí.

—Nuestras cosas siguen adentro.

—Pueden venir por ellas. Me avisan.

Julio miró al cerrajero, avergonzado.

—Esto es humillante.

Marta pensó en la fotografía de Ramón boca abajo dentro de una caja.

—Sí. Sé lo que se siente.

Julio bajó la voz.

—Ximena dice que te estás dejando manipular por tía Clara.

—Ximena dice muchas cosas.

—Mamá, yo nunca quise quitarte la casa.

—Querías usarla sin decírmelo.

—Papá sabía.

—Papá dijo que no.

Julio apretó los labios.

—Él siempre pensó lo peor de Ximena.

—¿Por qué?

—Porque nunca la aceptó.

Marta recordó cumpleaños, comidas, préstamos y favores que Ramón había hecho por ellos.

—Eso no es verdad.

—Tú no escuchabas lo que me decía.

—Entonces dime.

Julio dudó.

—Decía que ella me estaba empujando a vivir por encima de mis posibilidades.

Marta lo miró.

—¿Y estaba equivocado?

Julio apartó la mirada.

Ese gesto fue una respuesta.

—¿Cuánto debes?

—Nada que no pueda pagar.

—¿Cuánto?

—No importa.

—Si quisiste poner mi casa como garantía, sí importa.

Julio se quedó callado.

Marta sintió miedo.

—¿Cuánto, Julio?

—No es una sola deuda.

—Dime una cifra.

Él se pasó las manos por la cara.

—Con intereses... como ochocientos mil.

Marta sintió que el aire desaparecía.

—¿Pesos?

—Sí.

—¿Y Ximena lo sabe?

—Claro.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace años.

Marta retrocedió un paso.

—¿La deuda existía cuando tu papá murió?

Julio no respondió.

—Julio.

—Sí.

La palabra cayó como una piedra.

Marta pensó en Ramón revisando cuentas de madrugada. En su irritabilidad durante los últimos meses. En las veces que dijo “hay cosas que no me gustan” y ella le pidió que no se peleara con su hijo.

—Tu papá estaba tratando de protegernos.

Julio frunció el ceño.

—Papá quería controlarlo todo.

—No. Estaba tratando de impedir que ustedes usaran una casa que no les pertenecía para pagar decisiones que nosotros no tomamos.

Julio levantó la voz.

—¡Yo también soy su hijo!

—Precisamente por eso duele más.

El cerrajero terminó y le entregó las nuevas llaves a Marta.

Julio las miró.

—¿De verdad vas a hacer esto?

—Sí.

Él se fue sin despedirse.

Esa tarde, Marta recibió una llamada de Adriana.

—Señora Marta, encontramos algo que necesito que vea personalmente.

—¿Qué cosa?

—Una solicitud posterior a la muerte de su esposo.

Marta sintió un escalofrío.

—¿Posterior?

—Tres meses después.

—¿Qué solicitud?

Hubo una pausa.

—Un intento de iniciar un trámite sobre la parte de la propiedad que correspondía al señor Ramón.

Marta se sentó.

—¿Quién lo presentó?

—El expediente tiene el nombre de su hijo.

Marta cerró los ojos.

Adriana continuó:

—Pero eso no es lo más delicado. Hay una autorización adjunta con una firma atribuida a usted.

Marta abrió los ojos.

—Yo nunca firmé nada.

—Por eso necesito que venga.

Marta miró la fotografía de Ramón sobre la mesa.

Cinco años después de su muerte, él seguía intentando advertirle.

Y ahora ya no se trataba de una firma que parecía la de Ramón.

También había una que pretendía ser la suya.

Capítulo completado

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