Yo ganaba bastante bien.
Capítulo 2
Yo ganaba bastante bien.
Desde que había conseguido un ascenso seis meses antes, Teresa parecía haberse convencido de que mi salario era una especie de fondo familiar disponible para cualquier necesidad.
Primero fueron pequeños comentarios.
«Laura puede pagarlo, ahora gana muy bien».
Luego sugerencias.
Que pagáramos las vacaciones familiares.
Que ayudáramos a su sobrino a comprar un ordenador.
Que celebráramos el aniversario de sus padres en un restaurante caro porque «para vosotros no supone tanto».
Siempre había dejado pasar esas frases para evitar discusiones.
Y evidentemente Teresa había interpretado mi silencio como permiso.
—Llama a todos —dije— y cancela.
—No voy a hacer semejante cosa.
—Entonces tendrás un problema mañana.
Teresa tomó su bolso.
—Daniel, habla con tu mujer.
Después salió de nuestra casa dando un portazo.
Esperé a que la puerta se cerrara antes de mirar a mi marido.
—No pienso pagar esa cena.
Daniel se frotó la frente.
—Lo sé, pero ahora
ya están invitados.
—Ese no es mi problema.
—Laura, es mi madre.
—Y este es mi cumpleaños.
—Podríamos hacerlo solo esta vez.
Lo miré fijamente.
—¿Con qué dinero?
Daniel no respondió.
—¿Con el tuyo?
Silencio.
—Perfecto —continué—. Si quieres invitar a trece personas adicionales, tú pagas su parte.
—Sabes que este mes voy justo.
Exactamente.
Daniel había gastado casi todos sus ahorros en cambiar de coche dos meses antes.
Así que «hacerlo solo esta vez» significaba, en realidad, que yo sacara mi tarjeta.
—Entonces no vienen.
La discusión terminó ahí.
O al menos eso creí.
Al día siguiente llegué al restaurante a las siete y media.
Llevaba un vestido azul oscuro que había comprado especialmente para la ocasión. Mis padres ya estaban allí, al igual que mi hermana.
Durante unos minutos me olvidé del problema.
Hasta que la encargada se acercó.
—Señora, hay un grupo preguntando por su reserva.
Miré
hacia la entrada.
Sentí que se me helaba el estómago.
Allí estaba Teresa.
Y detrás de ella había una multitud.
Carmen y su marido.
Ricardo.
Sofía.
Los hijos.
Las parejas.
Dos adolescentes.
Incluso había una mujer a la que yo no había visto nunca.
Diecisiete personas.
No trece.
Diecisiete.
Teresa entró sonriendo.
—¡Sorpresa!
Nadie entendió por qué yo no sonreía.
Daniel, que acababa de llegar detrás de ellos, evitó mirarme.
Entonces comprendí que él lo sabía.
—¿Tú sabías que iban a venir? —le pregunté.
—Mamá me llamó esta mañana.
—¿Y no me dijiste nada?
—Pensé que cuando estuvieran aquí no querrías montar una escena.
Aquella frase cambió completamente la noche.
Porque entendí el plan.
No esperaban convencerme.
Esperaban ponerme frente a un hecho consumado.
Confiaban en que me daría vergüenza echarlos.
Confiaban en que sonreiría, pagaría y guardaría silencio para no parecer una mala persona.
Teresa se acercó.
—¿Ves? Al
final hemos venido todos. Ahora solo tienen que juntar unas mesas.
La encargada me miró incómoda.
—Podemos preparar una mesa adicional en el salón del fondo, aunque los grupos grandes tienen un menú diferente.
—¿Cuánto cuesta? —pregunté.
—Setenta y ocho euros por persona, bebidas aparte.
Teresa sonrió.
—Perfecto.
Yo también sonreí.
—Perfecto.
Daniel pareció relajarse.
Mi suegra me dio un pequeño abrazo.
—Sabía que entrarías en razón.
No respondí.
La cena comenzó.
Teresa pidió vino.
Después otra botella.
Carmen pidió un plato adicional porque no le gustó el primero.
Los adolescentes pidieron refrescos, postres especiales y cafés.
Algunas personas ni siquiera me felicitaron.
Hablaban entre ellas, reían y pedían comida como si estuvieran en un banquete organizado para ellos.
Yo observaba en silencio.
Mi madre se inclinó hacia mí.
—Laura, ¿estás bien?
—Perfectamente.
Mi hermana me conocía mejor.
—¿Qué vas a hacer?
La miré.
—Celebrar mi cumpleaños.
Cerca de las once llegó la cuenta.
La encargada se acercó con una carpeta negra.
Teresa señaló hacia mí inmediatamente.
—La cumpleañera paga.
Varias personas rieron.
Yo abrí la carpeta.
Mil setecientos cuarenta y seis euros.
Levanté la mirada.
—Disculpe —dije a la encargada—. Necesitamos separar la cuenta.
La sonrisa de Teresa desapareció.
—¿Cómo?
Señalé nuestra mesa original.
—Yo pago por las ocho personas de mi reserva.
Después señalé las mesas añadidas.
—El resto corresponde a la señora Teresa. Ella los invitó.
El comedor quedó en silencio.
—Laura —susurró Daniel.
Saqué mi tarjeta.
—Cobradme únicamente las ocho cenas originales y nuestras bebidas.
La encargada asintió.
Teresa se puso roja.
—¡Pero yo no tengo dinero para pagar todo eso!
—Entonces no deberías haber invitado a diecisiete personas.
Capítulo completado
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