
PARTE 3 — LA CAJA AZUL BAJO LA X
Volvimos a México esa misma noche.
Capítulo 3

PARTE 3 — LA CAJA AZUL BAJO LA X
Volvimos a México esa misma noche.
No como dos antiguos amantes que acababan de reencontrarse.
Tampoco como dos fantasmas del pasado.
Regresamos como los padres de un hijo que tal vez había sido asesinado.
Durante el vuelo, Gabriel me contó que Diego había dejado instrucciones para todo. Contactos. Abogados. Personal de seguridad. Copias de documentos.
Mi hijo había preparado una trampa.
Y Valeria estaba caminando directamente hacia ella.
Cuando aterrizamos, el abogado Altamirano nos llamó.
—Valeria y Julián están en la casa de Los Cabos —dijo con urgencia—. Llegaron esta mañana. Están buscando algo.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
Ellos también sabían que Diego había dejado evidencia.
O, por lo menos, lo sospechaban.
Llegamos a Los Cabos al mediodía.
La casa estaba frente al mar, rodeada de muros blancos, palmeras y bugambilias. Era un lugar hermoso.
Demasiado hermoso para la traición que lo había ensuciado.
Entramos por un sendero lateral con ayuda del personal de
seguridad de Gabriel.
El jardín estaba húmedo por el sistema de riego automático.
La banca seguía ahí.
La pérgola con forma de X también.
Me arrodillé junto a la base de concreto y busqué la pequeña rosa de metal que Diego y yo habíamos utilizado como mecanismo secreto.
La presioné.
Clic.
Un compartimento se abrió.
Y ahí estaba.
La caja azul.
La misma que le había regalado cuando era adolescente.
La tomé con las manos temblorosas.
—La tenemos —susurré.
Entonces escuché una voz detrás de mí.
—No, Elena. La tenía.
Me di la vuelta.
Valeria estaba en la entrada del jardín.
Julián se encontraba a su lado.
Ella llevaba un sencillo vestido blanco, lentes oscuros y una sonrisa sin alma.
—Qué coincidencia tan desagradable —dijo—. Usted robando en una casa que ya no le pertenece.
Gabriel se colocó frente a mí.
—Esa caja le pertenece a Elena.
Valeria lo miró
de arriba abajo.
—¿Y usted quién es? ¿El novio europeo de la señora?
Gabriel no parpadeó.
—Soy Gabriel Ortega. El padre de Diego.
Por primera vez, Valeria perdió el control de su rostro.
Solo fue durante un segundo.
Pero lo vi.
Miedo.
Julián también lo notó.
—Eso es imposible —dijo—. El padre de Diego murió hace años.
—El hombre que lo crio murió hace años —respondió Gabriel—. Su padre biológico está aquí.
Valeria apretó los labios.
—Qué historia tan conveniente. Pero nada de eso importa. Dame la caja, Elena.
—No.
La palabra salió de mi boca antes de que pudiera pensarlo.
Valeria sonrió.
—No sea tonta. Usted ya perdió a su hijo. No pierda también la poca dignidad que le queda.
Sentí que todo mi dolor se convertía en fuego.
—Mi hijo no era tu cajero automático.
La sonrisa de Valeria desapareció.
—No sabes nada.
—Sé que te acostabas con
Julián mientras Diego confiaba en ti. Sé que vaciaron cuentas. Sé que querían quitarle su empresa. Y sé que esa caja te da miedo.
Julián metió una mano en el bolsillo de su saco.
Uno de los guardias de Gabriel dio un paso al frente.
La tensión se volvió insoportable.
Valeria levantó la voz.
—¡Dame esa maldita caja!
Entonces una puerta de cristal se abrió detrás de ellos.
Una voz familiar atravesó el jardín.
—No se la va a dar.
Mi cuerpo dejó de responder.
Valeria se quedó inmóvil.
Julián se dio la vuelta lentamente.
Y entonces vi a mi hijo.
Diego.
Vivo.
De pie frente a nosotros.
Llevaba una camisa blanca, un saco oscuro y tenía los ojos llenos de una tristeza que jamás le había visto.
—No estoy muerto, Valeria —dijo.
Valeria retrocedió un paso.
—No… No puede ser.
La caja se me resbaló de las manos.
Gabriel la atrapó antes de que tocara el suelo.
—Diego —susurré.
Mi hijo me miró.
—Perdóname, mamá.
No podía moverme.
No podía respirar.
El hijo que yo había enterrado estaba frente a mí.
Vivo.
Real.
Diego caminó en mi dirección, pero antes de abrazarme miró a Valeria.
—Gracias por venir a buscar la evidencia —dijo—. La casa está rodeada. Todo lo que dijeron quedó grabado.
Julián intentó escapar.
No alcanzó a dar ni tres pasos.
Agentes federales entraron por ambos lados del jardín y lo detuvieron.
Valeria se quitó los lentes con las manos temblorosas.
—Tú fingiste tu muerte.
—Ustedes planearon la mía —respondió Diego—. Yo solo les di la oportunidad de demostrarlo.
—Esto no se va a sostener ante ningún tribunal —escupió Julián mientras lo esposaban.
Un agente mayor, vestido con un traje gris, apareció junto a Diego.
—Cuando existe una investigación autorizada por conspiración, fraude corporativo y tentativa de homicidio, las cosas cambian, señor Aranda.
Valeria miró a Diego con odio.
—Me hiciste quedar como una viuda ambiciosa.
Diego la observó en silencio.
—No, Valeria. Eso lo hiciste tú sola.
Aquella frase terminó de destruirla.
No lloró.
No pidió perdón.
Solo bajó la mirada porque finalmente entendió que había perdido.
Los agentes se la llevaron mientras gritaba que todo era una trampa, que Diego era un monstruo y que ella era la verdadera víctima.
Nadie le creyó.
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