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Mi nuera me sacó del departamento que pagué durante treinta años para instalar a sus padres, antes de que terminara la semana descubrió que la herencia que esperaba ya tenía dueños
Capítulo 2 / 6

Capítulo 2

Parte 2: Mi nuera me sacó del departamento que pagué durante treinta años para instalar a sus padres, antes de que terminara la semana descubrió que la herencia que esperaba ya tenía dueños

966 palabras

PARTE 2 — El verdadero plan detrás del departamento

Sentí un escalofrío.

Caleb tardó en responder.

—Te dije que no quiero venderlo sin que ella sepa.

—No se puede vender sin su firma.

—Entonces, ¿para qué vino el notario?

Me levanté sin hacer ruido y acerqué el oído a la puerta.

—Para explicarle opciones —contestó Mariana—. Si ella firma un poder, nosotros nos encargamos de todo.

—¿Qué poder?

—Uno amplio. Mi papá sabe cómo manejar estas cosas.

—Mariana, eso no fue lo que me dijiste.

—Ay, no empieces. No la vamos a estafar. Vamos a ayudarla.

—¿Ayudarla vendiendo su departamento?

—Comprándole uno más pequeño. ¿Para qué necesita dos recámaras? Está sola.

Apreté las manos.

Ahí estaba el verdadero plan.

No querían cinco días de privacidad.

Querían cansarme, desplazarme y convencerme de firmar un poder que les permitiera vender la propiedad.

Regresé a la cama, pero ya no dormí.

A las siete de la mañana salí a caminar por el malecón.

Mazatlán despertaba

entre vendedores de café, corredores y pescadores que acomodaban hieleras. El mar tenía un color gris azulado y el aire olía a sal y a pan recién horneado.

Durante años había imaginado que mi vejez sería tranquila.

Una taza de café en el balcón.

Mis plantas.

Alguna llamada de Caleb.

Quizá nietos corriendo descalzos por el pasillo.

Nunca imaginé que tendría que defenderme del niño por quien había sacrificado tanto.

Me senté en una banca y recordé la noche en que su padre se fue.

Caleb tenía siete años.

Se quedó parado junto a la ventana con su pijama de dinosaurios y me preguntó:

—¿Papá ya no nos quiere?

Yo lo abracé.

—Tal vez no sabe querer bien.

A partir de ese día juré que mi hijo nunca sentiría abandono.

Trabajé cosiendo uniformes escolares, dobladillos, cortinas y vestidos de quince años. Hubo semanas en que dormí cuatro horas. Vendí mi

anillo de bodas para pagar una operación de apéndice. Dejé de comprarme zapatos durante dos años para cubrir su inscripción en la universidad.

Tal vez ahí estuvo mi error.

Le enseñé que yo siempre resolvería.

Que mi cansancio no importaba.

Que mis cosas podían convertirse en su salvación.

Cuando volví al departamento, Patricio ya esperaba en el estacionamiento con un portafolio negro.

Era un hombre de sesenta y tantos años, bigote canoso y paciencia de santo.

—¿Lista? —preguntó.

—Más que nunca.

Subimos.

Mariana había preparado café como si fuera anfitriona. Don Ricardo estaba sentado en mi sillón con una libreta de planos. Catalina revisaba fotografías del balcón.

Caleb parecía no haber dormido.

—Buenos días —dijo Patricio.

Mariana miró el portafolio.

—¿Usted es el abogado?

—Licenciado Patricio Gálvez.

—Esperábamos un notario.

—¿Esperaban?

Ella titubeó.

—Mi papá conoce a uno. Pensamos que podría ayudar.

Patricio tomó asiento.

—¿Ayudar con qué?

—Con asuntos

patrimoniales.

—Qué curioso. Doña Beatriz no solicitó asesoría a ningún notario.

Don Ricardo cerró su libreta.

—No entiendo por qué se está manejando esto como si fuéramos delincuentes.

Patricio lo miró por encima de sus lentes.

—Yo tampoco. Pero cuando una propietaria me llama porque intentan expulsarla de su inmueble y hablan de venderlo, recomiendo precaución.

Caleb miró a Mariana.

—¿Venderlo?

—Ya te expliqué.

—Dijiste que solo querías mostrarle opciones.

—Es lo mismo.

—No, no es lo mismo.

Patricio abrió el portafolio.

—Antes de continuar, Doña Beatriz me autorizó a revisar el historial registral del departamento.

Sacó varias hojas.

—La propiedad está libre de gravamen y pertenece exclusivamente a ella.

Mariana puso los ojos en blanco.

—Eso ya lo sabemos.

—También encontré algo interesante. Hace tres semanas alguien solicitó una copia certificada de la escritura.

Don Ricardo dejó de sonreír.

—Es información pública.

—No completamente. La solicitud fue hecha por un gestor llamado Héctor Lozano.

Mariana miró a su padre.

—¿Quién es?

Patricio deslizó otra hoja sobre la mesa.

—Trabaja para una empresa inmobiliaria llamada Desarrollos del Pacífico.

Don Ricardo se levantó.

—No sé qué tiene que ver eso con nosotros.

—Usted aparece como asesor externo de esa empresa.

Catalina volteó hacia su esposo.

—Ricardo, ¿qué es esto?

Él se acomodó la camisa.

—Un proyecto ocasional.

—¿Qué proyecto?

—No es importante.

Patricio sacó una carpeta más.

—El departamento de Doña Beatriz sí parece ser importante. La empresa prepara la compra de cuatro unidades en este edificio para convertirlas en rentas vacacionales de lujo.

Sentí la mirada de Mariana sobre mí.

—¿Cuatro unidades? —pregunté.

—La suya es la única del cuarto piso que aún no tiene una promesa de compraventa —explicó Patricio—. Sin ella, el proyecto no puede integrar una terraza común ni ampliar el elevador.

Don Ricardo se puso de pie.

—Esto es información confidencial.

—Entonces confirma que es verdad.

—No estoy obligado a contestar.

Mariana se volvió hacia él.

—Papá, dijiste que solo querías remodelar.

—Porque primero había que modernizarlo.

—¿Para venderlo?

—Mariana, no hagas un escándalo.

—¿Ibas a quedarte con una comisión?

Ricardo golpeó la mesa con los dedos.

—Yo estoy tratando de asegurar el futuro de todos.

—¿De todos o el tuyo? —pregunté.

Me miró con frialdad.

—Señora, la oferta es muy generosa. Este departamento necesita reparaciones. Usted podría comprar algo más cómodo y quedarse con dinero.

—¿Cuánto ofrecen?

Ricardo dudó.

Patricio respondió:

—Cuatro millones ochocientos mil pesos.

Mariana abrió los ojos.

—¿Tanto?

Ahí vi la avaricia encenderse en su rostro.

—Caleb —dijo—, con ese dinero podríamos pagar la casa.

—Ese dinero sería de mi mamá.

—Pero algún día...

—No termines esa frase —la interrumpí.

Patricio puso otra hoja frente a mí.

—La empresa ya elaboró un borrador de poder notarial.

Caleb se levantó de golpe.

—¿Qué?

—Autoriza a Don Ricardo a negociar y firmar la venta en representación de Doña Beatriz.

—Yo nunca autoricé eso —dije.

—Aún no está firmado —aclaró Patricio—. Pero contiene una copia de su credencial de elector y su CURP.

El aire desapareció de la habitación.

Capítulo completado

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