Laura no volvió al restaurante.
Capítulo 2
Laura no volvió al restaurante.
Llamó a Sergio.
—¿Por qué le transferiste 24.000 € a tu madre?
Silencio.
—No mezcles cosas.
—Acabas de amenazar con echarme de una casa que pago yo.
Sergio explotó.
—Ese dinero también es mío. Si sigues así, vas a descubrir lo fácil que es quedarse sola.
Laura colgó.
Al día siguiente fue con Nuria a recoger documentos.
Ella y Sergio habían firmado separación de bienes, y la entrada del piso procedía casi por completo de una herencia de Laura, aunque ambos figuraban como propietarios.
Carmen apareció con una copia de la llave.
—Esa carpeta se queda aquí. Esta casa es de mi hijo.
Intentó quitársela.
Nuria se interpuso.
Carmen empujó a Laura contra una cómoda y le dejó el brazo amoratado.
Laura fotografió la marca, acudió a un centro médico y entregó a una abogada los mensajes de Sergio.
2 días después, Recursos Humanos la llamó.
Una cuenta anónima había
enviado correos acusándola de mantener una relación con un proveedor y de abandonar a una anciana.
Informática rastreó el correo de recuperación.
Era de Sergio.
La abogada pidió los extractos completos.
Entonces apareció el motivo de los 24.000 €.
Sergio llevaba casi 2 años enviando dinero a Carmen para pagar la entrada de un apartamento en Benidorm.
Pero el contrato reveló algo peor.
La segunda futura ocupante no era Carmen.
Era Vega Morales.
Y Sergio había escrito al agente:
“Cuando Laura termine de pagar nuestro piso de Madrid, podré mudarme sin perder nada”.
Durante las siguientes semanas, Laura dejó de preguntarse si su matrimonio podía salvarse.
Empezó a preguntarse cuánto de su matrimonio había sido real.
Su abogada, Inés Valverde, le pidió que no discutiera con Sergio, que no respondiera a Carmen y que guardara cada documento.
Laura obedeció.
En el comedor del pequeño apartamento que alquiló provisionalmente se amontonaron
escrituras, recibos, extractos, justificantes de transferencias y contratos.
Cuanto más ordenaba los papeles, más clara se volvía una verdad que durante años se había negado a mirar.
La entrada del piso de Madrid había salido en un 82 % de una herencia recibida por Laura tras perder a su abuelo.
Desde la compra, 43 de las 56 cuotas hipotecarias habían sido abonadas directamente desde su cuenta personal.
El seguro del hogar, el IBI, las derramas de la comunidad y casi todas las reformas también estaban documentados a su nombre.
Sergio había contribuido, sí, pero de forma irregular.
Y al mismo tiempo había construido una vida paralela.
Los extractos mostraban transferencias mensuales a Carmen por importes de entre 600 y 1.200 €.
Algunas llevaban conceptos inocentes:
“médico”.
“arreglo cocina”.
“ayuda”.
Otras no llevaban nada.
Al cruzarlas con los correos encontrados en el ordenador familiar, Inés descubrió que muchas correspondían a pagos
fraccionados para el apartamento de Benidorm.
Carmen no era la beneficiaria final.
Era la pantalla.
Vega Morales, de 33 años, trabajaba en una tienda de equipamiento deportivo en la que Sergio compraba accesorios para la moto.
Habían empezado a verse casi 2 años antes.
Las reservas de hotel, los peajes y varios recibos de restaurantes coincidían con fines de semana en los que Sergio decía estar con amigos o asistir a cursos de formación.
Pero lo que más hirió a Laura no fue descubrir la infidelidad.
Fue leer los mensajes.
En uno, Vega preguntaba:
“¿Y si Laura sospecha lo del piso?”
Sergio respondía:
“No sospecha nada. Vive para trabajar y pagar”.
En otro mensaje, escrito 4 meses antes, Carmen le decía a su hijo:
“Ten paciencia. Mientras ella siga pagando Madrid, no hagáis movimientos raros”.
Sergio contestaba:
“Cuando tengamos Benidorm listo, veremos cómo sacarla sin que se lleve todo”.
Laura dejó el móvil sobre la mesa.
Nuria, que estaba a su lado, no dijo nada.
No hacía falta.
Capítulo completado
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