ME LLAMÓ LA FRACASADA DE LA GENERACIÓN Y MOVIÓ MI SILLA, CINCO MINUTOS DESPUÉS LA MAESTRA OFELIA PIDIÓ EL MICRÓFONO
—Bueno, por lo menos ya sabemos quién fue la más exitosa de la generación… y quién fue la que se quedó a medio camino.
Capítulo 1
ME LLAMÓ LA FRACASADA DE LA GENERACIÓN Y MOVIÓ MI SILLA, CINCO MINUTOS DESPUÉS LA MAESTRA OFELIA PIDIÓ EL MICRÓFONO
—Bueno, por lo menos ya sabemos quién fue la más exitosa de la generación… y quién fue la que se quedó a medio camino.
Patricia soltó una risita y levantó su copa. Casi todos entendieron a quién miraba.
Yo también.
Llevaba menos de veinte minutos en la reunión de los treinta y cinco años de la preparatoria. Había dudado toda la semana si ir. Sabía lo que pasaba en esas reuniones: uno decía “qué gusto verte” y enseguida preguntaba dónde vivías, en qué trabajabas y si tus hijos habían “salido bien”.
—No empieces, Paty —dijo Ernesto, incómodo.
—¿Qué? Si estamos recordando —respondió ella—. Éramos una generación buenísima. Ernesto, cardiólogo. Mónica, notaria. Yo, con tres salones. Hasta Raúl se jubiló de una multinacional.
Después me miró de nuevo.
—Y Elena… bueno, Elena siempre fue muy sencilla.
“Sencilla” fue la palabra elegante.
Yo administraba una pequeña papelería y por las tardes llevaba la contabilidad de tres negocios del barrio. Vivía en la misma colonia donde crecí, estaba divorciada y no tenía fotos en Europa ni camioneta
del año.
Patricia ya me había preguntado todo.
—Estoy bien, Paty —le dije.
—Claro. Mientras tú estés contenta.
Su sonrisa decía otra cosa.
A nuestra mesa llegaron más compañeros. Algunos me abrazaron con cariño. Otros me miraron con curiosidad.
Patricia había sido mi mejor amiga en la preparatoria y también mi rival. Competíamos por calificaciones y concursos de matemáticas. Yo pensaba que era divertido. Años después entendí que para ella nunca lo había sido del todo.
—¿Te acuerdas cuando decías que te ibas a ir a Monterrey? —preguntó Mónica.
—Sí me acuerdo.
—Yo juraba que ibas a terminar de directora financiera de una empresa enorme.
Antes de que pudiera responder, Patricia soltó:
—Todos jurábamos muchas cosas a los dieciocho.
Algunos rieron.
Yo no.
Sobre la mesa había fotos viejas y un centro de flores demasiado alto. En una pantalla pasaban imágenes de 1991.
De pronto apareció una en la que
Patricia y yo sosteníamos un diploma de un concurso estatal.
—Mira nada más —dijo ella—. Éramos inseparables.
—Éramos —contesté.
Ella notó el tono.
—Ay, Elena, no te pongas seria. Han pasado treinta y cinco años.
—Precisamente.
Ernesto cambió de tema.
—¿Y tus sobrinos? Me acuerdo que vivían contigo.
—Mis sobrinos ya tienen su vida.
Patricia abrió los ojos.
—¿Todavía les dices sobrinos? Prácticamente los criaste como hijos.
—Porque eran mis sobrinos.
—Pues ahí se te fueron un montón de años.
La mesa quedó un poco más quieta.
—Patricia —dijo Mónica.
—No estoy diciendo nada malo. Solo digo que Elena siempre tuvo esa cosa de sacrificarse por todo el mundo. Y mira… a veces por ayudar tanto a otros uno se olvida de hacer algo por sí mismo.
Esa frase dolió más que la primera.
Porque una parte de mí había pensado exactamente eso muchas noches.
Mi hermana mayor, Lucía, murió
en un accidente cuando sus hijos tenían siete y nueve años. Mi madre apenas podía caminar y el padre de los niños desapareció después del funeral.
Yo tenía diecinueve.
Hubo planes que no hice y años en que me pregunté cómo habría sido mi vida si hubiera elegido distinto.
Por eso no respondí.
Patricia creyó que había ganado.
La cena siguió. Ella habló de aperturas, empleados, viajes de capacitación y de su hija, que acababa de comprar un departamento.
Cuando trajeron el postre, el fotógrafo anunció que tomarían la foto de generación.
Habían colocado dos filas de sillas al frente del salón.
Patricia se levantó de inmediato.
—Los de la mesa principal adelante —dijo, como si alguien la hubiera nombrado organizadora.
Tomó la tarjeta con mi nombre, que estaba junto a la suya, y la cambió por otra del extremo.
—Tú acá vas a estar más cómoda.
La miré.
—¿Por qué?
—Ay, Elena, no hagas problema por una silla.
—No estoy haciendo problema. Te pregunté por qué moviste mi lugar.
Patricia bajó la voz, pero no lo suficiente.
—Porque adelante van los que representan los logros de la generación.
—¿Y yo qué represento?
Ella exhaló, fastidiada.
—No inventes, Elena. No me obligues a decirlo así.
—Dilo.
Patricia cruzó los brazos.
—Pues… que no todos cumplimos lo que prometíamos. Ya. Tampoco es un crimen.
—¿La fracasada de la generación?
—Yo no usé esa palabra.
—La usaste hace diez minutos.
Mónica apartó la mirada. Ernesto apretó la mandíbula.
Y entonces escuché una voz detrás de nosotros.
—Yo sí quisiera decir unas palabras antes de la foto.
Era la maestra Ofelia.
Tenía ochenta y dos años, caminaba con bastón y había sido nuestra profesora de matemáticas. La habían invitado como sorpresa, pero había llegado tarde porque su hija se perdió buscando el salón.
Patricia cambió de expresión de inmediato.
—¡Maestra! Qué emoción verla.
Ofelia no le devolvió la sonrisa.
—También me da gusto verte, Patricia.
Luego me miró.
—Elena, ven a saludarme.
La abracé. Olía al mismo perfume de violetas que usaba cuando nos daba clase.
—Pensé que no vendrías —me dijo.
—Yo también.
—Qué bueno que sí.
Patricia tomó su teléfono.
—Maestra, venga, siéntese aquí con los que salimos adelante. Vamos a tomarnos una foto.
Ofelia observó las tarjetas cambiadas.
—¿Quién movió el nombre de Elena?
Nadie dijo nada.
Patricia se encogió de hombros.
—Yo, pero no pasa nada. Estamos acomodando por trayectoria.
—¿Trayectoria?
—Sí. Para que adelante estén los que… bueno, los que destacaron profesionalmente.
Ofelia me miró otra vez. Después miró a Patricia.
—Entonces supongo que Elena debería estar en la primera silla.
Patricia soltó una risa corta.
—Maestra, Elena no siguió la universidad.
—Ya sé.
—Entonces…
Ofelia apoyó ambas manos en el bastón.
—También sé por qué.
—A ver, cuéntenos —dijo Ernesto.
Yo negué con la cabeza.
—No hace falta, maestra.
Ofelia me sostuvo la mirada.
—Tal vez sí hace falta. Sobre todo cuando alguien confunde una vida discreta con una vida desperdiciada.
Patricia dejó de sonreír.
La maestra habló sin dramatismo.
—En 1991, Elena obtuvo el primer lugar de la generación y ganó la única beca completa que la escuela tenía para estudiar Contaduría en Monterrey.
Alguien murmuró:
—¿Elena?
Ofelia siguió.
—Tres semanas antes de irse, murió su hermana. Quedaron dos niños sin quien se hiciera cargo de ellos. Elena vino a mi casa una noche con los ojos hinchados y me dijo que no podía irse.
Patricia bajó lentamente el teléfono.
—Eso… eso ya lo sabíamos.
—No todo —dijo Ofelia.
Sentí un nudo en la garganta.
Yo sí sabía qué venía.
—La beca no podía quedarse vacante —continuó la maestra—. La siguiente persona en promedio era Patricia.
Nadie se movió.
Patricia palideció.
—Maestra…
—Elena me pidió que no dijéramos que había renunciado. Dijo que si Patricia sabía que la beca le había llegado porque ella se retiró, iba a sentir que no la había ganado.
La copa de Patricia tocó la mesa con un golpe seco.
Mónica abrió la boca y volvió a cerrarla.
Ofelia añadió:
—Y me pidió otra cosa. Que jamás le dijéramos a Patricia que, dos días antes del cierre, Elena pagó de su propio ahorro la cuota de inscripción que a la familia de Patricia le faltaba.
Patricia me miró como si acabara de verme por primera vez.
—Eso no es cierto.
—Sí lo es —dijo Ofelia.
—Yo conseguí ese dinero.
—Conseguiste una parte. Tu mamá vino a la escuela llorando porque faltaba el resto. Elena lo escuchó.
Patricia se sentó.
Nadie habló.
Yo sentí vergüenza, pero no la vergüenza de antes.
Era otra.
Nunca había querido que esa historia se contara como si yo hubiera sido una santa.
—Maestra, basta —dije.
—No —respondió Patricia.
Su voz salió más baja.
—Déjela terminar.
Ofelia negó con la cabeza.
—Ya terminé.
Patricia me miró.
—¿Por qué nunca me dijiste?
—Porque no quería que me debieras nada.
—¿Y todos estos años me dejaste creer que yo te había ganado esa beca?
—Tú tenías buenas calificaciones. Podías aprovecharla.
—No fue eso lo que pregunté.
Por primera vez, su voz tembló.
Yo respiré hondo.
—¿Qué querías que te dijera a los veinte? ¿Que mi hermana estaba muerta, que yo no podía dormir, que tenía dos niños preguntándome cuándo iba a volver su mamá? Tú estabas emocionada por irte. Yo no quería convertir tu alegría en mi tragedia.
Patricia se quedó mirando sus manos.
Entonces dijo algo que no esperaba.
—Te odié muchos años.
Varios levantaron la vista.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque antes de la beca siempre eras tú. La que sacaba diez. La que entendía todo. La que los maestros ponían de ejemplo. Cuando te quedaste, pensé que por fin yo había sido mejor que tú.
Se secó el borde de un ojo con el dedo.
—Y construí media vida alrededor de eso.
No sentí satisfacción.
Eso me sorprendió.
Había imaginado, mientras ella me humillaba, que si algún día alguien la ponía en su lugar yo disfrutaría el momento.
No fue así.
Solo la vi cansada.
—Patricia —dije—, tú sí hiciste algo con esa oportunidad. Abriste tus negocios. Trabajaste. Sacaste adelante a tu hija. Eso no te lo regalé yo.
Ella levantó la mirada.
—Pero te acabo de llamar fracasada.
—Sí.
—Y moví tu silla.
—También.
Mónica intervino:
—Elena, discúlpala. Ya sabes cómo es Paty.
La miré.
—Ese es el problema. Todos sabemos cómo es y por eso siempre terminamos acomodándonos.
Patricia cerró los ojos un segundo.
—Tienes razón.
No hubo aplausos, y lo agradecí.
Ofelia tomó la tarjeta con mi nombre y la puso de nuevo en el centro.
Yo la agarré.
—No, maestra.
—¿No qué?
Caminé hasta el extremo y coloqué mi tarjeta en una silla cualquiera.
—No quiero sentarme adelante porque alguien crea que ahora sí “merezco” estar ahí.
Patricia tragó saliva.
—Elena…
—Tampoco quiero sentarme atrás porque tú decidiste que mi vida vale menos.
La miré directamente.
—Me siento donde yo quiera.
Ernesto soltó una risa nerviosa.
—Eso sí sigue siendo muy Elena.
Nos tomamos la foto.
Yo quedé en la segunda fila, junto a Mónica y la maestra Ofelia. Patricia quedó adelante, pero ya no sonreía como al principio.
Después, mientras los demás fueron por café, se acercó a mí.
—¿Podemos hablar?
—Ya estamos hablando.
—No sé cómo arreglar esto.
—No tienes que arreglar treinta y cinco años esta noche.
—Te debo una disculpa.
—Sí.
La respuesta la sorprendió.
—Pensé que me ibas a decir que no importaba.
—Importa. Me humillaste por una versión de éxito que a ti te conviene.
Patricia apretó los labios.
—Y tú nunca me corregiste.
—Porque no era mi trabajo enseñarte a respetarme.
Se quedó callada.
Luego miró hacia donde Ofelia tomaba café.
—¿Eres feliz?
La pregunta me molestó al principio.
Después entendí que esta vez no estaba comparando.
Pensé en mis sobrinos, en mi pequeño departamento, en las cuentas que a veces me preocupaban y en las cosas que no hice.
—A veces sí —respondí—. A veces no. Como todos.
Patricia asintió.
—Yo tampoco.
Antes de irme, me alcanzó en la puerta.
—Elena.
Me volví.
—Gracias por aquella cuota.
—Fue hace treinta y cinco años.
—Para ti.
No supe qué contestar.
Ella tampoco insistió.
Salí al estacionamiento con los zapatos en la mano. Mónica vino detrás de mí y preguntó si quería que me llevara.
—No. Vine en mi coche.
—Oye —dijo—, ¿vas a volver a la próxima reunión?
Miré por la ventana del salón. Patricia seguía sentada sola, con su copa intacta frente a ella.
—No sé.
—Yo sí quiero que vuelvas.
Sonreí.
—Entonces la próxima vez no dejen que nadie decida quién merece sentarse adelante.
Mónica bajó la mirada.
—Tienes razón.
Me fui sin sentir que había ganado nada.
Patricia no perdió sus negocios. Yo no recuperé la beca. Nadie podía devolverme los años que elegí vivir de otra manera.
Pero esa noche entendí algo que debí entender mucho antes.
No necesitaba que mis antiguos compañeros aprobaran mi vida.
Solo necesitaba dejar de permitir que alguien la calificara por mí.
Capítulo completado
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