Lo había visto una vez, dos años antes, en una oficina de la avenida Constitución.
Capítulo 2
Lo había visto una vez, dos años antes, en una oficina de la avenida Constitución.
Había firmado al calce de la misma hoja pensando que nunca volvería a aparecer.
Lucía la sacó despacio, sin entregársela todavía.
—Antes de que se retire, señor Ibarra, quiero que sepa que esto no es un simple desalojo. La señora Renata Ibarra inició un procedimiento de protección patrimonial hace seis semanas.
Santiago levantó la barbilla.
—¿Protección patrimonial contra su propio hijo?
—Contra cualquier persona que intente disponer de sus bienes sin autorización.
—Yo jamás he dispuesto de nada.
Lucía lo miró de frente.
—Eso lo decidirá el Ministerio Público.
Camila se quedó inmóvil.
El viento de la presa cruzó la terraza y movió las cortinas blancas. En el agua, el sol comenzaba a hundirse, rojo y pesado. Yo miré mi casa, la que había imaginado como un lugar de descanso, y sentí algo muy distinto al orgullo.
Sentí que acababa de entrar en una guerra.
***
Santiago y Camila tardaron
casi dos horas en sacar sus cosas. No habían llevado solamente ropa.
Había platos nuevos, toallas bordadas con sus iniciales, una cafetera industrial, dos televisiones, documentos dentro de cajas de plástico y un colchón matrimonial todavía envuelto.
No iban a visitarme.
Iban a reemplazarme.
Al revisar la recámara de atrás encontramos una impresora, una caja de pastillas para dormir y un folder con mi nombre escrito en letras grandes.
Lucía lo abrió en la mesa de la cocina.
Dentro había copias de mi identificación, estados de cuenta, recibos de predial y un formato de valoración psicológica de una clínica privada. En la primera página decía:
*Paciente: Renata Ibarra. Posible deterioro cognitivo. Se recomienda supervisión financiera por familiar directo.*
No había firma de médico.
—Esto es falso —dije.
—Todavía no sabemos si es falso o si alguien intentó hacerlo pasar por auténtico —contestó Lucía—. Pero hay algo más grave.
Sacó una
hoja doblada.
Era un poder notarial.
El documento decía que yo otorgaba a Santiago facultades amplias para administrar mis cuentas, vender bienes, contratar créditos y representarme ante bancos y autoridades. La firma se parecía a la mía, pero no era mía.
Yo había firmado miles de veces a lo largo de mi vida. Sabía cómo se inclinaba mi apellido, cómo la R se levantaba antes de caer sobre las demás letras.
Aquella firma era una imitación cuidadosa.
—¿Cuándo lo encontraron? —pregunté.
—En una carpeta que Santiago entregó a un banco hace diez días.
Sentí que la cocina se hacía más pequeña.
—¿Qué quería hacer?
Lucía sacó otra hoja.
—Solicitó información sobre una transferencia de tres millones ciento doce mil pesos. También pidió conocer si existía algún inmueble a su nombre.
Me quedé mirando el número.
—Entonces sí supo del dinero.
—Sí.
—¿Cómo?
Lucía cerró la carpeta.
—Eso es lo que
vamos a averiguar.
Esa noche no dormí. A las tres de la mañana salí a la terraza con una cobija sobre los hombros. La presa parecía una lámina negra, sin una sola luz. Pensé en Santiago de niño, con las rodillas raspadas y la costumbre de esconderse debajo de la mesa cuando su padre levantaba la voz.
Yo le había enseñado a andar en bicicleta. Había vendido mis aretes para pagarle un curso de inglés. Había pasado noches enteras a su lado cuando tuvo neumonía.
¿En qué momento el hombre que alguna vez me llamó su mundo decidió que yo era un obstáculo?
A las seis recibí un mensaje de un número desconocido.
*Señora Renata, usted no sabe toda la verdad sobre Santiago. Si quiere verla, vaya al Café Orquídea el viernes a las cinco. Venga sola.*
No respondí.
Le enseñé el mensaje a Lucía.
—¿Lo conoce?
—No.
—¿Va a ir?
—Sí.
—Entonces no irá sola.
El viernes llegamos juntas, aunque Lucía se sentó en una mesa apartada. Yo ocupé la que estaba cerca de la ventana.
A las cinco con siete minutos entró una mujer de unos cincuenta años, delgada, con el cabello recogido y una bolsa de lona. Miró alrededor hasta encontrarme.
—¿Usted es Renata Ibarra?
—Sí.
—Me llamo Patricia Salgado.
Se sentó sin pedir permiso. Tenía los ojos enrojecidos.
—Yo trabajé en la constructora que levantó su casa.
—¿En qué área?
—Administración de pagos.
Sacó un sobre manila.
—Su casa se pagó con transferencias que salieron de una cuenta de inversión a nombre de una empresa llamada Ibarra Consultores del Norte.
Fruncí el ceño.
—Yo no tengo ninguna empresa.
—Ahora sí.
Patricia sacó varias hojas.
—La empresa se creó hace dos años. El representante legal es Santiago Ibarra.
Por un momento no escuché el ruido de la cafetería.
—Eso es imposible.
—La constructora recibió el dinero pensando que la propiedad pertenecía a esa empresa. Cuando llegó la escritura, apareció usted como única dueña. Yo revisé los movimientos porque había una diferencia de casi seiscientos mil pesos.
Lucía se acercó.
—¿Qué diferencia?
Patricia señaló una tabla.
—El presupuesto original de la casa era de dos millones cuatrocientos mil. El resto salió en pagos fragmentados: materiales, honorarios, “gestoría”, renta de maquinaria. Todo facturado a empresas relacionadas con Santiago y Camila.
Lucía tomó las hojas.
—¿Está diciendo que se quedaron con dinero?
—Estoy diciendo que la casa se construyó con parte del dinero de Renata, pero alguien desvió más de setecientos mil pesos en el proceso.
Me apoyé en la mesa.
—Yo pagué cada avance.
—Usted entregaba efectivo al supervisor de obra —dijo Patricia—. Pero además se registraron pagos electrónicos. Algunos proveedores nunca existieron.
La miré.
—¿Por qué me cuenta esto?
Patricia bajó la voz.
—Porque el dinero que faltaba era mío.
No entendí.
—¿Cómo que suyo?
—Yo fui quien descubrió la diferencia. Santiago se enteró y me despidieron. Después alguien entró a mi casa y se llevó mi computadora. No denuncié porque tengo dos hijos y no quería problemas.
Lucía observó los documentos.
—¿Tiene copias de los respaldos?
Patricia apretó la bolsa de lona.
—Tengo algo mejor.
Sacó una memoria USB.
—Una grabación.
Capítulo completado
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