Brandon no volvió al día siguiente.
Capítulo 2
Brandon no volvió al día siguiente.
Ni al siguiente.
Eso me sorprendió.
Esperaba insistencia, mensajes, visitas inesperadas.
En cambio, una semana después llegó una carta.
No para mí.
Para Emma.
Ella la dejó cerrada dos días sobre la mesa.
Al tercero la abrió.
—¿Qué dice? —pregunté.
—Nada que necesites revisar.
No insistí.
La segunda carta llegó una semana después.
Luego otra.
Brandon nunca pedía verla.
Nunca escribía que merecía perdón.
Solo hablaba de cosas que recordaba.
En una carta mencionó una excursión escolar en la que Emma había llevado un pay de pera que su papá le había comprado.
En otra le pidió disculpas por una frase exacta que había dicho frente a otros estudiantes.
Emma comenzó a guardar las cartas.
Eso me preocupaba más que si las hubiera escondido.
Porque significaba que quería que yo supiera.
Una tarde Sarah, mi vecina y mejor amiga, llegó con café.
—No me gusta —dijo cuando le conté.
—A
mí tampoco.
—Los muchachos crueles no se convierten mágicamente en hombres maravillosos.
—Emma dice que no puedo seguir tratándola como una niña.
Sarah me miró por encima de su taza.
—Y tiene razón.
Fruncí el ceño.
—Gracias por el apoyo.
—Que tenga razón en eso no significa que Brandon sea bueno.
Era justamente el problema.
Yo sabía perfectamente quién había sido Brandon.
Pero no podía demostrar quién era ahora.
Después de casi dos meses, Emma aceptó tomar un café con él.
Cuando salió de casa llevaba jeans, un suéter verde y una expresión demasiado despreocupada para ser real.
—Una hora —dijo.
—No te pregunté.
—Pero estabas a punto.
Regresó dos horas después.
—¿Cómo estuvo?
—Incómodo.
Esperé.
—También pidió perdón sin poner excusas.
—Eso debería ser lo mínimo.
Emma dejó las llaves.
—Mamá, no todo tiene que convertirse en un juicio.
Y ese fue el comienzo.
Un café se volvió dos.
Después caminaron por un parque.
Luego cenaron.
Durante meses busqué una grieta en Brandon.
No la encontré.
Llegaba puntual.
Nunca hablaba del cuerpo de Emma.
No intentaba aislarla.
No hacía grandes promesas.
Una noche incluso se presentó en casa con comida porque Emma estaba estudiando para sus exámenes.
—No quiero interrumpir —me dijo—, solo traje esto.
Me entregó una bolsa y se fue.
Me molestó que hubiera hecho exactamente lo correcto.
Porque cada gesto correcto debilitaba mi argumento.
Emma también cambió conmigo.
Ya no me contaba todo.
Una noche discutimos.
—No confías en mí —dijo.
—No confío en él.
—Es lo mismo cuando actúas como si no pudiera darme cuenta sola.
—Ya te lastimó una vez.
—Y sobreviví.
—Eso no significa que tengas que darle otra oportunidad.
Emma golpeó suavemente la mesa con la palma.
—¡Yo decido a quién se la doy!
Nos quedamos en silencio.
Entonces añadió:
—No quiero
pasar toda mi vida demostrando que ya no soy aquella adolescente.
Eso me dolió porque entendí que parte de esa demostración también era para mí.
Así que hice algo que me costó muchísimo.
Retrocedí.
No aprobé a Brandon.
Pero dejé de interrogar a Emma después de cada cita.
Dejé de mirar por la ventana cuando él llegaba.
Y, lentamente, sucedió algo que jamás pensé que sucedería.
Empecé a preguntarme si quizá me había equivocado.
Ocho meses después de aquella primera visita, Emma me llamó desde un restaurante.
Estaba llorando.
—Mamá.
Me levanté de golpe.
—¿Qué pasó?
Entonces escuché su risa.
—Me pidió matrimonio.
Cerré los ojos.
—¿Y tú qué dijiste?
—Que sí.
Hubo un silencio demasiado largo.
—Di algo.
—Estoy aquí.
—Eso no es decir algo.
Me obligué a sonreír aunque no podía verme.
—Si eres feliz, quiero conocerte feliz.
Emma soltó el aire.
—Gracias.
Cuando llegó a casa, entró casi corriendo.
El anillo brillaba en su mano.
Era elegante, discreto, hermoso.
La abracé.
Y odié que una parte de mí estuviera esperando sentir alivio.
No llegó.
Una semana después organizamos una cena para celebrar el compromiso.
Brandon apareció con una botella de vino demasiado cara.
Ayudó a poner la mesa.
Se rió con Emma.
Me preguntó si necesitaba algo.
Todo parecía normal.
Demasiado normal.
Durante la cena, su celular vibró.
Una vez.
Luego otra.
Después una tercera.
Brandon lo puso boca abajo.
—¿Problemas? —pregunté.
—Trabajo.
Sonrió.
Pero el músculo de su mandíbula se tensó.
Emma no lo notó.
Yo sí.
Unos minutos más tarde volvió a vibrar.
Brandon miró la pantalla.
Y por primera vez desde que había regresado a nuestras vidas, vi algo en su rostro que reconocí del muchacho de dieciséis años.
Miedo.
Capítulo completado
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