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Me pidió que aplaudiera a su amante; no sabía quién acababa de comprar la deuda de su empresa
Capítulo 2 / 5

Capítulo 2

La esposa que él creía decorativa

1044 palabras

Samuel sabía que mi familia tenía dinero.

Lo que nunca entendió fue de dónde procedía realmente ese poder.

Cuando nos conocimos, yo trabajaba en Madrid analizando inversiones para Ortega Capital Familiar, la sociedad que mi madre y mis tíos habían creado años antes para gestionar nuestro patrimonio.

Samuel solía bromear con aquello.

—El misterioso imperio Ortega.

Yo le decía que no había ningún imperio.

Había participaciones en empresas, inmuebles, deuda corporativa, fondos y muchas horas leyendo documentos que podían arruinarte una semana con una sola cláusula.

Nunca le interesó demasiado.

Después de casarnos me trasladé a Bilbao.

Seguía formando parte del comité de inversiones, pero dejé de asistir a eventos públicos y reduje mi exposición. Lo hice porque quería una vida que no girara alrededor del apellido de mi familia.

No estaba escondiéndome.

Simplemente no necesitaba que me reconocieran al entrar en un restaurante.

Samuel confundió aquella elección con falta de ambición.

Al principio me resultó casi

entrañable.

Después empezó a utilizarla contra mí.

Cuando Senda Norte comenzó a crecer, él hablaba cada vez más de «su empresa», aunque no la hubiera fundado. Había llegado como director de estrategia, había escalado con rapidez y, cinco años antes, el consejo lo había nombrado consejero delegado.

Era bueno.

Eso era importante admitirlo.

Samuel sabía vender proyectos, convencer a inversores y transformar una presentación mediocre en una promesa irresistible.

También empezó a creer que aquella habilidad lo convertía en el hombre más inteligente de cualquier sala.

Yo veía las señales.

El coche con conductor.

Las comidas que antes eran trabajo y después se convertían en cenas.

La forma en que dejó de preguntarme por mis reuniones.

—¿Sigues con esas cosas de inversiones? —me dijo una noche.

«Esas cosas».

Sonreí.

—Sí.

—No sé cómo puedes aguantarlo. Todo el día mirando números.

—Los números suelen decir la verdad.

—La gente importante no

pierde el tiempo revisándolos. Para eso contratas a otros.

No discutí.

Pero recordé la frase.

Laura apareció en nuestras vidas tres años antes de aquella cena.

Era directora de desarrollo corporativo en Senda Norte. Inteligente, ambiciosa y muy hábil para detectar qué quería escuchar la persona que tenía delante.

Samuel estaba fascinado por ella.

Al principio de manera profesional.

Después dejó de serlo.

No descubrí su relación revisando teléfonos ni siguiéndolos.

No hizo falta.

Las personas que creen que nadie las observa terminan dejando huellas en todas partes.

Un sábado, Samuel me dijo que tenía una reunión en Barcelona.

Dos días después, durante una comida, Laura comentó delante de mí cuánto le había gustado San Sebastián aquel fin de semana.

Samuel dejó caer el tenedor.

Ella tardó medio segundo en darse cuenta.

Nadie dijo nada.

Yo tampoco.

Aquella noche le pregunté a Samuel.

—¿Estás con Laura?

Se quedó mirándome.

—¿Qué

clase de pregunta es esa?

—Una bastante sencilla.

—Trabajamos juntos.

—No te he preguntado eso.

Caminó hasta la ventana.

—Estás paranoica.

Era la respuesta equivocada.

No porque confirmara nada, sino porque después de quince años de matrimonio Samuel sabía perfectamente que yo no hacía acusaciones sin motivo.

A partir de entonces observé.

No perseguí.

No investigué su vida privada.

Simplemente dejé de justificar lo evidente.

Y, mientras mi matrimonio se deshacía, apareció un problema muy distinto.

La deuda de Senda Norte.

La empresa había crecido deprisa comprando pequeños grupos hoteleros y edificios para reconvertirlos en alojamientos de lujo. Mientras los tipos de interés eran favorables y las ocupaciones aumentaban, la estrategia parecía brillante.

Después llegaron dos proyectos retrasados.

Los costes se dispararon.

Una ampliación en Portugal consumió más capital del previsto.

Y el grupo empezó a depender de refinanciaciones cada vez más incómodas.

Yo sabía parte de aquello por información pública y por conversaciones generales de mercado.

Pero Samuel jamás me pidió opinión.

Una noche lo encontré en el salón revisando un documento.

—¿Problemas?

Cerró el portátil.

—Nada que te interese.

—Parecía financiación.

—Inés.

Su tono fue casi paternal.

—Tú tienes tus inversiones familiares. Yo me ocupo de empresas de verdad.

Nunca olvidé aquella frase.

Dos meses después, nuestro equipo de deuda privada en Ortega Capital nos presentó una oportunidad.

Varios bancos querían vender parte de su exposición a un grupo hotelero español antes de final de ejercicio.

El grupo era Senda Norte.

Cuando vi el nombre, pedí que la operación se tratara con un protocolo especial.

No quería información procedente de Samuel.

No la necesitábamos.

Los bancos habían preparado la documentación necesaria para compradores acreditados y nuestros asesores externos podían analizarla de forma independiente.

En la primera reunión fui muy clara.

—Si esta inversión depende de algo que yo sepa por mi matrimonio, no se hace.

El director jurídico asintió.

—No dependerá de eso.

La oportunidad era arriesgada.

Pero tenía sentido.

Senda Norte poseía buenos activos. El problema no era la ausencia de valor, sino una estructura de deuda que se había vuelto demasiado pesada.

Compramos un primer tramo.

Después otro.

Y otro.

La operación duró semanas.

Samuel no se enteró.

Tampoco tenía por qué.

Las cesiones permanecían sujetas a confidencialidad hasta que quedaran formalizadas y notificadas.

Cuando el último banco aceptó nuestra oferta, Ortega Capital pasó a controlar treinta y un millones de euros de los cuarenta y seis millones de deuda financiera principal de Senda Norte.

Nos convertimos en su mayor acreedor.

La firma definitiva tuvo lugar a las siete y doce de la tarde.

La cena de nuestro aniversario comenzaba a las ocho.

A las ocho y veinte Samuel subió al escenario para anunciar el ascenso de Laura.

A las ocho y veintiséis me pidió que aplaudiera.

A las ocho y cuarenta y tres Javier Ibarra recibió la notificación formal del cambio de acreedor.

Por eso me reconoció.

No porque hubiera visto mi foto en una revista.

Sino porque mi nombre figuraba en la documentación de la operación.

A las nueve menos diez, mientras Samuel intentaba aparentar que todo seguía bajo control, supe que por fin había comprendido una parte.

Solo una.

Todavía ignoraba la peor.

Senda Norte había incumplido uno de los compromisos financieros vinculados a aquellos préstamos.

Los bancos anteriores habían tolerado la situación mientras negociaban la venta.

El nuevo acreedor no estaba obligado a hacerlo.

Y cualquier refinanciación futura necesitaría nuestro consentimiento.

Samuel llevaba meses comportándose como un hombre intocable.

En realidad, dirigía una empresa que necesitaba permiso para respirar.

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