Tomé mi celular.
Capítulo 2
Tomé mi celular.
Mauricio dio un paso hacia mí.
—¿A quién vas a llamar?
—A un cerrajero.
—No hace falta.
—A mí me parece indispensable. Voy a cambiar todas las cerraduras.
Camila soltó una risa seca.
—No puedes correr a los dueños de la casa.
La miré despacio.
—Claro que puedo.
—La propiedad está en proceso de traspaso.
—¿A nombre de quién?
Silencio.
Marqué.
—Buenas tardes, necesito un servicio urgente en Coyoacán. Quiero cambiar todas las cerraduras de una casa. Sí, todas. La principal, la recámara y el estudio.
Mauricio me quitó el celular de la mano.
No me lastimó, pero lo hizo con una violencia que no le veía desde que era adolescente.
—¡Ya basta, mamá!
La casa quedó en silencio.
Camila retrocedió.
Mauricio miró su propia mano, como si ni él entendiera lo que acababa de hacer.
Yo sí.
Había visto ese mismo gesto en Alejandro muchos años atrás, cuando descubrió
que yo sabía algo que él quería esconder.
—Devuélveme el celular.
—Mamá…
—Devuélvemelo.
Por primera vez en años no le hablé como a mi hijo.
Le hablé como a un extraño.
Mauricio bajó la mirada y me lo entregó.
El cerrajero llegó cuarenta minutos después.
Mientras trabajaba, nadie volvió a mencionar al bebé.
El pintor que estaba en la cocina se fue por la puerta trasera sin despedirse.
Yo me senté sobre una caja de mi propia vajilla y observé a Mauricio caminar de un lado a otro.
Cuando empezaron a cambiar la cerradura principal, recibió una llamada.
—¿Bueno?
Escuchó.
—No, todavía no firma.
Después volteó hacia mí.
—Sí, está aquí.
Se alejó al jardín.
No alcancé a escuchar todo, pero distinguí varias palabras.
“Notario”.
“Firma”.
“Copia”.
“No podemos esperar”.
Cuando regresó tenía la cara desencajada.
—¿Quién era?
—Nadie.
—¿El notario se llama Nadie?
Camila se dejó caer sobre el
brazo de un sillón.
—Renata, esto no tiene por qué convertirse en una guerra.
—Ya es una guerra. La diferencia es que ustedes llegaron con taladros y yo llegué con documentos.
Abrí mi maleta.
Mauricio frunció el ceño.
—¿Qué haces?
Saqué el sobre que había encontrado en Valle de Bravo y lo dejé sobre la mesa.
Camila lo reconoció antes que Mauricio.
Se quedó blanca.
—¿De dónde sacaste eso?
—Estaba escondido en el escritorio de Alejandro.
Mauricio se quedó inmóvil.
—¿Qué hay ahí?
—Una escritura, una carta y una fotografía.
—Mamá, no abras eso aquí.
—¿Por qué?
—Porque no sabes lo que significa.
—Entonces explícame.
Abrí la escritura.
Era de 1996.
El documento señalaba que Alejandro Ibarra y Renata Ibarra éramos propietarios de la casa.
Hasta ahí, nada nuevo.
Pero al final aparecía una anotación hecha seis años después.
La propiedad no podía venderse, hipotecarse ni transferirse sin autorización expresa
de un fideicomiso familiar.
El beneficiario principal era:
“El descendiente directo de Alejandro Ibarra que demuestre su filiación biológica”.
Lo leí dos veces.
—¿Por qué existe un fideicomiso del que nunca me hablaron?
Mauricio cerró los ojos.
Camila se puso de pie.
—Alejandro hizo muchas cosas sin contarte.
—Eso ya lo estoy descubriendo.
Saqué la carta.
El papel estaba amarillento.
Reconocí inmediatamente la letra de mi esposo.
“Renata:
Si estás leyendo esto, significa que no tuve el valor de hablar contigo. Perdóname. Mauricio no es nuestro hijo como tú crees. Es hijo de Elena. No permitas que lo destruyan ni que utilicen su nombre para quedarse con la casa. La verdad está en el estudio”.
Sentí que me faltaba el aire.
La carta casi se me cayó.
Durante cuatro años había llorado a Alejandro.
Había conservado sus camisas, sus plumas y hasta aquella taza despostillada en la que tomaba café.
Y ahora me enteraba de que había muerto dejando una bomba enterrada debajo de toda nuestra vida.
—¿Quién es Elena?
Mauricio no respondió.
Camila empezó a llorar.
No eran lágrimas discretas. Lloraba como alguien que llevaba demasiado tiempo cargando algo.
—¿Quién es Elena? —repetí.
Mauricio habló al fin.
—Mi mamá.
Lo miré.
—Tu mamá soy yo.
—No biológicamente.
Sentí un zumbido en los oídos.
—Te cargué nueve meses.
—Sí.
—Te parí.
—Sí.
—Te amamanté.
Mauricio tragó saliva.
—Sí, mamá.
—Entonces no vuelvas a decirme que no soy tu madre.
—No dije eso.
—Lo acabas de decir.
Intentó acercarse.
Levanté una mano.
—No te acerques.
Se detuvo.
Camila se secó las lágrimas.
—Alejandro tuvo una relación con Elena antes de conocerte. Ella quedó embarazada.
La miré.
—¿Y luego?
—Murió cuando Mauricio era un bebé.
—¿Y Alejandro me lo dio como si fuera mío?
Mauricio respondió:
—No exactamente.
Me apoyé en la mesa.
—Entonces explícame.
Bajó la mirada.
—Elena murió durante el parto. Mi padre se hizo cargo de mí. Tú estabas embarazada en ese momento y sufriste una hemorragia.
Recordé todo.
Yo tenía treinta y ocho años.
Los médicos me habían dicho que mi embarazo estaba en riesgo.
Desperté después de varios días, débil, desorientada, con Alejandro sentado junto a mí.
Me dijo que nuestro bebé había muerto.
Durante meses no pude hablar del tema sin llorar.
Después, una tarde, Alejandro llegó a casa con un bebé en brazos.
Me dijo que había conseguido una adopción de emergencia.
Me dijo que era un milagro.
Y yo quise creerle.
—Entonces… —murmuré— ¿Mauricio era ese bebé?
Él asintió.
—Yo creí toda mi vida que eras el hijo que había sobrevivido.
Mauricio tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Yo tampoco sabía la verdad hasta hace seis meses.
—¿Seis meses?
—Encontré documentos de mi padre.
—¿Y no me dijiste nada?
No contestó.
Y entonces entendí algo todavía peor.
No sólo había descubierto quién era.
Había descubierto el secreto justo cuando empezó a necesitar mi casa.
Capítulo completado
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