Phillip intentó rescatar la situación.
Capítulo 6
Phillip intentó rescatar la situación.
—Doctor Wells, solo estamos sorprendidos. Mi madre acaba de pasar por un procedimiento muy serio y naturalmente nos preocupa su bienestar.
Harrison lo miró con absoluta calma.
—¿De verdad?
Phillip se tensó.
—Claro.
—Entendí que estaban demasiado ocupados para recogerla del aeropuerto después de ese procedimiento.
Mi hijo se puso rojo.
—Hubo un malentendido.
—Afortunadamente —continuó Harrison—, yo sí estaba disponible.
Diana apretó la mandíbula.
Antes de que pudiera responder, una elegante mujer de cabello plateado y vestido rojo se acercó.
—Harrison, los miembros del consejo te están buscando.
Luego me miró.
—Y tú debes ser Pamela.
Tomó mis manos con genuina calidez.
—Soy Catherine Winslow, presidenta del gremio de la sinfónica.
Hizo una pausa.
—Y exesposa de Harrison.
Confieso que aquello me sorprendió.
Pero Catherine sonrió como si nos conociéramos desde hacía años.
—Harrison ha hablado varias veces de ti.
Volteé hacia él.
Parecía ligeramente incómodo.
Catherine continuó:
—Este
hombre jamás trae citas a estos eventos. Créeme, después de treinta años de matrimonio conozco perfectamente sus costumbres.
Harrison suspiró.
—Catherine.
—¿Qué? Pamela merece saber que tu última cita probablemente ocurrió durante la administración de Obama.
No pude evitar reírme.
Catherine me tomó del brazo.
—Vamos. La presentación está por empezar.
Mientras nos alejábamos vi a Diana detrás de nosotros.
Su expresión era una mezcla de frustración y desconcierto.
Había pasado meses intentando convertir a Harrison Wells en una conexión profesional.
Y ahora él acababa de dejar perfectamente claro que mi relación con él no era un puente hacia Meridian.
En el salón principal nos sentaron en una mesa cercana al escenario junto a importantes donantes y miembros del consejo.
Cuando Catherine se alejó, miré a Harrison.
—Todo esto estaba bastante planeado, ¿verdad?
Sonrió.
—Planeado no. Anticipado.
—Sabías que Diana estaría aquí.
—Era muy probable.
—Y sabías que intentaría hablarte
de Meridian.
—Eso era prácticamente seguro.
Negué con la cabeza.
—Juegas ajedrez mientras todos los demás seguimos jugando damas.
Harrison soltó una pequeña risa.
—Solo me gusta estar preparado.
Lo miré fijamente.
—¿Y decir que soy tu cita también era parte de la estrategia?
Su expresión cambió.
Toda aquella seguridad desapareció por un instante.
—No.
Se inclinó un poco hacia mí.
—Eso fue completamente sincero.
Sentí cómo mi corazón comenzaba a latir más rápido.
—Aunque admito que debí preguntarte primero si estabas cómoda con el término.
—No estoy protestando.
La sonrisa que apareció en su rostro parecía casi juvenil.
Entonces extendió la mano por debajo de la mesa y tomó la mía.
—En ese caso, Pamela Hayes, me gustaría pedirte formalmente que consideremos esta nuestra primera cita oficial.
Antes de que pudiera contestar, las luces del salón comenzaron a bajar.
Catherine subió al escenario para iniciar el evento benéfico.
Yo
dejé mi mano dentro de la de Harrison.
Su pulgar trazó lentamente un pequeño círculo sobre mi piel.
Nadie podía verlo debajo del mantel.
Pero yo podía sentirlo.
Durante años pensé que mi valor estaba en lo que podía hacer por otras personas.
Ser la madre disponible.
La abuela que cuidaba niños.
La mujer que prestaba dinero.
La persona que nunca ocasionaba problemas.
Incluso después de una cirugía que podía haber terminado con mi vida, seguí intentando no incomodar a nadie.
Aquella tarde en el aeropuerto había sido la última vez.
Phillip y Diana creyeron que podían ignorarme hasta que descubrieron que yo conocía a alguien que les resultaba útil.
Entonces llegaron las llamadas.
Los mensajes.
Las visitas.
La preocupación repentina.
Pero ya era demasiado tarde.
Porque entre aquella banca del aeropuerto y esa mesa frente al escenario algo había cambiado dentro de mí.
No necesitaba castigar a nadie.
No necesitaba vengarme.
Ni siquiera necesitaba que Phillip y Diana admitieran cuánto me habían lastimado.
Solo necesitaba dejar de aceptar que el amor significaba hacerme pequeña para que los demás estuvieran cómodos.
Miré a Harrison.
Él volvió el rostro hacia mí.
No dijo nada.
No hacía falta.
A los 67 años había sobrevivido a una cirugía del corazón.
Pero quizá la verdadera segunda oportunidad no había sido solamente médica.
Quizá también era esta.
La oportunidad de volver a ser una mujer con deseos propios.
Con amistades propias.
Con decisiones propias.
Con una vida que no girara únicamente alrededor de las necesidades de su hijo.
Apreté suavemente la mano de Harrison.
Él sonrió.
Y mientras la música comenzaba a llenar el salón, entendí algo que durante décadas había olvidado:
**yo también merecía que alguien eligiera estar conmigo sin necesitar nada a cambio.**
Y, más importante todavía, finalmente había aprendido a elegirme a mí misma.
***END.***
Capítulo completado
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