PARTE 3 — Después de cuidarla hasta el final, me dejó fuera del testamento
La televisión estaba encendida.
Capítulo 3
PARTE 3 — Después de cuidarla hasta el final, me dejó fuera del testamento
La televisión estaba encendida.
Eso fue lo primero que noté.
Después vi la taza de té sobre la mesa.
Fría.
—¿Señora Rhode?
No respondió.
Estaba sentada en su sillón favorito, con las manos descansando sobre el regazo.
Me acerqué lentamente.
—Señora Rhode…
Le toqué una mano.
Estaba helada.
La retiré de inmediato, aunque en el fondo ya sabía lo que había pasado.
Llamé al hospital.
Después me arrodillé junto a su sillón.
No recuerdo cuánto tiempo lloré.
Solo recuerdo pensar que no me había despedido.
Durante más de un año había entrado a esa casa casi todos los días.
Había discutido con ella por sus medicamentos.
Había soportado sus comidas horribles.
Habíamos visto televisión, peleado por tonterías y hablado durante horas.
Y de pronto, la casa estaba en silencio.
El funeral fue unos días después.
Me quedé en las últimas filas.
No sabía dónde se suponía que debía sentarme.
Yo no era familia.
Al
menos no oficialmente.
La sobrina de la señora Rhode estaba adelante, vestida de negro.
En un momento nuestras miradas se cruzaron.
Ella apartó la vista.
Después del servicio, mientras yo me preparaba para irme, se acercó.
—Supongo que ahora tendrás curiosidad por el testamento.
La miré, incrédulo.
—Acabamos de enterrarla.
—Solo digo que sé por qué estabas tan cerca de ella.
—No tienes idea.
—Ya veremos.
Me fui sin responder.
Dos días después recibí la llamada del abogado.
La lectura del testamento sería esa semana.
Entré a su despacho con un nudo en el estómago.
No me gustaba admitirlo, pero sí pensaba en la promesa.
La señora Rhode me había dicho claramente que me dejaría todo.
No una vez.
Varias veces.
Yo jamás le había pedido que lo repitiera.
Pero había confiado en ella.
La sobrina ya estaba sentada cuando llegué.
Su bolso descansaba sobre una silla.
Me miró.
—Llegaste.
—El abogado me llamó.
—Claro.
Tomé asiento.
El abogado abrió la carpeta.
Y empezó.
La casa sería donada.
Sentí la primera punzada.
Los ahorros irían a la iglesia y a organizaciones benéficas.
Después mencionó las joyas.
—A su sobrina le dejo la colección completa.
La mujer sonrió.
Esperé.
El abogado siguió leyendo.
Un par de objetos pequeños fueron destinados a amigos de la señora Rhode.
Una pintura para una vecina.
Una colección de libros para la biblioteca.
Nada para mí.
Entonces cerró la carpeta.
—Con esto concluye la lectura.
No pude contenerme.
—¿Eso es todo?
—Sí.
—Revise otra vez.
—Señor James…
—Por favor.
El abogado volvió a abrir la carpeta.
Pasó las hojas.
Una.
Dos.
Tres.
Después me miró.
—Su nombre no aparece en el testamento.
Sentí que el piso desaparecía debajo de mí.
La sobrina se reclinó en su asiento.
—Qué extraño.
La miré.
—No empieces.
—Solo digo que
quizá mi tía se dio cuenta de algo antes de morir.
—¿De qué?
—De que algunas personas son muy serviciales cuando creen que recibirán algo a cambio.
Apreté los puños.
—Yo estuve con ella cuando estaba enferma.
—Y esperabas cobrar muy bien por eso.
—Cállate.
El abogado levantó la voz.
—Ya basta.
Pero ella siguió.
—¿Qué pasa, James? ¿No era este el final que imaginabas?
Me puse de pie.
—Yo no estaba esperando que muriera.
Ella sonrió.
—Entonces no deberías estar tan decepcionado.
Eso fue lo que terminó de romperme.
No porque creyera lo que ella decía.
Sino porque, por primera vez, me pregunté si la señora Rhode lo había creído.
Tal vez al final había pensado lo mismo.
Que yo era un aprovechado.
Que todas las visitas, los medicamentos, las cenas y las conversaciones habían sido una actuación.
Tal vez por eso me había borrado.
Salí del edificio antes de llorar frente a ellos.
Cuando llegué a mi departamento, ni siquiera me quité las botas.
Me dejé caer sobre la cama.
Primero sentí rabia.
Después vergüenza.
Y luego llegó algo peor.
Dolor.
No por perder la casa.
No por perder dinero.
Sino porque había comenzado a pensar que la señora Rhode me quería.
Y ahora no sabía si había sido verdad.
Toda mi vida había aprendido una lección sencilla: no confiar demasiado.
Los adultos prometían quedarse y se iban.
Prometían cuidarte y te entregaban a otra familia.
Prometían cosas que después fingían no haber dicho.
Yo había creído que con la señora Rhode era diferente.
Esa noche casi no dormí.
A la mañana siguiente alguien golpeó mi puerta.
No un toque suave.
Tres golpes fuertes.
Me levanté, todavía con la misma ropa del día anterior.
Abrí.
El abogado de la señora Rhode estaba parado frente a mí.
En las manos sostenía una vieja caja metálica abollada.
Lo miré sin entender.
—¿Qué hace aquí?
Él levantó la caja.
—La señora Rhode dejó instrucciones adicionales.
Mi corazón dio un golpe.
—¿Instrucciones?
—Sí.
Me extendió la caja.
—Estas eran únicamente para usted.
No la tomé de inmediato.
—Ayer me dijo que no me había dejado nada.
El abogado respiró hondo.
—Eso dije.
Miró la caja.
Después volvió a mirarme.
—Pero, en realidad, James, sí le dejó una cosa.
Capítulo completado
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