En ese momento apareció Rosa, ama de llaves de la familia.
Capítulo 2
En ese momento apareció Rosa, ama de llaves de la familia.
Gabriel soltó una risa incrédula.
Ricardo habló.
—La casa pertenece ahora a la Fundación Elena Montenegro.
El nombre de su esposa fallecida dejó a todos en silencio.
Ricardo explicó que la mansión sería transformada parcialmente en residencia temporal para familias de niños que recibieran tratamiento oncológico en Madrid.
—Tu madre pasó ocho meses entrando y saliendo de hospitales —dijo mirando a Valeria—. Lo peor fue ver familias durmiendo en sus autos porque no podían pagar alojamiento.
Valeria comenzó a llorar.
Gabriel negó con la cabeza.
—Has regalado nuestra herencia.
Ricardo lo miró.
—Acabas de demostrar por qué debía hacerlo.
—Soy tu hijo.
—Y por eso esperaba algo mejor.
—¿Dónde vas a vivir tú?
—Aquí.
Gabriel frunció el ceño.
—La casa ya no es tuya.
—La fundación me concede el usufructo vitalicio de mi departamento y del jardín este.
Ricardo añadió:
—No necesito veinte habitaciones. Pero tampoco necesito que nadie decida
cuándo debo abandonar mi vida.
Valeria miró a Rosa.
—¿Tú sabías esto?
—Desde hace meses.
Entonces el abogado sacó otro documento.
—La fundación no ha sido financiada únicamente por don Ricardo.
Gabriel se volvió.
—¿Qué quiere decir?
Rosa dio un paso.
—Su madre empezó a prepararla antes de morir.
Ricardo miró el retrato de Elena sobre la chimenea.
Durante años todos habían creído que Elena dejó sus acciones directamente a sus hijos.
No era cierto.
Había creado un fondo cuya liberación dependía de una condición: que Ricardo considerara que sus hijos podían administrar aquella riqueza sin destruirse por ella.
Gabriel palideció.
—¿Cuánto dinero hay?
—Casi nueve millones de euros.
—¿Y quién los recibe?
Ricardo guardó silencio.
—Nadie.
El fondo pasaría a la fundación.
Valeria no protestó.
Gabriel sí.
—¡No puedes castigarnos por una conversación!
Ricardo se puso de pie.
—No los estoy castigando.
Miró la carpeta de la residencia.
—Vinieron
esta noche a decidir qué era lo mejor para mí sin preguntarme qué quería.
Después señaló los correos.
—Y uno de ustedes ya había calculado cuánto valía quitarme del camino.
Gabriel bajó la cabeza.
—Dijiste que era lo mejor para todos —continuó Ricardo.
—Lo siento.
—Lo mejor para todos habría sido sentarnos como familia antes de convertir mi vejez en una operación inmobiliaria.
Meses después comenzaron las obras.
La mitad oeste de la mansión fue adaptada para recibir familias.
Ricardo continuó viviendo allí.
Valeria colaboró con la fundación.
Gabriel tardó más en volver.
Cuando regresó, encontró a su padre jugando al ajedrez con un niño cuya madre estaba hospitalizada.
—¿Puedo pasar?
Ricardo levantó la mirada.
—La puerta nunca estuvo cerrada.
Gabriel se sentó frente a él.
—Perdí mucho por aquella noche.
Ricardo negó.
—Perdiste cosas que ya habías decidido que te pertenecían.
Desde el pasillo llegó la risa de varias
familias.
La casa seguía teniendo los mismos cuadros, la misma escalera y el mismo jardín.
Pero parecía más grande.
Ricardo miró a su hijo.
—Ahora dime, Gabriel. ¿Qué crees que es lo mejor para todos?
Gabriel observó a los niños.
Esta vez no respondió inmediatamente.
Ricardo sonrió.
Porque aquella era, por fin, una respuesta mejor que cualquier frase preparada.
Capítulo completado
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