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Yo pedí llevarme las sobras para mi abuela que llevaba tres noches cenando pan con aceite. Él brindaba con doce invitados mientras yo sostenía una fuente que valía más que nuestra compra del mes. Me miró y soltó: ‘Antes al cubo que en una bolsa de tu abuela’. No lloré, tomé el lápiz y dibujé su silla vacía, y entonces entendí por qué mi apellido ya estaba en casa.
Capítulo 2 / 2

Capítulo 2

Esta vez tengo la carta

1869 palabras

A la mañana siguiente regresó al ático con las llaves en un sobre.

Mercedes la esperaba en la entrada, vestida para salir.

—No hace falta montar otro espectáculo.

Clara dejó el sobre sobre la consola.

—Necesito que me deis por escrito lo que habéis decidido y que me paguéis lo pendiente.

Mercedes frunció los labios.

—Después de todo lo que hacemos por vosotros…

—Me pagáis por limpiar. Y limpio.

Amparo apareció al fondo del pasillo. Había escuchado suficiente.

—Rodrigo no sabe nada de ese mensaje.

Mercedes se volvió hacia ella.

—Tú sigue con lo tuyo.

Pero Amparo ya había llamado a la puerta del despacho.

Rodrigo salió con el teléfono en la mano. Leyó el mensaje y pidió a su hermana que esperara en el salón.

—Puedes quedarte —dijo a Clara—. Mercedes se ha precipitado.

Clara mantuvo las manos junto al cuerpo.

—Se rio conmigo delante. Usted también. Ella pensó que podía hacerlo.

Rodrigo abrió la boca y volvió a cerrarla.

Finalmente pidió

que se revisaran sus horas pendientes y confirmó que conservaría su puesto. Clara aceptó continuar mientras buscaba otro trabajo. Necesitaba aquel sueldo; fingir lo contrario habría sido un lujo que no podía permitirse.

Pidió, además, que cualquier cambio de turno se hablara directamente con ella.

Por primera vez en aquella casa, alguien anotó lo que necesitaba.

Esa tarde llamó a Isabel desde un banco, antes de bajar al metro.

—No sé si todavía sé pintar.

—Eso tendrás que comprobarlo trabajando.

La respuesta la tranquilizó más que cualquier elogio.

Isabel le explicó la convocatoria: 12 obras, una breve descripción del proceso y una prueba presencial para quienes superaran la primera selección. Había 3 becas con matrícula, materiales y una ayuda mensual.

Quedaban 21 días.

Clara organizó las tardes alrededor de las sesiones de rehabilitación de Pilar y sus turnos de limpieza. Pintaba en una tabla colocada sobre la mesa de la

cocina. Cuando llegaba la hora de cenar, recogía los papeles y limpiaba las manchas antes de poner los platos.

Los primeros retratos salieron rígidos.

Dibujó a su abuela tan pendiente de acertar las proporciones que olvidó aquella manera suya de escuchar, con la cabeza inclinada y las manos quietas.

Rompió la hoja.

Pilar recogió los pedazos.

—Esta nariz era bastante mía.

Clara se echó a reír, agotada.

La siguiente noche dejó de intentar demostrar nada.

Dibujó a Pilar contando monedas junto a una receta; a Amparo sentada en la parada del autobús, con los zapatos de trabajo dentro de una bolsa; a un vendedor del mercado cerrando el puesto mientras hablaba por teléfono con su hija.

No todos quedaron bien. Algunos los repitió 5 veces.

Guardó también los fallidos.

Un domingo encontró, al fondo de la caja, el retrato de su madre junto a la ventana. Teresa llevaba un pañuelo

y sostenía una naranja que no había tenido fuerzas para pelar.

Clara recordó haber dibujado deprisa para enseñárselo antes de que se durmiera.

Su madre había observado la hoja durante un rato.

Después le había pedido que firmara más grande.

Clara se sentó en el suelo con el retrato sobre las rodillas. Hasta entonces había recordado aquel concurso como su último fracaso. Ahora volvía a recordar la tarde en que su madre se había sentido hermosa.

Presentó la carpeta el último día.

No incluyó el dibujo de Rodrigo.

Cuando recibió la convocatoria para la prueba presencial, comprobó el correo 4 veces antes de llamar a su abuela.

Amparo cambió el turno con ella.

—Luego me debes un café —dijo, antes de que Clara empezara a darle las gracias.

En la sala de examen había jóvenes con carpetas impecables y estuches que Clara solo había visto en escaparates. Dejó su caja remendada debajo de la silla.

Su número era el 27.

El ejercicio consistía en retratar a uno de los modelos de la sala. Le correspondió un hombre mayor, Julián, que llevaba una americana demasiado gruesa para aquel día.

Al sentarse, dejó libre la silla contigua y colocó cuidadosamente un bolso de tela en el suelo.

Clara empezó por las manos.

Julián se rozaba de vez en cuando la marca del anillo. Sonreía cuando alguien le hablaba, pero después giraba ligeramente la cabeza hacia el asiento vacío.

Ella conocía aquel movimiento.

Lo había visto en su abuela cuando todavía preparaba 3 tazas por las mañanas.

Al terminar, Julián pidió mirar el dibujo.

Estuvo un momento sin hablar.

—Mi mujer venía conmigo a todas partes —dijo finalmente—. Todavía dejo sitio.

Clara no supo qué contestar.

Él señaló las manos dibujadas.

—Las has puesto como cuando esperaba que ella terminara de arreglarse.

Los trabajos se retiraron identificados únicamente con un número. Clara pasó la espera repasando mentalmente cada error.

Anunciaron las becas al final de la tarde.

La primera correspondió al 14. La siguiente, al 32.

Cuando pronunciaron el 27, Clara siguió mirando el suelo.

La chica de al lado le tocó el codo.

Recogió el sobre con una pregunta que no pudo contener:

—¿Sabíais quién era?

La coordinadora negó.

Habían abierto sus datos después de cerrar las puntuaciones.

Clara salió al patio para llamar a Pilar.

—Esta vez tengo la carta.

Al otro lado oyó el ruido de una silla arrastrándose.

Su abuela necesitó sentarse antes de responder.

La beca no convirtió su vida en una vida fácil.

Siguió fregando baños, perdió autobuses y llegó a clase con las manos ásperas. Algunas noches Pilar la encontraba dormida sobre los apuntes y le quitaba el lápiz para que no se lo clavara en la mejilla.

Pero pudo reducir sus horas y empezar a ahorrar.

En el taller aprendió a preparar lienzos, a aceptar correcciones y a distinguir una mirada atenta de una historia inventada. Su profesora le hacía preguntas incómodas.

—¿Eso estaba en el modelo o querías que estuviera?

Clara regresaba al dibujo y comprobaba.

Con el tiempo dejó de tener miedo a no acertar a la primera.

También cambió algo en el ático.

Rodrigo empezó a saludar al personal por su nombre. Mercedes dejó de organizar los turnos. Amparo consiguió que se revisaran las horas adicionales que durante años habían quedado escondidas detrás de la palabra «favor».

Clara observaba aquellos cambios sin apresurarse a perdonar.

El retrato de la cena seguía siendo suyo. Rodrigo había intentado comprarlo; ella prefirió conservarlo y lo llevó a casa dentro de una carpeta que Amparo le prestó.

Meses después, lo eligió para la exposición de los becarios.

Antes habló con él.

—Quiero mostrarlo. Sin su nombre y sin contar lo de aquella noche.

Rodrigo miró una fotografía del dibujo en su móvil.

—La silla era de Inés.

Clara esperó.

Su esposa había fallecido 6 años antes. Durante las cenas, él evitaba que nadie ocupara aquel lugar.

—Mi hermana dice que debería quitarla.

Se quedó mirando hacia el ventanal.

—Inés habría sido la primera en levantarse para prepararte un táper.

Aquello no sonó a disculpa. Sonó a una vergüenza que acababa de encontrar palabras.

Clara guardó el teléfono.

—No necesitaba saber dibujar para que me dejara llevar comida.

Rodrigo bajó la cabeza.

—Lo sé.

—Aquella noche no lo sabía.

Él aceptó que expusiera el retrato. No pidió modificarlo.

La inauguración tuvo lugar en una sala pequeña de Lavapiés. Pilar llegó con una chaqueta que había arreglado ella misma y los pendientes de Teresa.

Antes de entrar se detuvo para alisarle el cuello a su nieta.

Clara hizo lo mismo con ella.

En la pared, junto al retrato, una cartela decía: «La silla que nadie ocupa. Clara Sanz. Grafito sobre papel».

Nadie necesitaba conocer la cena para quedarse mirándolo.

Una mujer comentó que su padre se sentaba así desde que vivía solo. Un muchacho regresó para observarlo después de recorrer toda la sala.

Clara escuchaba a cierta distancia.

Rodrigo llegó sin acompañantes. Esperó a que Pilar terminara de hablar con una profesora y se presentó.

—Le debo una disculpa a su nieta.

La abuela lo miró sin sonreír.

—Entonces désela a ella.

Él se volvió hacia Clara.

—Te humillé delante de mis invitados. Y cuando mi hermana quiso despedirte, pretendí arreglarlo como si el problema hubiera empezado con su mensaje. Lo siento.

Clara respiró despacio.

—Gracias por decirlo así.

No le dio un abrazo. Tampoco apartó la mirada.

Un fotógrafo de la organización se acercó para pedir una imagen junto al cuadro. Rodrigo se retiró y dejó que Pilar ocupara el lugar junto a su nieta.

Aquella noche Clara vendió 2 trabajos pequeños.

Con el primer ingreso pagó una factura atrasada y compró una lámpara para su mesa. Pilar insistió en que eligiera la buena.

—Los ojos también trabajan.

Antes de terminar el curso, Clara encontró horas de limpieza en una oficina cerca del taller y dejó el ático. Se despidió de Amparo con el café pendiente y un retrato de sus manos descansando.

Rodrigo recibió su renuncia sin ofrecerle una cantidad imposible para retenerla.

Le deseó suerte.

Más tarde puso en marcha, con una asociación del barrio, un sistema para aprovechar los excedentes de las cocinas de sus hoteles. Cuando su equipo propuso contar la historia de Clara, ella rechazó participar.

El programa continuó sin su fotografía.

Eso le importó más que cualquier ramo de flores.

Durante los siguientes 2 años combinó encargos, estudios y trabajos por horas. Hubo meses buenos y otros en los que ningún cuadro encontró comprador. Aprendió a presupuestar, a pedir anticipos y a no disculparse al decir lo que costaba su trabajo.

Finalmente pudo mudarse con Pilar a un piso con una habitación pequeña donde cabía un caballete.

El primer día dejó la puerta abierta para escucharla mientras cocinaba.

No quería un estudio silencioso. Quería saber que su abuela estaba al otro lado.

Cuando una exposición colectiva atrajo la atención de un periódico local, el periodista llegó con la historia de la cena anotada.

—¿Fue Rodrigo quien descubrió tu talento?

Clara miró a Pilar, que esperaba junto a la entrada.

—Mi madre guardaba mis dibujos cuando todavía no sabían parecerse a nada. Mi abuela guardó los pinceles cuando yo ya no quería verlos. Isabel reconoció mi trabajo. Amparo me cambió un turno para que pudiera presentarme.

El periodista bajó el bolígrafo.

Clara añadió:

—Rodrigo me puso un cronómetro.

En primavera empezó a colaborar con un taller del barrio. Reservaba una tarde semanal para adolescentes que no podían pagar materiales. Allí conoció a una chica que dibujaba sobre las bolsas de papel de la frutería familiar.

Cuando la aceptaron en un curso con ayuda económica, Clara pidió que confirmaran la recepción del aviso.

Después fue a llevarle una copia.

Aquella noche regresó a casa y encontró a Pilar dormida frente al televisor. Sobre la mesa había un plato cubierto y una nota: «Calienta la cena. Hoy has comido poco».

Clara sacó el cuaderno.

Dibujó las zapatillas torcidas, las gafas resbalando y la mano abierta sobre el sillón. En la esquina escribió su nombre completo.

Pilar despertó cuando ella cerraba el lápiz.

—¿Otra vez me has sacado dormida?

Clara le enseñó la hoja.

Su abuela la observó en silencio. Después señaló el espacio vacío junto a la firma.

—Pon la fecha. Tu madre habría querido saber cuándo pasó todo esto.

Clara la escribió.

Luego dejó el cuaderno abierto sobre la mesa, junto al plato caliente, y se sentó a cenar.

Capítulo completado

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