Don Julián entregó una escritura al notario.
Capítulo 4
Don Julián entregó una escritura al notario.
—Explíquele, por favor.
El notario ajustó sus lentes.
—El Hotel Casa Aranda, así como otras siete propiedades de la cadena, se encuentran bajo un fideicomiso patrimonial constituido por Don Aurelio Aranda.
Ramiro cruzó los brazos.
—Eso ya lo sé.
—Al parecer, no —dijo el notario—. El fideicomiso establece que ningún cónyuge de los herederos adquiere derechos de propiedad, control o usufructo sobre los hoteles.
Ramiro miró a Inés.
—Yo tengo acciones.
—En la operadora —aclaró Teresa—, no en los inmuebles.
—Tengo el treinta y cinco por ciento.
—Tenía —dijo Inés.
Ramiro soltó una risa nerviosa.
—No puedes quitarme acciones legalmente adquiridas.
—Sí puedo cuando fueron compradas con dinero extraído de una cuenta fiduciaria mediante fraude.
El notario levantó otro documento.
—Esta mañana, un juez ordenó el congelamiento preventivo de sus acciones, cuentas y bienes.
El rostro de Ramiro quedó vacío.
—No.
Teresa continuó:
—También se presentó la demanda de divorcio
y una denuncia penal por administración fraudulenta, falsificación de documentos, lavado de dinero y abuso de confianza.
Ramiro buscó apoyo entre los miembros del consejo.
Nadie lo miró.
—Ustedes me necesitan —dijo—. Yo conozco a los inversionistas.
Una mujer mayor se levantó de una mesa cercana.
Era Elena Garza, presidenta de un fondo que había invertido cien millones en la cadena.
—No, Ramiro. Tú nos mentiste. A quien necesitamos es a la señora Aranda.
Ramiro volteó hacia Inés.
Por primera vez en doce años, la vio realmente.
No era la esposa callada que esperaba en el comedor.
No era la heredera ingenua.
No era la mujer que firmaba sin preguntar.
Era la hija de Don Aurelio.
Y el hotel entero parecía reconocerlo.
—¿Tú organizaste todo esto? —preguntó.
—Durante diez meses.
—Dormiste a mi lado.
—Tú dormías. Yo investigaba.
—Me sonreías.
—Tú también.
—¿Por qué no me enfrentaste antes?
Inés observó
a los empleados reunidos alrededor del restaurante.
—Porque primero necesitaba protegerlos a ellos.
Ramiro frunció el ceño.
—¿A quiénes?
—A las cuatrocientas treinta y dos familias que dependen de esta empresa. Si te acusaba sin pruebas, habrías vaciado las cuentas y desaparecido.
Uno de los cocineros bajó la cabeza emocionado.
Inés continuó:
—También necesitaba saber quiénes te ayudaban.
Ramiro miró hacia el director financiero.
El hombre retrocedió.
Los agentes se acercaron a él también.
—Señor Montalvo —dijo uno—, acompáñenos.
—Ramiro me obligó —balbuceó el director—. Tengo hijos.
—Todos tenemos algo que perder —respondió Inés—. La diferencia está en decidir quién debe pagar por nuestros miedos.
Los agentes esposaron al hombre.
Ramiro empezó a respirar con dificultad.
—Inés, por favor.
Aquella palabra sorprendió a todos.
Por favor.
Ramiro Santillán nunca pedía.
Exigía.
—Podemos arreglarlo —dijo—. Te devolveré el dinero.
—No es solo dinero.
—Voy a dejar a Valeria.
La joven cerró
los ojos.
Inés lo miró con asco.
—¿De verdad crees que eso te ayuda?
—Podemos empezar de nuevo.
—¿Empezar qué? ¿Otra mentira?
Ramiro se acercó un paso.
—Tú todavía me amas.
Inés sintió un dolor antiguo atravesarle el pecho.
Sí lo había amado.
Lo había amado cuando llegó a la empresa con un traje barato y una carpeta llena de ideas.
Lo había amado cuando le preparaba café en la oficina.
Cuando le pidió matrimonio en una terraza sin fotógrafos.
Cuando prometió cuidar el legado de su padre.
Quizá por eso la traición había dolido tanto.
Porque Ramiro no había robado únicamente dinero.
Había profanado los recuerdos donde alguna vez pareció ser un buen hombre.
—Amé a quien fingiste ser —dijo Inés—. Pero ese hombre nunca existió.
Ramiro apretó los dientes.
—Sin mí no eres nadie.
Don Julián quiso intervenir, pero Inés levantó una mano.
—Déjalo.
Se acercó a Ramiro hasta quedar frente a él.
—Mírame bien.
Él lo hizo.
—Mi apellido estaba en este hotel antes de que tú aprendieras a anudarte una corbata. Mi padre me enseñó a limpiar habitaciones, servir mesas, revisar cuentas y escuchar a los empleados. Tú me convenciste de apartarme porque decías que los negocios eran demasiado duros para mí.
Ramiro guardó silencio.
—Pero mientras tú jugabas a ser dueño, yo aprendí cada rincón que descuidaste.
Inés señaló el lobby.
—Sé cuánto cuesta una sábana. Sé quién lleva veinte años en lavandería. Sé qué proveedor entrega tarde y cuál mesero tiene una hija enferma. Sé cuánto robaste y de qué cuenta lo sacaste.
Su voz no se elevó.
No lo necesitaba.
—Tú tenías poder prestado, Ramiro. Yo tenía memoria.
Los agentes se acercaron.
Uno de ellos le pidió que pusiera las manos detrás de la espalda.
Capítulo completado
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