Rubén continuó:
—Después de que mi hermano murió, el licenciado nos dijo que no había testamento y que Arturo tenía muchas deudas.
Capítulo 3
Rubén continuó:
—Después de que mi hermano murió, el licenciado nos dijo que no había testamento y que Arturo tenía muchas deudas.
Un mes después apareció la señora Clara diciendo que había comprado el edificio antes de su muerte.
—¿Usted recibió alguna notificación de la venta?
—No.
—¿Los inquilinos?
—Tampoco.
Marisol levantó la mano.
—Señoría, ¿puedo hablar?
—Adelante.
—Mi tío me crió desde que murió mi mamá. Yo estaba con él cuando firmó el testamento. También estaba una enfermera y un notario. El licenciado David guardó una copia.
Mi hijo cerró los ojos.
Clara se volvió hacia él.
—¿Tenías una copia?
—Está mintiendo.
—Presentaremos la grabación —dijo el abogado de Rubén.
David palideció.
Un técnico conectó una memoria al sistema de audio de la sala.
La voz de un hombre mayor llenó el recinto.
—Yo, Arturo Salazar Medina, declaro que dejo el inmueble ubicado en la calle Zaragoza número ciento doce a mi sobrina Marisol Salazar…
Después se escuchó la voz de David.
—Todo está en orden, don Arturo. Yo me encargo
de que se respete su voluntad.
Marisol comenzó a llorar.
La grabación siguió durante casi cuatro minutos.
Cuando terminó, nadie dijo nada.
El abogado de Clara se quitó los lentes.
—Señoría, solicito un receso para hablar con mis clientes.
—La solicitud se evaluará después de que terminemos de revisar la documentación.
Clara se puso de pie.
—¡Yo no sabía nada de esto!
David la agarró del brazo.
—Siéntate.
Ella se soltó.
—Tú me dijiste que el viejo no tenía herederos.
—Clara.
—¡Tú hiciste los documentos!
Los murmullos se convirtieron en exclamaciones.
El abogado de Clara cerró su carpeta.
—Señora Montes, le aconsejo que no diga una palabra más.
Pero Clara ya no podía detenerse.
La mujer que me había llamado vieja ridícula quince minutos antes ahora veía cómo su vida perfecta se abría frente a todos.
—Él me dijo que era legal —insistió—. Me dijo que nadie iba a reclamar
porque la muchacha no tenía dinero.
David se puso de pie.
—Está mintiendo para salvarse.
—¡Tú me pediste que firmara!
—Orden en la sala —dije.
Golpeé el mazo.
El sonido fue seco.
Clara me miró.
Por primera vez, no había desprecio en su rostro.
Había miedo.
—Señoría —dijo—, necesito hablar con usted a solas.
—No existe ninguna razón legal para hacerlo.
—Soy su familia.
—Hace unos minutos dijo que yo era una vergüenza para su familia.
Su rostro se tensó.
—Yo estaba molesta.
—Y empujó a una mujer de setenta años contra una pared.
—Fue un accidente.
El joven secretario que había presenciado la agresión levantó lentamente la vista.
El guardia permanecía junto a la puerta.
—Eso será atendido por separado —dije—. Ahora continuemos.
Presentaron los estados bancarios.
La supuesta compra del edificio no había sido pagada con dinero de Clara.
El dinero había salido de una cuenta administrada por
David que contenía fondos de otros tres clientes fallecidos.
Mi hijo había tomado dinero de sucesiones bajo su responsabilidad, lo había transferido a una empresa creada a nombre de su esposa y había utilizado documentos falsificados para registrar propiedades como si hubieran sido compradas legalmente.
El edificio de Arturo Salazar no era el único.
Había cuatro inmuebles más.
Dos terrenos.
Y una casa en San Pedro.
Cada documento revelaba una mentira nueva.
Yo escuchaba con el rostro inmóvil.
Por dentro, sin embargo, sentía que alguien despedazaba uno por uno los recuerdos de mi hijo.
El niño que compartía su lonche con un compañero.
El adolescente que defendía a los más pequeños.
El joven que juraba que sería abogado para ayudar a quienes no podían defenderse.
¿En qué momento se había perdido?
¿Había sido Clara?
No.
Esa explicación habría sido demasiado fácil.
La verdad era más dolorosa.
**David había elegido cada paso.**
Clara podía ser arrogante, cruel y ambiciosa.
Pero mi hijo había construido el fraude con sus propias manos.
Capítulo completado
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