Inés contempló el retrato de Don Aurelio que colgaba en la pared.
Capítulo 2
Inés contempló el retrato de Don Aurelio que colgaba en la pared.
Su padre había comenzado con una pequeña posada de seis habitaciones en San Miguel de Allende. Lavaba sábanas, cargaba maletas y arreglaba tuberías con sus propias manos. Con el tiempo construyó una cadena de doce hoteles.
Antes de morir, tomó las manos de Inés y le dijo:
—Mijita, los edificios no son el legado. El legado es que nadie entre aquí sintiéndose menos que otro.
Ramiro se había encargado de pisotear esa frase.
Había despedido a empleados antiguos.
Había reemplazado proveedores locales por empresas de sus amigos.
Había llenado las oficinas de hombres que lo llamaban “jefe” y se reían de sus chistes.
Pero jamás fue dueño de Casa Aranda.
Eso era lo que él todavía no comprendía.
Arriba, en la terraza privada de la suite presidencial, Valeria brindaba con Ramiro frente a las luces de la ciudad.
—¿Tu esposa no sospecha? —preguntó.
Ramiro soltó una carcajada.
—Inés no sospecha
ni cuando le cambian el estado de cuenta.
—No deberías hablar así de ella.
—¿Ahora te dio conciencia?
Valeria apartó la mirada.
—Solo digo que es su hotel.
—Era de su padre. Ahora lo manejamos nosotros.
—Tú lo manejas.
Ramiro levantó la copa.
—Exactamente.
Valeria sonrió, pero algo en el pecho le incomodaba.
La letra A estaba bordada en las batas.
En las servilletas.
En los cojines.
En la tarjeta de bienvenida.
“Casa Aranda le desea una estancia imposible de olvidar.”
Ramiro leyó la frase y aventó la tarjeta sobre una mesa.
—Detalles cursis.
Sin embargo, por primera vez sintió un frío extraño en la nuca.
Durante la cena en la habitación, Valeria recibió un mensaje.
Lo leyó y palideció.
—¿Qué pasa? —preguntó Ramiro.
—Nada.
—Enséñame.
—Es mi mamá.
Ramiro estiró la mano.
—Valeria.
Ella le entregó el teléfono.
El mensaje decía:
“Mañana no faltes al restaurante. Ya es hora
de que veas quién es realmente.”
Ramiro frunció el ceño.
—¿Quién mandó esto?
—Número desconocido.
—Bloquéalo.
Valeria lo hizo.
Pero aquella noche no pudo dormir.
A las tres de la mañana se levantó, caminó descalza hasta la ventana y miró la ciudad.
Había aceptado salir con Ramiro porque él le prometió ascensos, viajes y una dirección regional.
También le juró que su matrimonio estaba muerto.
—Solo vivimos bajo el mismo techo por conveniencia —decía—. Inés y yo somos socios, nada más.
Valeria quería creerle.
Necesitaba creerle.
Había crecido en una casa pequeña de Naucalpan, con una madre enferma y deudas médicas. Cuando Ramiro empezó a llevarla a restaurantes caros, ella sintió que por fin el mundo la estaba dejando entrar.
No se preguntó quién pagaba.
No quiso saber qué mujer esperaba en casa.
Hasta aquella noche.
Mientras Valeria observaba las luces, Ramiro dormía profundamente.
Su teléfono estaba sobre la mesa.
La pantalla se encendió.
“R.S. Holdings: transferencia autorizada por $18,500,000.”
Valeria sintió que se le secaba la boca.
Tomó una fotografía del mensaje.
Después dejó el teléfono donde estaba.
A la mañana siguiente, Ramiro despertó de buen humor.
Pidió huevos benedictinos, café y champaña.
—Hoy quiero que te pongas el vestido negro —dijo—. El escotado.
—Pensé que usaría el verde.
—El negro te hace ver más fina.
Valeria lo miró.
—¿Más fina para quién?
Ramiro levantó una ceja.
—No empieces.
—Ramiro, ¿qué es R.S. Holdings?
El tenedor quedó suspendido en el aire.
—¿Qué dijiste?
—Vi un mensaje.
Él dejó el cubierto.
—No vuelvas a tocar mi teléfono.
—Solo pregunté.
—Es una empresa mía.
—¿Inés sabe?
Ramiro golpeó la mesa con la palma.
—¡Ya basta con Inés!
Valeria se quedó inmóvil.
Él respiró hondo y suavizó la voz.
—Perdóname. Estoy bajo mucha presión.
Se acercó y le acarició la mejilla.
—Esta noche será especial. Después de la cena, quiero hablarte de nuestro futuro.
Valeria forzó una sonrisa.
—¿Nuestro futuro?
—Sí.
Ramiro sacó una pequeña caja azul del bolsillo de su saco.
No la abrió.
Valeria sintió una mezcla de emoción y miedo.
—Ten paciencia.
Cuando Ramiro entró al baño, ella envió la fotografía del mensaje al número desconocido.
Solo escribió:
“¿Quién es usted?”
La respuesta llegó de inmediato.
“La mujer a quien él está robando.”
Valeria dejó caer el teléfono sobre la cama.
Capítulo completado
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