Guardé cada documento exactamente como lo había encontrado.
Capítulo 2
Guardé cada documento exactamente como lo había encontrado.
Mi primer impulso fue bajar las escaleras, poner la hoja frente a Luis y exigirle una explicación. Pero algo me detuvo.
Quizá fue la copia de mi firma.
No era una firma auténtica sobre un contrato terminado. Era una hoja de práctica: mi nombre aparecía varias veces, con pequeñas diferencias en la inclinación de las letras. Algunas se parecían mucho a la manera en que yo firmaba.
Me senté frente al escritorio.
Durante años había pensado que el peor defecto de Luis era su facilidad para dejarse llevar por Mariana. Siempre encontraba una explicación para él. Si no llamaba, estaba ocupado. Si olvidaba mi cumpleaños, tenía demasiado trabajo. Si Mariana hacía algún comentario hiriente, él quería evitar una pelea.
Pero una cosa era ser débil.
Otra muy distinta era permitir que alguien practicara la firma de tu madre para mover una propiedad.
Tomé fotografías de todas las hojas con mi
celular. Después guardé las escrituras originales en mi bolsa.
A las ocho y media bajé.
Mariana estaba preparando café como si nada hubiera ocurrido.
—Buenos días —dijo sin mirarme.
Luis estaba sentado revisando su teléfono.
—Mamá, qué bueno que bajaste. Tenemos que aclarar lo de ayer.
—Claro.
Me serví una taza.
—¿Ya decidieron cuánto me van a pagar?
Mariana dejó la cuchara sobre la barra.
—No empieces.
—Tú empezaste.
Luis suspiró.
—Mamá, lo de la renta fue una manera de organizarnos. Mariana hizo cuentas y...
—Qué eficiente.
—Déjame terminar.
Me quedé callada.
—Nuestros gastos han aumentado. Y si todos vivimos aquí, todos tenemos que ayudar.
—Luis, tú llegaste aquí diciendo que necesitabas tres semanas. Llevas dieciocho meses.
—Porque estamos ahorrando.
—¿Cuánto han ahorrado?
Mariana se volvió hacia mí.
—Eso es asunto nuestro.
—Entonces mis ingresos también son asunto mío.
—Nadie está preguntando cuánto ganas.
—Me están cobrando por dormir en
mi propia recámara.
Luis cerró los ojos un instante.
—Otra vez con eso.
Esa frase terminó de abrirme los ojos.
Para él, el problema no era que su esposa quisiera cobrarle renta a la propietaria.
El problema era que yo seguía mencionándolo.
Dejé la taza en la barra.
—Voy a salir.
—¿A dónde? —preguntó Mariana demasiado rápido.
La miré.
—A resolver asuntos míos.
Vi cómo intercambiaba una mirada con Luis.
Salí de casa y conduje directamente al despacho de una abogada que había conocido años antes: la licenciada Patricia Salgado.
Patricia había ayudado a una amiga con la sucesión de su esposo. Era una mujer de cincuenta y tantos años, directa y cuidadosa.
Cuando vio los documentos, dejó de tomar notas.
—Carmen, necesito preguntarte algo muy concreto. ¿Tú solicitaste preparar una donación de esta propiedad a favor de Luis?
—No.
—¿Has firmado algún poder recientemente?
—No.
—¿Les has entregado tus
escrituras?
—Nunca.
Patricia revisó las copias.
—Esto todavía parece un proyecto, no una escritura formalizada. Pero alguien reunió información suficiente para empezar el trámite.
—¿Pueden quitarme la casa?
—No con estas hojas. Y una operación de este tipo requiere formalidades. Pero no quiero que minimices lo que encontraste.
Me explicó qué documentos debía resguardar y qué movimientos convenía revisar. También me recomendó obtener información actualizada sobre la situación registral de la propiedad y no firmar absolutamente nada que Luis o Mariana me presentaran.
—¿Quieres confrontarlos hoy?
—Quiero saber hasta dónde llegaron.
Patricia me observó.
—Entonces no les digas todavía lo que encontraste.
Salí de su despacho con una sensación extraña.
Durante la mañana había ido buscando tranquilidad.
Regresaba con una estrategia.
Pasé por el banco.
Pedí estados de cuenta de los últimos meses de una cuenta que utilizaba para gastos domésticos. Luis tenía acceso porque tiempo atrás yo le había dado una tarjeta adicional para comprar medicamentos y hacer pagos cuando me operaron de la rodilla.
Al revisar los movimientos encontré compras que no reconocía.
Restaurantes.
Una tienda de decoración.
Dos pagos de muebles.
Una transferencia mensual de 8,000 pesos a una cuenta que terminaba en 4471.
Pregunté a la ejecutiva si podía decirme a quién pertenecía.
No podía darme información de otra persona, pero sí confirmó que las transferencias se habían realizado desde mi banca digital.
Yo no las había hecho.
Sentí un vacío en el estómago.
Pedí cancelar la tarjeta adicional y cambiar accesos.
Cuando regresé a casa, Mariana estaba en la sala hablando por teléfono.
Se calló apenas me vio.
—Luego te marco —dijo.
Subí a mi recámara.
Diez minutos después Luis tocó.
—¿Fuiste al banco?
Me sorprendió que lo supiera tan rápido.
—Sí.
—Me llegó una notificación de que cancelaron mi tarjeta.
—Era una tarjeta adicional de mi cuenta.
—La usábamos para la casa.
—Entonces no tendrás problema en enseñarme qué compraste.
Su expresión cambió.
—¿Qué quieres decir?
Saqué una carpeta con copias de los estados de cuenta.
—Quiero decir que hay gastos que no reconozco.
Luis entró y cerró la puerta.
—Mamá, no hagas un escándalo. Algunas cosas fueron para mejorar la casa.
—¿Dos muebles por treinta y cuatro mil pesos?
—Mariana compró un sofá.
—¿Con mi dinero?
—Pensamos que no te molestaría.
Me reí, pero no porque tuviera gracia.
—Qué curioso. Para comprar muebles con mi dinero no necesitaban que yo aportara. Pero ahora resulta que debo pagar renta.
—No lo pongas así.
—¿Cómo quieres que lo ponga?
Luis se quedó en silencio.
—¿Y las transferencias de ocho mil?
Su rostro perdió color.
—No sé.
—Se hicieron durante siete meses.
—Tal vez algún pago automático.
—No lo es.
—Tengo que preguntarle a Mariana.
Ahí estaba otra vez.
Mariana.
Siempre Mariana.
Como si mi hijo fuera un hombre sin manos, sin voz y sin decisiones propias.
—Hazlo.
Luis salió.
Escuché sus pasos bajar rápido.
No fui detrás de él.
Abrí mi computadora y comencé a ordenar fechas, cantidades y documentos.
Dos horas después Mariana apareció en mi puerta.
No tocó.
—Tenemos que hablar.
—Toca antes de entrar.
Se quedó inmóvil.
—Esta también es nuestra casa.
La miré fijamente.
—No. Esta es exactamente la confusión que vamos a corregir.
Entró de todas formas.
—Luis me dijo que cancelaste la tarjeta.
—Sí.
—La necesitamos para los gastos.
—Usen la suya.
—Estás actuando por coraje.
—Estoy actuando como dueña de mi dinero.
Mariana apretó la mandíbula.
—Después de todo lo que hacemos por ti...
—¿Qué hacen por mí?
La pregunta la descolocó.
—Vivimos contigo. Te acompañamos. No estás sola.
—¿Y eso cuesta ocho mil pesos al mes?
Su cara cambió.
Fue apenas un segundo.
Pero lo vi.
—No sé de qué hablas.
—Qué raro. Luis tampoco.
—Entonces quizá deberías revisar mejor tus cuentas antes de acusarnos.
Se dio media vuelta.
—Mariana.
Se detuvo.
—A partir de hoy no uses nada que esté a mi nombre. Ni cuentas, ni tarjetas, ni documentos.
Giró lentamente.
—¿Documentos?
No contesté.
Sus ojos se clavaron en los míos.
Ahí comprendí que ella sabía perfectamente de qué estaba hablando.
Pero ninguno de los dos dijo una palabra más.
Esa noche llamé a Patricia.
—Creo que Mariana sabe que encontré algo.
—¿Te amenazó?
—No.
—Entonces mantén la calma y protege los originales.
—Ya los saqué de la casa.
—Bien.
Después de colgar, escuché voces abajo.
Me acerqué al pasillo.
Luis y Mariana discutían en la cocina.
—Te dije que no debías dejar eso ahí —susurró ella.
—Yo no lo dejé.
—Pues alguien lo movió.
—Baja la voz.
—Si ella empieza a preguntar en la notaría, estamos jodidos.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
No necesitaba escuchar más.
Volví a mi habitación sin hacer ruido.
Hasta ese momento todavía había una pequeña parte de mí que quería creer que los papeles podían tener una explicación.
Acababa de perderla.
Capítulo completado
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