El Secreto Tras el Pasillo Este
El pasillo este de la mansión era una de las zonas menos transitadas de la residencia.
Capítulo 2
El Secreto Tras el Pasillo Este
El pasillo este de la mansión era una de las zonas menos transitadas de la residencia.
A diferencia del vestíbulo principal, saturado de luz y acabados de mármol brillante, esta ala conservaba la arquitectura original de la casa: paredes cubiertas con paneles de madera de nogal oscuro, un tapiz de pasillo espeso que amortiguaba los pasos y una iluminación tenue proveniente de apliques de pared de bronce envejecido.
Mateo avanzó por el pasillo con el pecho erguido, sintiéndose el dueño absoluto del mundo. Detrás de él, la mujer permaneció en la entrada del corredor, revisando distraídamente su teléfono móvil sin prestar verdadera atención a la caminata de su esposo. Para ambos, la victoria estaba consumada; lo demás era puro trámite administrativo.
Al llegar a la tercera puerta a la izquierda, Mateo notó algo inusual. La puerta de madera maciza no estaba simplemente entrecerrada; tenía instalada una cerradura electrónica de alta tecnología, un añadido de acero inoxidable y pantalla táctil que desentonaba profundamente con el marco clásico
de nogal. Era un detalle que Mateo jamás había visto en sus escasas y breves visitas anteriores a la propiedad.
Frunció el ceño. Supuso que su padre, en sus manías de viejo solitario, había decidido guardar bajo llave sus documentos personales o alguna colección de relojes antiguos.
—¿Dónde dijiste que estaban, papá? —gritó Mateo hacia el vestíbulo, su voz rebotando contra la madera del pasillo—. La puerta tiene una cerradura digital. ¿Cuál es el código?
Desde la distancia, la respuesta de Don Aurelio llegó con una claridad que heló levemente la sangre de Mateo, no por el tono, sino por la precisión de las palabras.
—No necesita código, Mateo —respondió el anciano, cuyos pasos pausados comenzaban a escucharse acercándose por el pasillo—. Está abierta. Solo estaba esperando a que la persona correcta girara la manija.
Mateo frunció los labios con irritación, sintiéndose burlado por la sutileza de su padre. Agarró
la manija de bronce con firmeza y la bajó. La cerradura emitió un chasquido metálico, un *clic* seco que resonó en el pasillo como el disparo de un gatillo, y la puerta cedió lentamente hacia adentro.
La habitación no estaba oscura, pero la luz que la iluminaba no provenía de una lámpara ni de la ventana principal, que permanecía cubierta por pesadas cortinas de terciopelo azul. La fuente de luz era una serie de monitores de alta resolución alineados a lo largo de un escritorio ejecutivo de roble que ocupaba el centro de la estancia.
Mateo dio un paso hacia el interior, esperando ver maletas de cuero acumuladas en una esquina o cajas de cartón llenas de ropa vieja. En su lugar, lo que encontró en el centro de la habitación lo obligó a detenerse de golpe, con el pie derecho suspendido a unos milímetros del suelo.
No había maletas.
En el centro exacto del cuarto, sobre una mesa auxiliar de cristal, descansaba una simple carpeta de cuero negro sobre la cual reposaba una llave dorada de diseño antiguo y dos teléfonos celulares ejecutivos cuya pantalla estaba encendida, mostrando llamadas en curso en modo de espera.
Pero lo que realmente paralizó a Mateo no fueron las pantallas ni la carpeta, sino las tres personas que se encontraban de pie detrás del escritorio, vestidas con impecables trajes oscuros y portando portafolios de cuero rígido.
En el centro del grupo se encontraba el Licenciado Gabriel Mendoza, el abogado corporativo más influyente y temido de la ciudad, un hombre cuya sola presencia en una sala de juntas significaba la quiebra inminente o la reestructuración absoluta de cualquier empresa. A su izquierda, el Coronel Ramírez, jefe de la división de delitos económicos y asuntos internos de la Policía Nacional, vestía su uniforme oficial de gala con las insignias relucientes sobre el pecho. A la derecha, un auditor sénior de la firma contable internacional que gestionaba los activos del grupo familiar observaba a Mateo con una expresión neutra, casi clínica.
Mateo sintió que la garganta se le secaba al instante. La risa sofocada y la arrogancia que lo habían acompañado durante los últimos veinte minutos se disiparon como humo atrapado en una corriente de aire frío.
—¿Qué... qué es esto? —balbuceó Mateo, retrocediendo un paso, buscando instintivamente con la mirada a su mujer, quien acababa de llegar a la puerta del pasillo, atraída por el silencio repentino.
Don Aurelio se colocó justo al lado de la puerta, encuadrando la escena con los brazos cruzados y una serenidad que ahora se tornaba imponente.
—Vinieron a buscar mis maletas, ¿no es así? —dijo Don Aurelio, manteniendo la vista fija en su hijo—. Bueno, ahí están mis pertenencias. Todo lo que he construido, lo que he protegido y lo que he documentado durante los últimos tres años.
Capítulo completado
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