PARTE 2 — Alguien estaba dentro de mi casa
Tomé una maleta pequeña, me puse un suéter y salí por la puerta trasera.
Capítulo 2
PARTE 2 — Alguien estaba dentro de mi casa
Tomé una maleta pequeña, me puse un suéter y salí por la puerta trasera.
Llegué a mi carro sin hacer ruido y encendí el motor justo cuando Renata golpeó la puerta principal.
Mi celular sonó.
—¿Ya saliste? —preguntó Lucía Robles.
Lucía era mi amiga desde la universidad. Tenía un consultorio en la colonia Del Valle y conocía mis silencios mejor que nadie.
—Sí. Estoy en el carro.
—No regreses todavía. Ven al consultorio.
Miré por el espejo retrovisor. Renata golpeaba otra vez la puerta. Santiago rodeó la casa y se dirigió hacia la entrada lateral.
—¿Qué pasó?
Lucía guardó silencio unos segundos.
—Hoy me llamó un notario. Me preguntó si tú habías tenido olvidos, confusión o cambios de conducta.
Apreté el volante.
—¿Por qué te preguntaría eso?
—Porque tu hijo lo contrató, Elena.
Sentí un frío lento en la espalda.
—¿Para qué?
—No me lo dijo con todas sus palabras. Me preguntó si yo podía confirmar que últimamente estabas desorientada. Le pregunté quién le
había dado mi nombre. Contestó que tú eras “una mujer difícil de controlar” y que necesitaba protegerte de tus propias decisiones.
Miré hacia mi casa.
Santiago estaba inclinado frente a la cerradura nueva.
—¿Qué le dijiste?
—Que estabas perfectamente orientada. Que llevabas años administrando tus cuentas, tu casa y tus asuntos sin ayuda. Y que, si él necesitaba asistencia, podía buscarla para sí mismo.
Cerré los ojos.
Entonces escuché algo.
Un roce lento.
El sonido de un cajón abriéndose desde el interior de mi despacho.
Abrí los ojos de golpe.
—Lucía —susurré—, hay alguien dentro de mi casa.
—¿Qué?
—Escuché un cajón.
—No regreses. Maneja hacia acá.
—Pero Santiago está afuera.
—Precisamente.
Santiago se apartó de la puerta lateral y miró hacia la ventana del despacho. Después sacó su celular. El mío vibró.
“Mamá, abre. Tenemos que platicar”.
Lo observé desde el carro. Sabía que yo estaba ahí.
—Lucía, ¿qué
está buscando?
—No lo sé. Pero hay algo que tienes que saber antes de enfrentarlo.
—Dime.
—Hace tres meses vino a verme. No por ti. Por él.
La voz de Lucía se quebró apenas.
—Me pidió que te declarara incapaz.
El motor seguía encendido, pero mis manos se habían quedado inmóviles sobre el volante.
—¿Qué?
—Dijo que estabas perdiendo la memoria, que confundías las fechas, que dabas dinero sin recordar cuánto. Me dijo que a veces te quedabas mirando las paredes y que no podías tomar decisiones sencillas.
—Eso es mentira.
—Lo sé. Por eso no acepté. Pero hoy el notario volvió a llamarme.
—¿Qué quiere hacer Santiago?
—No me lo explicó por teléfono. Sólo me dijo que Santiago había hablado de tomar el control de tus asuntos y de “evitar que alguien se aprovechara de ti”.
Solté una risa seca.
—El único que se ha aprovechado de mí ha
sido él.
—Ven al consultorio, Elena.
Miré otra vez hacia la casa. La puerta del despacho estaba cerrada, pero la cortina se movió.
Alguien estaba adentro.
—Voy para allá.
—Y no cortes la llamada.
Conduje hasta el consultorio mientras Lucía permanecía conectada. No hablamos durante varios minutos. Yo veía pasar las calles de la ciudad, los árboles, los puestos de flores, los carros detenidos en los semáforos, pero todo parecía lejano.
Cuando llegué, Lucía me esperaba en la entrada.
—¿Entró alguien a tu casa?
—Santiago. O alguien que él metió.
—¿Tienes cámaras?
—En el jardín. No dentro.
—Entonces vamos a necesitar saber qué ocurrió sin ponerte en riesgo.
Entramos al consultorio. Lucía cerró la puerta y me sirvió agua.
—Respira.
—No estoy confundida.
—Nunca dije que lo estuvieras.
—Eso es lo que están diciendo.
—Yo sé. Y también sé que cuando alguien empieza a repetir que una persona está perdiendo la razón, muchas veces no está describiendo a esa persona. Está preparando a los demás para que no le crean cuando hable.
Sus palabras me golpearon con una precisión dolorosa.
En ese momento sonó el teléfono de Lucía. Ella miró la pantalla.
—Es el notario.
Contestó y puso el altavoz.
—¿Bueno?
—Doctora Robles, habla el licenciado Arturo Cárdenas. Disculpe que la moleste de nuevo.
—Dígame.
—Necesito confirmar algo. ¿La señora Elena Cázares está con usted?
—Sí.
—¿Se encuentra orientada?
Sentí que se me encendía la sangre.
—Estoy aquí, licenciado —dije—. Y estoy perfectamente orientada.
Hubo un silencio incómodo.
—Señora Cázares, antes que nada quiero ofrecerle una disculpa. Su hijo me solicitó asesoría para que usted cediera a él el manejo de ciertos asuntos personales y financieros. Me aseguró que usted ya no estaba en condiciones de decidir.
—¿Y usted le creyó?
—No. Por eso busqué referencias independientes. Su hijo insistió mucho. Me dijo que usted tenía episodios de confusión y que se negaba a recibir ayuda.
—¿Le pidió que yo firmara algo?
El notario respiró del otro lado.
—Me pidió que preparara el camino para que él pudiera intervenir en sus decisiones. No acepté avanzar porque no había evidencia de que usted estuviera incapacitada. Además, cuando lo entrevisté, sus respuestas fueron contradictorias.
—¿Contradictorias cómo?
—Primero me dijo que usted ya no recordaba sus pagos. Después me explicó con exactitud cuánto dinero recibía usted, qué transferencias realizaba y en qué banco las tenía. También sabía qué servicios estaban a su nombre y cuánto costaba el seguro de su miniván.
Sentí que el pecho se me apretaba.
Santiago no quería protegerme. Quería tener acceso a todo lo que yo había construido.
—¿Qué más le dijo? —pregunté.
—Que usted era demasiado generosa y que podía ser engañada por cualquiera.
—¿Mencionó la casa?
El notario dudó.
—Mencionó que el inmueble era demasiado grande para usted y que sería conveniente que alguien de confianza administrara los gastos.
Lucía me tomó la mano.
—¿Le dijo que yo tenía alguna enfermedad?
—No, señora. Sólo habló de supuestos cambios de conducta.
—¿Y qué pasó cuando usted le pidió hablar conmigo?
—Dijo que no era necesario. También me pidió que no la contactara directamente.
La rabia me subió hasta la garganta, pero la contuve.
—Gracias por llamarnos, licenciado.
—Señora Cázares, si usted desea, puedo dejar constancia de que nunca recomendé iniciar ningún procedimiento en su contra y de que, durante nuestra conversación, usted se mostró plenamente capaz de comprender y decidir.
—Lo deseo.
—Entonces puede venir a verme el lunes.
—Ahí estaré.
Colgué.
Lucía no soltó mi mano.
—Elena, todavía falta saber quién está dentro de tu casa.
—Voy a regresar.
—No sola.
Llamó al cerrajero que había cambiado mis cerraduras y le pidió que acudiera. También contactó al administrador de la privada para avisarle que nadie tenía autorización para entrar a mi propiedad.
Cuando llegamos, el carro de Santiago seguía estacionado afuera. Renata estaba sentada en la banqueta con los cinco niños. Ninguno llevaba abrigo. El menor tenía la cara manchada de chocolate.
Santiago estaba junto a la entrada lateral.
Al vernos, se acercó.
—Mamá, ¿qué te pasa? Te estamos esperando desde hace horas.
—¿Quién está dentro de mi casa?
Su rostro cambió.
—Nadie.
—Escuché un cajón en mi despacho.
—Estás imaginando cosas.
Renata se levantó.
—Eso es justo lo que te decía, Santiago. Tu mamá está muy alterada. Ya no debería vivir sola.
Lucía dio un paso adelante.
—No vuelva a hablar de la salud de Elena como si usted tuviera autoridad médica.
Renata la miró con desprecio.
—¿Y usted quién es?
—La doctora Lucía Robles.
—Pues entonces atienda a su amiga, porque claramente no está bien.
—Estoy mejor que ustedes —respondí.
Santiago bajó la voz.
—Mamá, no hagas esto frente a los niños.
—Tú lo hiciste frente a todos en mi jardín.
El cerrajero llegó y revisó las puertas. Las cerraduras no habían sido forzadas. La entrada principal estaba intacta. La lateral también.
Entonces escuchamos el roce otra vez.
Esta vez no hubo duda.
Venía del despacho.
Capítulo completado
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