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MI NUERA SACÓ MIS COSAS DE MI RECÁMARA PARA DÁRSELA A SUS PADRES
Capítulo 2 / 7

Capítulo 2

NO VENÍAN DE VISITA

1181 palabras

El silencio que siguió a la confesión de Claudia hizo que incluso Patricia dejara de sonreír.

Daniel fue el primero en reaccionar.

—¿Cómo que vendieron su departamento?

Claudia se apresuró a cerrar la puerta detrás de sus padres.

—Daniel, luego te explico.

—No, me explicas ahora.

Humberto levantó una mano.

—Mira, muchacho, nosotros no queremos causar problemas.

Rosa observó las cajas apiladas junto a la entrada. Una de ellas decía COCINA con marcador negro. Otra decía DOCUMENTOS. Aquello no era el equipaje de dos personas que iban a pasar unas semanas.

Era una mudanza.

—¿Desde cuándo sabes esto? —preguntó Daniel.

Claudia se quedó callada.

—Claudia.

—Desde hace un mes.

Daniel abrió los ojos.

—¿Un mes?

—No sabía cómo decírtelo.

—¿Y decidiste que la mejor manera era meterlos a vivir aquí sin preguntarnos?

—Son mis padres.

—Y ella es mi madre.

Claudia señaló a Rosa.

—Precisamente, Daniel. Tu mamá tiene una casa enorme. ¿Qué problema hay con compartir?

Rosa sintió una mezcla de incredulidad y cansancio.

—El

problema es que nadie me preguntó.

Patricia intervino.

—Rosa, de verdad pensamos que tú estabas de acuerdo. Claudia nos dijo que ya lo habían hablado.

Todos voltearon hacia Claudia.

—Yo dije que no habría problema —respondió ella.

—Eso no significa que lo hablaste conmigo —dijo Rosa.

Humberto tomó una de las maletas.

—Patricia, vámonos a un hotel.

—Papá, no —dijo Claudia inmediatamente—. Ustedes se quedan.

La seguridad con la que pronunció aquellas palabras hizo que Rosa se levantara.

—Claudia, tú no decides quién se queda en esta casa.

—Pues alguien tiene que pensar en ellos.

—Puedes pensar todo lo que quieras. Lo que no puedes hacer es disponer de una casa que no es tuya.

Daniel intentó colocarse entre ambas.

—Ya, por favor. Vamos a resolver esto sin gritarnos.

Rosa no estaba gritando. Claudia tampoco. Tal vez eso hacía la escena todavía más incómoda.

Patricia miró hacia las pertenencias de

Rosa.

—¿Todo eso es tuyo?

—Sí.

La mujer palideció.

—Claudia nos dijo que esa recámara estaba libre.

Rosa miró a su nuera.

Claudia apretó la mandíbula.

—Dije que se podía liberar.

—No es lo mismo —murmuró Patricia.

Por primera vez desde que había llegado, Rosa sintió que la situación no era exactamente como había imaginado. Patricia y Humberto parecían genuinamente avergonzados.

—Pueden quedarse esta noche —dijo Rosa finalmente—, pero en la sala y en el cuarto de visitas después de que saquemos las cajas. Mañana hablaremos de cuánto tiempo necesitan y qué van a hacer.

Claudia dio un paso hacia ella.

—Mis papás no van a dormir en la sala.

—Entonces pueden ir a un hotel.

—Rosa.

—No voy a discutir mi propia recámara.

Daniel asintió.

—Mi mamá tiene razón.

Claudia lo miró como si acabara de traicionarla.

—Claro. Siempre terminas de su lado.

—No se trata de lados.

—Sí

se trata.

Patricia tomó a su hija del brazo.

—Claudia, basta. Nosotros dormimos donde sea.

La tensión bajó apenas.

Durante la siguiente hora, Daniel y Humberto sacaron cajas del cuarto de visitas. Rosa llevó sus pertenencias de vuelta a su recámara mientras Claudia permanecía en la cocina, molesta.

Cuando Rosa abrió el clóset descubrió algo más.

Faltaba espacio.

Varias de sus prendas habían sido comprimidas hacia un extremo y había ropa masculina y femenina que no reconocía.

—Daniel.

Su hijo apareció.

—¿Qué pasó?

Rosa señaló el clóset.

Daniel sacó una camisa de hombre.

—Esto es de Humberto.

Claudia apareció detrás.

—La traje ayer para adelantar.

Rosa la miró.

—¿Ayer?

—Sí.

—Entonces empezaste a instalar a tus padres antes de que llegaran.

—Ya te dije que necesitaban espacio.

Rosa respiró profundamente.

—Saca todo.

—Mañana.

—Ahora.

—Estoy cansada.

—Yo también. Trabajé nueve horas y llegué a encontrar mi vida metida en cajas.

Daniel tomó la ropa.

—Yo la saco.

Claudia se dio la vuelta y se fue.

Aquella noche nadie cenó junto.

Rosa cerró la puerta de su recámara con llave por primera vez desde que Daniel era adolescente.

A la mañana siguiente, despertó antes de las seis. Preparó café y encontró a Humberto sentado en la cocina.

—Buenos días —dijo él.

—Buenos días.

Humberto parecía incómodo.

—Quiero pedirte una disculpa.

Rosa puso agua a calentar.

—No fuiste tú quien sacó mis cosas.

—No, pero aceptamos venir.

—Porque tu hija les dijo que podían.

Humberto asintió.

—Perdimos dinero.

Rosa volteó.

—¿Qué pasó?

—El negocio no salió como esperábamos. Vendimos el departamento para pagar deudas. Claudia nos dijo que podíamos quedarnos aquí seis meses mientras nos recuperábamos.

—¿Seis meses?

—Eso dijo.

Rosa dejó la taza sobre la mesa.

—A mí me dijo unas semanas.

Humberto cerró los ojos.

—Entonces ya empezamos mal.

Poco después entró Patricia. Al verlos hablando, se sentó con ellos.

—Rosa, si quieres que nos vayamos, nos vamos.

—No quiero dejarlos en la calle. Pero necesito saber exactamente qué está pasando.

Patricia intercambió una mirada con Humberto.

—Vendimos el departamento hace dos semanas. Después de pagar el crédito y unas deudas, nos quedó poco. Claudia insistió en que viniéramos.

—¿Y ustedes qué pensaban hacer después?

—Buscar trabajo, ahorrar y rentar algo.

Rosa asintió.

Eso era muy diferente a instalarse indefinidamente.

A las ocho apareció Claudia.

Entró a la cocina y se detuvo al verlos reunidos.

—Qué bonito, ya hicieron junta sin mí.

—Estamos hablando —dijo Patricia.

—No tienen que darle explicaciones de todo.

Rosa la miró.

—Mientras vivan bajo mi techo, necesito saber cuánto tiempo pretenden quedarse.

Claudia abrió el refrigerador.

—Seis meses, quizá un año.

Humberto volteó de golpe.

—Tú dijiste seis meses.

—Papá, no sabemos cuánto va a tardar todo.

Rosa comprendió entonces que ni siquiera los padres de Claudia conocían el plan completo.

—Un año no es una visita —dijo.

Claudia cerró el refrigerador con fuerza.

—¿Qué quieres que hagan, Rosa? ¿Que duerman en la calle?

—Quiero que dejes de convertir cada límite que pongo en una crueldad.

Claudia soltó una risa seca.

—Es fácil hablar de límites cuando tienes una casa pagada.

Rosa se quedó quieta.

—¿Qué tiene que ver eso?

—Que tú tienes espacio de sobra y ellos no tienen nada.

—Esta casa no apareció de la nada. Ernesto y yo trabajamos treinta años para pagarla.

—Y ahora solo vives tú aquí.

Daniel entró justo a tiempo para escuchar la última frase.

—Claudia.

—¿Qué? Es verdad.

Rosa lo miró.

—¿Eso piensas tú también?

—No, mamá.

Claudia rodó los ojos.

—Otra vez lo mismo.

Rosa se levantó.

—Hoy, cuando vuelva del trabajo, vamos a sentarnos los cinco y establecer reglas.

—No necesito reglas para vivir con mi familia.

—No. Pero sí para vivir en mi casa.

Claudia se acercó.

—Daniel también vive aquí.

Rosa sostuvo su mirada.

—Daniel vive aquí porque yo lo invité.

Claudia sonrió con frialdad.

—Tal vez deberíamos hablar de eso también.

Rosa sintió algo extraño en aquella frase.

—¿Hablar de qué?

Claudia tomó su taza.

—De quién tiene realmente derecho a estar aquí.

Daniel palideció.

—Claudia, cállate.

Rosa giró lentamente hacia su hijo.

—¿Qué significa eso?

Daniel no respondió.

Y por segunda vez en menos de veinticuatro horas, Rosa comprendió que había una conversación sobre su propia casa de la que todos parecían saber algo menos ella.

Capítulo completado

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