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COMPRÉ UNA MANSIÓN PARA MI HIJO, PERO MI NUERA YA LA PRESENTABA COMO SUYA FRENTE A TODOS
Capítulo 2 / 4

Capítulo 2

ENTRÉ A MI CASA Y ESCUCHÉ A MI NUERA PRESENTARLA COMO SUYA

1305 palabras

Estela soltó el aire lentamente.

—¿Todavía pensabas dársela?

—Pensaba dársela a mi hijo.

—No es lo mismo.

—Ya lo sé.

A las cuatro de la tarde me arreglé sin prisa. Elegí un traje azul marino, zapatos bajos y una blusa blanca. No quería que nadie pudiera decir que había llegado alterada, despeinada o buscando llamar la atención. Quería entrar como dueña, pero también como madre.

En el camino a Lomas, Mauricio me llamó dos veces. No contesté.

A las cinco y media estacioné el carro a una cuadra de la casa. Desde ahí vi el portón abierto y varias luces encendidas. Había dos camionetas y un carro deportivo estacionados junto a la banqueta.

Me quedé dentro del carro durante varios minutos.

Pensé en mi esposo. En el día en que compramos nuestra primera casa. No era grande ni bonita. Tenía humedad en las paredes y una cocina diminuta, pero Esteban me dijo que algún día

yo tendría una casa con ventanas enormes, porque siempre me había gustado que entrara mucha luz.

No alcanzó a verla.

Pensé en Mauricio de niño, corriendo por el pasillo con una capa hecha de toalla. Pensé en su primer día de escuela, cuando me pidió que no lo soltara de la mano. Pensé en las veces que me había dicho “mamá, tú eres la única persona en quien confío”.

Y por primera vez me pregunté si alguna vez había sido verdad.

A las seis con diez bajé del carro.

Caminé hasta la entrada lateral y usé la llave. La puerta abrió sin ruido. Dentro olía a madera nueva y a pintura fresca. Desde el comedor llegaban voces, risas y el tintineo de las copas.

Avancé hasta el arco de cantera.

A las seis con diecisiete, escuché a Renata presentar mi casa como suya.

—Pasen, no sean tímidos —decía, caminando frente

a sus invitados—. Esta casa será perfecta para recibirlos cuando por fin nos mudemos.

Me quedé inmóvil.

Renata llevaba un vestido color vino y una copa en la mano. Señalaba los ventanales como si hubiera escogido cada uno. Mauricio estaba junto a ella con una sonrisa tensa, sosteniendo otra copa.

No la corrigió.

Una pareja admiraba la escalera de mármol. Otra se asomaba al jardín. La sexta persona, una mujer de cabello corto, miraba el comedor con atención.

—¿Y cuánto les costó? —preguntó uno de los hombres.

Renata levantó la barbilla.

—Fue una inversión familiar. Mauricio se encargó de todo.

Sentí que las llaves se me enterraban en la palma.

Mauricio sí se había encargado de algo: de dejar que todos creyeran que él había comprado la casa.

Renata abrió una puerta de cristal.

—Aquí vamos a organizar la primera cena de fin de año. Mi suegra siempre quiso algo

así, pero ahora todo está bajo nuestro control.

La mujer de cabello corto giró hacia el pasillo y me vio. Su expresión cambió. Después el hombre a su lado siguió su mirada. Renata continuó hablando.

—Y claro, la señora Beatriz podrá venir algunos domingos, si no le incomoda compartir espacio con nosotros.

Mauricio levantó la mirada.

Se puso pálido.

Yo avancé despacio hasta quedar bajo la lámpara del comedor.

—Qué interesante —dije—. Yo también quería conocer a quienes vivirían aquí.

El silencio cayó de golpe.

Renata giró hacia mí y recuperó la sonrisa.

—Beatriz, qué sorpresa. Mauricio no me avisó que vendría.

—A mí tampoco me avisó que la casa ya tenía dueña.

Nadie se movió.

La palabra dueña quedó suspendida en el aire.

Mauricio dejó la copa sobre la mesa.

—Mamá, podemos hablar en privado.

—¿Por qué? —pregunté—. Todo lo demás lo has hablado frente a tus invitados.

—No es lo que parece.

—Entonces explícales qué parece.

Renata dio un paso hacia mí.

—Señora, creo que hay un malentendido. Mauricio y yo hemos invertido tiempo, muebles y contactos para convertir este lugar en nuestro hogar.

—¿Qué muebles?

Miré alrededor. La casa estaba casi vacía. Solo había una mesa, algunas sillas y dos sillones que yo había llevado para que los clientes pudieran imaginar el espacio.

Renata se quedó callada.

—¿Qué contactos? —insistí.

—No tiene caso que se ponga así.

—No estoy así. Le estoy haciendo una pregunta.

Mauricio se pasó la mano por la nuca.

—Mamá, antes de que hagas algo, Renata y yo tenemos que contarte que esta casa…

Las seis personas se quedaron mirando a mi hijo. Las llaves dejaron de moverse en mi mano.

—Termina —dije.

Mauricio miró a Renata.

Ella le sostuvo la mirada durante unos segundos y después sonrió de una manera que no le había visto nunca.

—Diles —murmuró.

—¿Decirles qué? —pregunté.

Mauricio tragó saliva.

—Que nosotros ya habíamos acordado vivir aquí.

—¿Con quién?

—Contigo.

—Yo nunca acordé eso.

—Me dijiste que estabas buscando una propiedad.

—Para mí.

—Pero sabías que algún día sería para mí.

—Algún día no significa hoy.

Renata cruzó los brazos.

—Usted dijo que quería ayudarlo después del divorcio.

El comedor pareció encogerse.

—¿Quién te dijo que yo sabía que se iban a divorciar?

—Mauricio.

Volteé a verlo.

—¿Les contaste que ibas a divorciarte?

Él cerró los ojos un instante.

—Mamá…

—Contéstame.

—Sí.

Renata soltó una risa breve, sin humor.

—A mí me dijo que ya había iniciado todo.

Miré a Mauricio.

—¿Iniciado qué?

—No era el momento para hablar de eso.

—¿Estás divorciándote?

Nadie respiraba.

—Estamos separados —respondió.

—Viven en la misma casa.

—Eso no significa que sigamos juntos.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace meses.

Renata intervino:

—Desde antes de que él empezara a buscar esta casa.

—Yo busqué esta casa —dije.

—Pero él me dijo que la había conseguido para nosotros.

Mauricio se volvió hacia ella.

—Renata, bájale.

—¿Que le baje? —La sonrisa se le quebró—. Me dijiste que tu mamá estaba de acuerdo. Me dijiste que la propiedad iba a quedar para nosotros y que esta noche era para anunciarlo.

—No dije eso.

—Lo dijiste.

—Dije que mi mamá quería ayudarme.

—No. Dijiste que ya estaba resuelto.

Los invitados comenzaron a intercambiar miradas. La mujer de cabello corto apartó su copa.

—Mauricio —dijo—, creo que deberíamos irnos.

—No —respondió Renata—. Nadie se va todavía.

—Renata…

—Nadie se va porque esto también les incumbe.

Mauricio se acercó a ella.

—No hagas esto.

—¿Yo? ¿Ahora resulta que yo estoy haciendo algo?

La discusión había dejado de ser una reunión social. Era una herida abierta, y todos estaban mirando dentro.

—Quiero entender —dije—. ¿Para qué me trajeron esta noche?

Mauricio se quedó quieto.

Renata contestó por él.

—Para que usted confirmara que la casa era de ellos.

—¿Perdón?

—Mauricio dijo que, si sus amigos escuchaban de su boca que nos la iba a dar, nadie podría presionarlo después.

Sentí que algo se rompía dentro de mí, pero no fue sorpresa. Fue la última pieza de una verdad que llevaba meses negándome.

—¿Presionarlo para qué?

Renata miró a Mauricio.

—Dilo tú.

Él no respondió.

—Dilo —repitió ella—. Diles por qué necesitabas que esta casa pareciera de los dos.

Mauricio apretó la mandíbula.

—No es asunto de ellos.

—Sí es asunto de ellos, porque les pediste dinero.

Los seis invitados se quedaron inmóviles.

Yo sentí que se me enfriaban las manos.

—¿Qué dinero?

—Mamá, no escuches a Renata.

—¿Qué dinero, Mauricio?

Uno de los hombres, el de la camisa gris, dio un paso al frente.

—Mauricio nos pidió participar en un proyecto.

—Cállate —dijo mi hijo.

—Nos dijo que la casa era parte de una inversión inmobiliaria.

—No era eso.

—Nos citó aquí para enseñarnos el lugar y convencernos de que él tenía capital suficiente para dirigirla.

La mujer de cabello corto soltó una carcajada amarga.

—A mí me pidió una cantidad para entrar como socia.

—No les pedí nada —dijo Mauricio.

—Me pediste que transfiriera el dinero esta semana —respondió ella—. Dijiste que tu mamá había comprado la propiedad como respaldo.

La palabra transferencia cayó sobre la mesa como un golpe.

Capítulo completado

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