La vieja pluma seguía sobre la mesa donde la había dejado.
Capítulo 4
La vieja pluma seguía sobre la mesa donde la había dejado.
Me acerqué y la recogí.
No quería que un camarero la tirara creyendo que alguien la había olvidado.
Javier apareció detrás de mí.
—Pensaba que era para mí.
—También pensabas otras cosas.
Guardé la pluma.
Su teléfono comenzó a vibrar.
Miró la pantalla.
La expresión se le borró.
Respondió enseguida.
—Sí.
Escuchó.
—No, no he recibido ningún correo.
Pausa.
—¿Qué revisión?
Otra pausa más larga.
Se apartó varios metros.
Yo ya sabía quién llamaba.
Santiago.
O alguien de su equipo.
A los pocos minutos, Javier volvió.
—Meridional ha suspendido la reunión de firma del lunes.
Carmen se quedó inmóvil.
—¿Cómo que suspendido?
—Dicen que necesitan revisar determinadas condiciones.
Sus ojos se clavaron en mí.
—¿Has hecho tú algo?
—Todavía no.
La palabra «todavía» fue suficiente.
—¿Qué relación tienes con la operación?
—Una bastante directa.
—¿Cuál?
Antes de que pudiera responder, mi teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era Elena.
Contesté.
—Dime.
Su voz sonó seria.
—He revisado la documentación nueva de Valdés Proyectos. Necesitas verla antes de votar. Hay disposiciones aprobadas recientemente que afectan al uso de la financiación.
Miré a Javier.
—¿Qué clase de disposiciones?
—Retribución extraordinaria para dirección, garantías cruzadas y una operación con una sociedad vinculada. No necesariamente irregular, pero no estaba en el dossier inicial.
—Envíamelo.
—Ya lo tienes en la carpeta segura.
—Gracias.
Colgué.
Javier estaba a menos de dos metros.
Había oído lo suficiente.
—¿Qué dossier?
No respondí.
—Lucía, te estoy preguntando qué dossier.
—El de tu financiación.
—¿Por qué tienes el dossier de mi financiación?
Algunas personas empezaron a prestar atención.
Ricardo se acercó desde el otro lado del salón.
—¿Ocurre algo?
Javier no apartó los ojos de mí.
—Eso intento averiguar.
En ese momento apareció Santiago Leiva acompañado de una mujer a la que reconocí como directora de banca corporativa.
Santiago se
detuvo cerca del grupo.
—Señora Aranda, disculpe. Antes de marcharme quería confirmar si ha recibido la nueva documentación.
—Acaba de llegarme.
—Entonces comprenderá la pausa.
—La comprendo.
Javier miró de Santiago a mí.
—Santiago, ¿puedes explicarme qué está pasando?
El presidente del banco guardó silencio un instante.
No parecía disfrutar de la situación.
Eso la hizo todavía más contundente.
—Creo que es una conversación que corresponde a la señora Aranda.
Carmen palideció.
Ricardo no dijo nada.
Claudia se había acercado también.
Javier extendió las manos.
—Estamos hablando de Valdés Proyectos. Yo soy el consejero delegado.
—Lo sabemos —respondió Santiago.
—Entonces ¿por qué depende de ella?
Santiago miró hacia mí, esperando permiso.
Asentí.
—Porque Banco Meridional no asume solo la operación —dijo—. La financiación está sindicada con otros participantes y condicionada a una coinversión relevante.
Javier tragó saliva.
—¿Qué coinversión?
Esta vez respondí yo.
—Aranda Capital.
No lo reconoció inmediatamente.
Después
sí.
La antigua sociedad de mi abuelo.
La que él había llamado durante años «las cosas de tu familia».
Vi cómo las piezas empezaban a moverse detrás de sus ojos.
Pero aún le faltaba la más importante.
—No puede ser —dijo.
—Sí puede.
—Pensaba que aquello...
Se detuvo.
—¿Que aquello qué?
No respondió.
No hacía falta.
Pequeño.
Irrelevante.
Un patrimonio doméstico gestionado por una mujer que, según él, había renunciado a su carrera.
Santiago intervino con tono sereno.
—Aranda Capital es actualmente uno de los principales inversores privados de nuestra estructura. Sin su participación, las condiciones cambian de manera sustancial.
Javier me miró.
—¿Qué cargo tienes allí?
Abrí el bolso y saqué el teléfono.
No para enseñarle nada.
Solo para guardarlo.
—Presido el consejo.
Nadie exclamó.
Fue mucho peor.
El silencio cayó de golpe.
Detrás de nosotros, alguien dejó una copa sobre una mesa.
El sonido pareció enorme.
CAPÍTULO 4 — LA PERSONA QUE NO HABÍA MIRADO
Javier tardó unos segundos en reaccionar.
—¿Presides qué?
—Aranda Capital.
—Eso no tiene sentido.
—Lo tiene. Simplemente nunca preguntaste.
—Claro que pregunté.
—Me preguntabas si «mis cosas» iban bien. Yo te decía que sí.
Ricardo se quitó las gafas y las sostuvo entre los dedos.
Carmen me observaba como si acabara de descubrir que una pared de su casa escondía una puerta.
Claudia permanecía inmóvil.
Javier miró a Santiago.
—¿Ella decide sobre la financiación?
—No de forma unilateral —respondió él—, pero su voto es determinante para la participación de Aranda Capital. Y su participación es una de las bases sobre las que se diseñó la operación.
—¿Desde cuándo?
Santiago pareció desconcertado por la pregunta.
—Desde el inicio de las conversaciones.
Javier volvió hacia mí.
—Llevamos seis meses negociando esto.
—Lo sé.
—¿Lo sabías?
—Desde antes de que tu equipo recibiera la primera propuesta.
—¿Y no me dijiste nada?
—No.
Su incredulidad se convirtió rápidamente en indignación.
Eso era muy propio de Javier.
Incluso entonces logró encontrar un lugar en el que sentirse víctima.
—¿Cómo has podido ocultarme algo así?
—De la misma manera que tú ocultaste ocho meses a Claudia.
Claudia cerró los ojos un instante.
La comparación fue brutal, pero exacta.
Javier bajó la voz.
—No mezcles nuestro matrimonio con una operación profesional.
—Eso intenté hacer durante años.
—Esto puede afectar a cuarenta y siete trabajadores.
—Precisamente por eso no voy a decidir nada movida por lo que acabas de hacerme.
Su expresión cambió.
Creo que esperaba venganza.
Esperaba que yo dijera que retiraría la inversión para destruirlo.
Quizá porque, en su lugar, él habría utilizado el poder de ese modo.
—Entonces no vas a bloquearla.
—He dicho que no voy a decidir por despecho. No que vaya a aprobarla.
Santiago intervino.
—La nueva documentación debe analizarse con independencia de cualquier circunstancia personal.
—¿Qué documentación? —preguntó Ricardo.
Yo miré a Javier.
—Eso también debería explicarlo él.
Capítulo completado
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