—¿Por qué?
Capítulo 2
—¿Por qué?
Patricia sonrió con una suavidad venenosa.
—Porque mi familia sí convive con mamá. Tus hijos vienen dos veces al mes y se quedan pegados a Mariana. No es lo mismo.
Daniel escuchó un murmullo detrás.
Algunos invitados habían comenzado a poner atención.
Doña Guadalupe se acomodó el collar.
—Patricia sólo quiso ordenar mejor las fotos.
—¿Y usted estuvo de acuerdo?
—Son niños, Daniel. Se sientan donde sea.
—Entonces Regina y Emiliano también podrían sentarse allá.
Patricia golpeó la mesa con la palma.
—¡Mis hijos son sus nietos de verdad!
El salón pareció congelarse.
Mariana, que había seguido a Daniel, se quedó inmóvil.
Camila escuchó desde detrás de las macetas.
Daniel lo supo porque vio que su hija bajaba la cabeza.
—¿Qué acabas de decir? —preguntó.
Patricia se dio cuenta de que había hablado demasiado, pero no retrocedió.
—Ya sabes a qué me refiero.
—No. Explícame.
Doña Guadalupe habló rápido.
—Daniel,
por favor.
Él no apartó los ojos de su hermana.
—Dilo.
Patricia levantó la barbilla.
—Tus hijos son adoptados.
Mariana dio un paso al frente.
—Son nuestros hijos.
—Yo no dije que no.
—Dijiste que no eran nietos de verdad.
—No distorsiones.
—Lo escuchamos todos.
Doña Guadalupe se levantó.
—¡Ya basta! Hoy no vamos a discutir asuntos privados.
Daniel miró a su madre.
—¿Usted piensa igual?
—No quiero hablar de eso.
—¿Mis hijos son sus nietos o no?
Doña Guadalupe apretó los labios.
—Yo nunca los he tratado mal.
Daniel soltó una carcajada sin humor.
—Los escondió detrás de unas plantas el día de su cumpleaños.
—No fui yo.
—Pero lo permitió.
—No puedes obligarme a sentir lo mismo.
Aquella frase fue pronunciada en voz baja.
Pero varios invitados la escucharon.
Camila también.
La niña se puso de pie.
Mariana quiso alcanzarla, pero Camila caminó hasta la mesa principal con
una dignidad que no correspondía a sus ocho años.
Traía los ojos húmedos.
Se detuvo frente a Doña Guadalupe.
—Abuelita, yo sí te quiero igual.
Doña Guadalupe palideció.
Camila señaló la tarjeta en manos de Mateo.
—Mateo tardó tres días en hacerla porque no le salían bien los corazones.
Nadie habló.
—Yo le dije que no importaba —continuó—, porque tú ibas a saber que los hizo con amor.
Mateo llegó junto a ella.
Miró a su abuela.
Luego dejó la tarjeta sobre la silla vacía.
No se la entregó en las manos.
—Feliz cumpleaños —murmuró.
Después tomó a Camila y regresaron con Mariana.
La vergüenza se extendió por la mesa.
Pero no duró mucho.
Don Ernesto golpeó su copa contra el mantel.
—Se acabó. Daniel, lleva a tus hijos a sentarse y deja de arruinarle la noche a tu madre.
Daniel lo miró.
—La noche apenas empieza.
En ese momento,
las luces de la barra premium se apagaron.
Los meseros comenzaron a retirar las botellas cerradas.
El mariachi, que afinaba para la segunda hora, guardó los instrumentos.
Dos empleados cubrieron la mesa de postres con manteles y comenzaron a llevarse las charolas.
Patricia frunció el ceño.
—¿Qué están haciendo?
Lorena se acercó.
—Los servicios adicionales fueron cancelados.
Doña Guadalupe volteó hacia Daniel.
—¿Cancelados?
—Sí.
—¿Por quién?
—Por quien los pagó.
Don Ernesto se puso de pie tan rápido que la silla cayó hacia atrás.
—No te atrevas.
—Ya lo hice.
Patricia corrió hacia la estación de postres.
—¡Oiga! Esas tartaletas ya estaban servidas.
—No fueron liquidadas —explicó un empleado.
—¡Daniel!
Él metió las manos en los bolsillos.
—¿Qué?
—¡Estás haciendo un ridículo!
—No. Estoy dejando de financiarlo.
Doña Guadalupe comenzó a llorar.
No eran lágrimas de tristeza.
Daniel conocía ese llanto.
Era el que usaba cuando quería convertir a alguien en culpable.
—Esto era mi regalo —sollozó—. Mi único cumpleaños bonito.
Daniel sintió el viejo reflejo: disculparse, arreglarlo, sacar la tarjeta.
Pero entonces vio a Camila, limpiándose una lágrima en silencio.
El reflejo murió.
—Su regalo costó casi trescientos mil pesos.
Varios invitados dejaron de fingir que no escuchaban.
Doña Guadalupe bajó la voz.
—No tenías que decir cantidades.
—¿Por qué no? Todos creen que ustedes pagaron.
Don Ernesto señaló a la puerta.
—Salte.
—¿De la fiesta que pagué?
—De la fiesta de tu madre.
—Entonces que ella la pague.
Patricia intervino.
—No seas corriente.
—Corriente es humillar a dos niños mientras tomas vino de una botella que compró su papá.
Ella dio un paso hacia él.
—Mamá siempre dijo que eras resentido.
Daniel miró a Doña Guadalupe.
—¿Eso dice?
Su madre se limpió las lágrimas.
—Digo que has cambiado desde que te casaste.
Mariana soltó una risa incrédula.
—Claro. Écheme la culpa a mí.
—Antes Daniel era generoso.
—Antes Daniel no sabía decir que no.
—Tú lo alejaste.
Daniel se interpuso.
—No metas a Mariana.
—Desde que ella llegó, todo son límites, cuentas y reclamos.
—Porque alguien tenía que enseñarme que querer a la familia no significa mantenerla.
Doña Guadalupe apretó el collar.
—Todo lo que hicimos por ti…
—¿Qué hicieron?
La pregunta quedó suspendida.
Don Ernesto endureció el rostro.
—Te dimos estudios.
—Trabajé desde los diecisiete.
—Te dimos techo.
—Me cobraron renta en cuanto cumplí dieciocho.
—Te dimos apellido.
Daniel lo miró fijamente.
—Eso sí.
El tono hizo que Don Ernesto apartara los ojos.
Daniel lo notó.
También notó que Doña Guadalupe tocó su collar con nerviosismo.
Algo pasó por la mente de Mariana.
Capítulo completado
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