Isabel sostuvo el teléfono sin saber qué decir.
Capítulo 3
Isabel sostuvo el teléfono sin saber qué decir.
—¿Yo soy copropietaria?
La mujer de la notaría confirmó su nombre completo y explicó que Elena había realizado el trámite cinco meses antes. La modificación ya estaba inscrita. Para revisar los detalles, Isabel debía acudir personalmente con identificación.
Mónica seguía frente a ella.
Había escuchado todo.
—Dame el teléfono —dijo.
Isabel se apartó.
—Gracias, mañana iré.
Colgó.
—¿Desde cuándo sabías esto?
—No sabía nada.
—No te creo.
—Eso ya no es problema mío.
Mónica caminó hasta la ventana. Durante unos segundos pareció luchar por recuperar el control.
—Mamá no podía hacer eso.
—Al parecer sí pudo.
—La casa era de ella.
—Precisamente.
—Nos prometió que sería de las dos.
Isabel sintió una amarga ironía.
—Hace diez minutos decías que mamá no sabía lo que hacía. Ahora quieres que respetemos una promesa verbal.
Mónica volteó.
—No entiendes. Yo contaba con ese dinero.
—Ese es exactamente el problema.
Mónica tomó su bolso.
—Voy a hablar con Salgado.
—Hazlo.
—Y voy a impugnar cualquier documento que mamá haya firmado cuando estaba enferma.
—Haz lo que tengas que hacer.
Antes de salir, Mónica señaló las etiquetas amontonadas sobre la mesa.
—No creas que ganaste.
—Esto no es una competencia.
—Para ti nunca lo fue porque siempre fuiste la favorita.
La puerta se cerró.
La acusación dejó a Isabel más herida de lo que quería admitir.
Durante toda su infancia, Mónica había repetido lo mismo. Si Elena acompañaba a Isabel a una presentación escolar, era porque la prefería. Si Ernesto ayudaba a Isabel con una tarea, Mónica decía que a ella nunca le dedicaban tiempo.
Pero Isabel recordaba otra historia.
Recordaba a Mónica recibiendo el primer coche de la familia cuando cumplió dieciocho. Recordaba a Elena pagando dos veces las deudas de tarjetas de su hija mayor. Recordaba a sus padres prestándole dinero para abrir
el negocio de decoración.
Isabel nunca había llevado cuentas.
Quizá Mónica sí.
Al día siguiente fue a la notaría.
La escritura confirmaba que Elena había cedido a Isabel el cincuenta por ciento de la propiedad meses antes de morir, conservando para sí el otro cincuenta por ciento.
Después de su fallecimiento, esa mitad restante entraría en sucesión conforme al testamento.
—¿Por qué hizo esta modificación? —preguntó Isabel.
El notario revisó el expediente.
—La señora dejó una declaración complementaria.
Le entregó una copia.
Elena explicaba que Isabel había cubierto durante años gastos de mantenimiento, impuestos y reparaciones de la casa, además de encargarse de su cuidado cotidiano. No quería que, después de su muerte, Isabel pudiera ser obligada a vender inmediatamente.
No era un castigo contra Mónica.
Era protección para Isabel.
Aun así, Isabel sintió culpa.
Salió de la notaría con la carpeta bajo el brazo y fue directamente al cementerio.
Se sentó frente a la tumba recién cubierta de flores.
—¿Por qué no me dijiste, mamá?
No esperaba respuesta.
Pero recordó una conversación de meses atrás.
Elena estaba en la cocina mientras Isabel preparaba café.
—Cuando yo falte, no permitas que te corran de tu propia historia —había dicho.
Isabel creyó que hablaba metafóricamente.
Ahora entendía.
Esa tarde llamó a Mónica.
—Necesitamos hablar sin gritos.
Se encontraron en una cafetería.
Mónica llegó con lentes oscuros y dejó una carpeta sobre la mesa.
—Ya hablé con un abogado.
—Me parece bien.
—Dice que puedo impugnar.
—También me parece bien.
Mónica se quitó los lentes.
Tenía los ojos hinchados.
—¿De verdad vas a quedarte con la casa?
—Tengo la mitad. La otra mitad se resolverá según el testamento.
—Sabes lo que pregunto.
Isabel respiró.
—No pienso venderla ahora.
Mónica cerró los ojos.
—Necesito ese dinero.
—¿Cuánto debes exactamente?
—No importa.
—Claro que importa.
Mónica miró hacia otro lado.
—Ochocientos setenta mil.
Isabel quedó en silencio.
—Dijiste casi un millón.
—Porque me da vergüenza decir la cifra exacta.
—¿A quién le debes?
—Bancos, proveedores, tarjetas.
—¿Y el préstamo de seiscientos mil?
Mónica la miró.
—También viste eso.
—Sí.
—Ese es el peor.
—¿Por qué?
—Porque no es de un banco.
Isabel sintió preocupación.
—¿De quién?
—De un inversionista.
—¿Qué clase de inversionista presta seiscientos mil pesos usando una herencia futura como garantía?
—Uno que creyó que la casa se vendería pronto.
—¿Le dijiste que mamá estaba por morir?
Mónica bajó la mirada.
La respuesta estaba ahí.
Isabel sintió vergüenza ajena.
—Dios mío, Mónica.
—No dije eso exactamente.
—¿Qué dijiste?
—Que era una sucesión próxima.
—Nuestra mamá todavía estaba viva.
—Yo estaba desesperada.
—Siempre estás desesperada cuando quieres justificar algo.
Mónica se inclinó hacia ella.
—¿Crees que fue fácil para mí? Mi negocio se estaba cayendo, tenía empleados, contratos, deudas. Cada mañana despertaba con llamadas de cobranza.
—Podías pedirme ayuda.
—¿Para que me miraras como me estás mirando ahora?
—Para evitar robarle a mamá.
Mónica golpeó suavemente la mesa con los dedos.
—Te dije que iba a devolverlo.
—Faltan doscientos ochenta mil.
—Por eso estaba vendiendo las cosas.
Isabel tardó en procesarlo.
—¿Pensabas vender los muebles de mamá para devolverle a mamá el dinero que le quitaste?
Mónica apretó los labios.
—Ya estaba muerta.
—Eso no mejora nada.
—No sabes lo que es deber esa cantidad.
—Y tú no sabes lo que fue verla preguntar por qué faltaba dinero mientras estaba enferma.
Mónica levantó la cabeza.
—¿Ella te dijo algo?
—No. Me lo dejó escrito.
La expresión de Mónica cambió.
—¿Qué más escribió?
—No voy a enseñártelo.
—También era mi madre.
—Entonces debiste tratarla como tal cuando estaba viva.
Mónica se levantó.
—Perfecto.
Tomó su bolso.
—Hazte la santa. Quédate con la casa. Quédate con sus cosas. Pero cuando empiecen a aparecer cuentas que tú tampoco conocías, no vengas a buscarme.
Isabel frunció el ceño.
—¿Qué cuentas?
Mónica sonrió sin alegría.
—Pregúntale a Salgado por la clínica.
Y se fue.
Esa misma tarde Isabel llamó al abogado.
—¿Qué clínica?
Hubo silencio.
—Preferiría explicárselo en persona.
Una hora después estaba nuevamente en su despacho.
Arturo sacó una carpeta que Isabel no había visto.
—Su madre pagó tratamientos médicos privados durante los últimos dos años.
—Lo sé.
—No me refiero a los suyos.
Isabel levantó la vista.
—Entonces ¿de quién?
Arturo deslizó una factura.
El paciente se llamaba Gabriel Torres.
Isabel sintió que el nombre le golpeaba el pecho.
Gabriel era el hijo de Mónica.
Su sobrino.
Tenía veinticuatro años y, según Mónica, llevaba dos años viviendo en Monterrey por trabajo.
—¿Qué tratamiento?
Arturo señaló el documento.
Era de una clínica de rehabilitación.
Isabel leyó las fechas.
Elena había pagado mensualidades durante casi un año.
—¿Gabriel estaba internado?
—Su madre cubrió los gastos.
Isabel recordó que Mónica siempre evitaba hablar de él.
“Está ocupado.”
“No pudo venir.”
“Trae mucho trabajo.”
Gabriel tampoco había asistido al funeral.
—¿Mónica sabía que mamá pagaba esto?
—Sí.
—¿Cuánto fue?
Arturo abrió una hoja de cálculo.
Casi trescientos cincuenta mil pesos.
Isabel se llevó una mano a la frente.
De pronto, la historia se volvía más complicada.
Mónica había tomado dinero.
Pero Elena también había gastado una cantidad enorme ayudando al hijo de Mónica.
—¿Por qué mamá escondió esto?
—Gabriel se lo pidió. Sentía vergüenza.
—¿Y por qué Mónica me dijo que preguntara por la clínica?
Arturo negó con la cabeza.
—Eso no lo sé.
El teléfono de Isabel sonó.
Era un mensaje de un número que no tenía registrado.
“Hola, tía. Soy Gabriel. Mamá me dijo que ya sabes lo de la clínica. Necesito hablar contigo antes de que ella te cuente una versión que no es cierta.”
Debajo había otro mensaje.
“Y necesito que sepas algo sobre el dinero de la abuela. Mi mamá no tomó esos cuatrocientos mil sola.”
Al salir del despacho, Isabel no regresó de inmediato a la casa. Caminó varias cuadras sin rumbo, intentando ordenar todo lo que acababa de escuchar. Durante años había pensado que conocía las grietas de su familia. Ahora descubría que apenas había visto la superficie.
Recordó las últimas semanas de Elena. Su madre preguntaba a menudo si Mónica había llamado. Cuando Isabel respondía que no, Elena fingía que no le importaba y cambiaba de tema. Isabel había interpretado aquel silencio como resignación. Ahora se preguntaba cuánto había de preocupación, cuánto de culpa y cuánto de miedo.
Esa noche abrió nuevamente la memoria USB.
Había una carpeta llamada FOTOS. Dentro encontró imágenes de recibos, depósitos y hojas escritas por Elena. Una de ellas decía:
“No quiero castigar a Mónica. Quiero impedir que el miedo la haga destruir lo poco que todavía puede conservar.”
Isabel apoyó la frente sobre la mesa.
Su madre no había preparado una venganza.
Había preparado límites.
La diferencia era importante.
A la mañana siguiente, antes de salir hacia la notaría, Isabel recibió otro mensaje de Gabriel.
“No quiero justificar a mi mamá. Solo quiero que conozcas todo antes de decidir qué hacer con ella.”
Isabel respondió:
“Mañana hablamos.”
Después guardó el teléfono.
Por primera vez desde el funeral, sintió que la historia no se dividía entre una hermana buena y una hermana mala.
Había demasiados secretos para algo tan sencillo.
Capítulo completado
Has llegado al final de este capítulo.
Seguir leyendo
Más mundos en los que perderte después de este capítulo.