Dos días antes de Navidad apareció mi nieta mayor.
Capítulo 2
Dos días antes de Navidad apareció mi nieta mayor.
Camila.
Quince años.
Traía una mochila y los ojos rojos.
—Abuela.
—¿Qué pasó?
Entró sin responder.
La abracé.
Ella lloró.
—Mis papás están peleando horrible.
Le preparé chocolate.
Nos sentamos.
—¿Por la cena?
Negó.
—Por la casa.
Sentí algo frío en el estómago.
—¿Qué casa?
Me miró.
—La tuya.
Se me quedó la taza a medio camino.
—¿Qué dicen?
Camila dudó.
—Papá le dijo a mamá que tú no debiste cambiar el testamento porque ya tenían planes.
No respiré.
—¿Qué planes?
—No sé.
—Camila.
—Abuela, de verdad no sé.
La niña se mordió el labio.
—Solo escuché que mamá dijo: “Ahora no podemos hacer lo de febrero”.
Sentí un escalofrío.
—¿Lo de febrero?
Asintió.
—Y papá dijo que todavía podían convencerte de firmar.
La casa quedó demasiado silenciosa.
Recordé el fideicomiso.
La razón por la que lo había hecho.
No solo por Renata.
Había otra cosa.
Un mes antes, buscando
documentos para actualizar mi seguro, encontré una fotocopia de mi escritura dentro de una carpeta que no reconocí.
La carpeta era de Santiago.
Cuando le pregunté, dijo que seguramente la había usado para “un trámite bancario”.
Eso me inquietó.
Por eso fui con el abogado.
Por eso hice el fideicomiso.
Pensé que estaba siendo precavida.
Ahora entendí que quizá había llegado justo a tiempo.
—¿Camila, escuchaste algo más?
Ella negó.
Luego metió la mano en su mochila.
Sacó una memoria USB.
—Esto estaba en el escritorio de papá.
La miré.
—¿Por qué la traes?
—Porque escuché a mamá decir que tenían que borrar archivos antes de hablar contigo.
Sentí el corazón en la garganta.
—No debiste tomarla.
—Ya sé.
Bajó la cabeza.
—Pero me dio miedo.
La abracé.
—Hiciste bien en venir conmigo.
Esa misma tarde llamé a mi abogado.
---
El licenciado Cárdenas llegó a mi casa una hora
después.
Tenía sesenta años, lentes gruesos y una capacidad casi ofensiva para mantener la calma.
Metió la USB en su computadora.
Había carpetas.
“Proyecto M.”
“Valor.”
“Crédito.”
“Febrero.”
Abrimos.
Mi escritura.
Fotos de mi identificación.
Estados de cuenta.
Una estimación inmobiliaria de mi casa.
Valor aproximado:
**Cuarenta y dos millones de pesos.**
Sentí que me faltaba el aire.
Luego apareció un documento.
Solicitud preliminar de crédito con garantía hipotecaria.
Titular:
Valeria Mendoza.
Monto solicitado:
**Diez millones de pesos.**
Mi firma aparecía al final.
No era mía.
Cárdenas se quitó los lentes.
—Valeria.
—No.
—¿Tú firmaste esto?
—No.
—¿Autorizaste a Santiago?
—Jamás.
Seguimos.
Correos.
Mensajes descargados.
Uno de Renata:
“Si conseguimos que firme después de Navidad, para febrero sale.”
Santiago:
“Mi mamá firma lo que le pongo si le digo que es para los niños.”
Sentí un golpe en el pecho.
Otro mensaje.
Renata:
“¿Y si pregunta demasiado?”
Santiago:
“Le digo
que es una actualización del seguro.”
Cerré los ojos.
Cárdenas me habló, pero no lo escuché.
Solo veía al niño de once años.
Sentado bajo el árbol.
Abriendo regalos que yo había comprado a meses sin intereses.
Diciéndome:
“Eres la mejor mamá del mundo.”
Abrí los ojos.
—¿Para qué querían diez millones?
Cárdenas siguió revisando.
Encontró un contrato.
Inversión.
Un desarrollo residencial en Querétaro.
Santiago y Renata habían puesto dinero.
Mucho.
Dinero prestado.
Habían convencido a familiares de Renata de invertir.
El proyecto estaba detenido.
Había demandas.
Deudas.
Y necesitaban capital urgente.
Mi casa era la salida.
**No querían celebrar Navidad en mi hogar. Querían mantenerme cómoda hasta que firmara una hipoteca que no entendía.**
Me quedé sentada.
—¿Podemos detenerlo?
Cárdenas asintió.
—El fideicomiso que firmaste ya bloquea cualquier gravamen nuevo sin intervención formal.
Respiré.
—Entonces estoy protegida.
Él no sonrió.
—La casa sí.
—¿Qué significa?
—Tenemos que revisar si ya hicieron algo antes.
Ese “antes” me quitó el sueño.
Capítulo completado
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