La bofetada todavía me ardía cuando marqué el número de Mauricio Berenguer.
Capítulo 1
La bofetada todavía me ardía cuando marqué el número de Mauricio Berenguer.
No lloré. **No le di a Renata el gusto de verme rota.** Tampoco le pregunté a Santiago por qué se había quedado inmóvil mientras su esposa me golpeaba. Simplemente entré a mi casa, cerré la puerta con llave y me senté frente al teléfono, con una bolsa de hielo sobre la mejilla.
—Mauricio —dije apenas contestó—, necesito que investigues una transferencia de seiscientos veinte mil dólares, una venta inmobiliaria y todos los movimientos financieros de mi hijo y su esposa.
Hubo un silencio al otro lado.
—¿Está usted en peligro, Beatriz?
Miré por la ventana. Santiago seguía en el porche. Renata caminaba de un lado a otro, hablando por su celular, como si la casa fuera suya. Mi hijo tenía la cabeza agachada.
—Todavía no lo sé —respondí—. Pero quiero saber exactamente con quién estoy tratando.
Mauricio era mi abogado desde que murió mi esposo, Esteban. Había llevado la sucesión,
vendido algunas propiedades y protegido mis ahorros durante años. No se impresionaba fácilmente, pero esa noche escuchó sin interrumpirme mientras le contaba todo.
La casa de la calle Maple. Los **cuarenta mil dólares de mis ahorros para el retiro** que les había prestado para el enganche. La venta por seiscientos veinte mil. Las deudas en tarjetas. La boutique de trescientos mil dólares. Las joyas, los viajes, el carro de lujo comprado para la madre de Renata.
Y, por supuesto, la bofetada.
—Voy a preparar una demanda civil y una solicitud de medidas cautelares —dijo Mauricio—. También revisaré si hubo fraude, abuso financiero o falsificación.
—No quiero que mi hijo termine en la cárcel.
—Usted no decide eso. Lo decide la evidencia.
—Entonces consiga la evidencia.
Antes de colgar, Mauricio hizo una pregunta:
—¿Santiago le dijo algo más?
Recordé la expresión de mi hijo cuando Renata levantó la mano. No había
sido sorpresa. Había sido miedo.
—No —dije—. Pero creo que sabe mucho más de lo que está diciendo.
A las once de la noche, mientras revisaba documentos viejos en el estudio, escuché tres golpes suaves en la puerta trasera.
No abrí.
—Mamá —susurró Santiago—. Soy yo.
—Vete.
—Necesito hablar contigo.
—Pudiste hablar conmigo antes de que ella me golpeara.
—Lo sé.
—Y también pudiste detenerla.
Al otro lado hubo un silencio largo.
—No me dejes entrar por favor. Si Renata se entera de que vine a hablar contigo, va a destruirme.
Solté una risa amarga.
—Ya te destruyó.
—No sabes todo.
—Entonces empieza a hablar.
—No aquí. No con las cámaras encendidas.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué cámaras?
Santiago respiró con dificultad.
—Las que instaló en la casa. En todas partes.
La sangre se me heló.
—¿En mi casa?
—No. En la casa de Maple. Pero creo que también puso una
en la camioneta.
Abrí la puerta apenas unos centímetros. Santiago entró rápidamente. Llevaba la camisa arrugada y una pequeña memoria USB apretada en la mano.
—¿Qué es eso?
—Copias de los estados de cuenta y algunos videos.
Lo conduje al comedor. Él no se sentó. Permaneció de pie, mirando los muebles que yo había heredado de mis padres.
—Renata no gastó todo el dinero en la boutique —dijo.
—Eso ya lo imaginé.
—La boutique no existe.
Sentí un frío distinto al de octubre.
—¿Cómo que no existe?
—El local sí existe. Tiene el nombre de su hermana, pero no hay mercancía suficiente ni ventas. Los trescientos mil dólares salieron de la cuenta de la venta y terminaron divididos en varias transferencias.
—¿A quién?
Santiago bajó los ojos.
—A empresas que no conozco.
—¿Y tú firmaste?
—Firmé la venta de la casa.
—No te pregunté eso.
—No sabía que iban a mover el dinero así.
—Eres su esposo, Santiago. ¿Quieres que crea que una mujer puede desaparecer seiscientos veinte mil dólares sin que tú veas nada?
Sus manos comenzaron a temblar.
—Me amenazó.
—¿Con qué?
Santiago apretó los labios.
—Con arruinarme.
—Eso ya lo hizo.
—No, mamá. Me amenazó con decir que yo había robado dinero de la empresa.
Ésa fue la primera vez que vi algo parecido a la verdad en sus ojos.
Santiago trabajaba como contador para una firma de inversiones en Monterrey. Siempre había presumido que manejaba portafolios millonarios y que sus clientes confiaban en él. Yo estaba orgullosa. Había pensado que se parecía a su padre: trabajador, discreto, responsable.
—¿Robaste dinero?
—No.
—Entonces ¿por qué te preocupa lo que diga?
—Porque falsificó documentos. Tiene correos, contratos y conversaciones editadas. Si los presenta, parecerá que fui yo.
—¿Y por qué no acudiste a la policía?
Santiago sacó su celular y me mostró una fotografía.
Era una imagen de mi casa. En la pantalla aparecía una cámara diminuta escondida detrás de una maceta.
—Renata le dijo a un investigador privado que te vigilara —explicó—. Cree que escondes dinero de tu esposo.
Me quedé viendo la fotografía.
—¿Por qué pensaría eso?
—Porque Esteban tenía una cuenta que nadie conocía.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Qué cuenta?
Santiago levantó la vista.
—Una cuenta en Suiza. Renata encontró una referencia en los papeles de la sucesión. Cree que hay millones.
Durante un segundo no pude respirar.
Mi esposo había muerto hacía siete años. Esteban era ingeniero y, aunque siempre fue cuidadoso con el dinero, jamás me ocultó una cuenta extranjera. O eso creía.
—¿Tú sabías de esa cuenta?
—No hasta hace seis meses.
—¿Y Renata sí?
—Ella encontró un documento en el despacho de Maple. Después empezó a presionarme para que te preguntara.
—¿Por eso vendieron la casa?
Santiago asintió.
—Quería dinero rápido. Decía que tú ibas a morir pronto y que nosotros teníamos derecho a todo.
Sentí que el dolor de la mejilla era insignificante comparado con el que me subía por el pecho.
—¿Y tú qué hiciste?
Santiago se cubrió el rostro.
—Nada.
La palabra cayó con una brutalidad absoluta.
Capítulo completado
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