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SE RIERON DE ELLA POR ARREGLAR SU CASA A LOS 60… HASTA QUE DESCUBRIERON QUÉ HABÍAN CONSTRUIDO SOBRE SU PROPIEDAD
Capítulo 1 / 1

Capítulo 1

SE RIERON DE ELLA POR ARREGLAR SU CASA A LOS 60… HASTA QUE DESCUBRIERON QUÉ HABÍAN CONSTRUIDO SOBRE SU PROPIEDAD

1900 palabras

SE RIERON DE ELLA POR ARREGLAR SU CASA A LOS 60… HASTA QUE DESCUBRIERON QUÉ HABÍAN CONSTRUIDO SOBRE SU PROPIEDAD

—¿Otra vez con el martillo, doña Marta?

—gritó Daniela desde la banqueta, soltando una carcajada—. A su edad debería estar cuidando nietos, no jugando a ser albañil.

Raúl, su esposo, levantó el celular y fingió grabarla.

—A ver, sonríe, Marta. Esto va directo al grupo de vecinos: “La arquitecta de sesenta años”.

Las dos visitas que estaban con ellos también se rieron.

Marta Salgado apretó los labios, bajó despacio de la pequeña escalera y dejó el taladro sobre una cubeta. Tenía polvo en el cabello canoso y una mancha de pintura en la mejilla. No respondió. Sólo miró la pared que estaba resanando, luego el techo nuevo del corredor de Daniela y Raúl, construido apenas unos meses antes, pegado demasiado cerca de su casa.

Daniela chasqueó la lengua.

—Nada más no nos vayas a tirar la barda.

Marta sintió el golpe de la humillación, pero guardó silencio.

Lo que ellos no sabían era que esa misma mañana

había recibido un sobre que llevaba semanas esperando.

Marta llevaba treinta y cuatro años viviendo en aquella casa de una colonia tranquila de Guadalajara. Ahí había criado a dos hijos con su esposo, Julián, que había sido técnico de mantenimiento industrial. Él le enseñó a usar un nivel, cambiar una llave de paso, reparar una fuga y no tenerle miedo a una caja de herramientas.

Cuando Julián murió, cuatro años antes, Marta dejó de tocar casi todo.

La casa se fue apagando con ella: pintura levantada, una puerta que ya no cerraba bien, humedad en el cuarto de lavado, azulejos flojos. Sus hijos le ofrecieron pagar a alguien, pero ella se negó.

—No quiero que gasten. Además, sí sé hacerlo.

Al principio fue algo pequeño: lijó la puerta de entrada. Luego cambió una llave del lavabo. Después reparó una grieta superficial del patio.

Y descubrió que cada arreglo le devolvía

una parte de sí misma.

El problema era que Daniela y Raúl, sus vecinos de la derecha, parecían tomárselo como un espectáculo.

—Te vas a lastimar —decía Daniela con una sonrisa que no tenía nada de amable.

—Contrata a un hombre, Marta —añadía Raúl—. Hay cosas que ya no son para uno.

Marta fingía no escuchar.

Pero las burlas crecieron.

Un sábado encontró en el chat de vecinos una foto suya cargando dos tablas. Raúl había escrito: “Remodelaciones Salgado, garantía hasta que aguante la espalda”.

Hubo emojis de risa.

Marta se quedó mirando la pantalla varios segundos. Después bloqueó el celular, lo puso boca abajo y siguió desayunando.

No lloró.

Esa tarde tomó fotografías de la pared lateral de su casa, de las grietas, del canalón de los vecinos y de una estructura metálica que Raúl había fijado sobre el muro divisorio.

No dijo para qué.

Dos días después llegó

un arquitecto llamado Sergio, de unos cincuenta años. Revisó el patio, tomó medidas y observó la humedad.

Daniela lo vio entrar.

—¡Ah, ya contrataste a alguien para que arregle lo que rompiste!

Marta sólo respondió:

—Vino a revisar unas cosas.

Raúl se rió.

—Pues que revise bien, porque esa barda es compartida.

Sergio levantó la mirada, pero Marta le hizo un gesto para que no contestara.

Una semana más tarde, durante una lluvia fuerte, el agua comenzó a caer como una cortina desde el techo de Daniela y Raúl directamente hacia el patio de Marta. El canalón nuevo descargaba del lado equivocado. El agua se acumuló junto al muro, entró por el cuarto de lavado y levantó parte del yeso interior.

Marta llamó a Raúl.

—Tu desagüe está aventando toda el agua hacia mi casa.

—No inventes —contestó él—. Tu casa ya tenía humedad desde antes.

—Ven a verlo.

—No tengo tiempo para tus dramas.

A la mañana siguiente, Daniela apareció con el celular en la mano y un tono acusador.

—Raúl dice que tú rompiste algo cuando estabas taladrando. Si nuestra barda se daña, nos vas a pagar.

Marta la miró con incredulidad.

—¿Nuestra barda?

—Sí, nuestra. Y no te hagas.

Por primera vez, Marta sintió ganas de responderle con la misma crueldad.

Pero respiró y dijo:

—Está bien. Entonces vamos a revisar de quién es qué.

Daniela sonrió.

—Revísalo las veces que quieras.

Esa frase se le quedó grabada.

A partir de ahí, la situación empeoró.

Raúl puso una cámara apuntando hacia el pasillo lateral de Marta, alegando que quería “proteger su construcción”. Daniela comenzó a decir en el grupo que Marta estaba haciendo obras sin saber, que era peligrosa y que cualquier daño sería responsabilidad de ella.

Incluso convenció a dos vecinos de pedirle que “dejara de hacer trabajos pesados”.

Marta leyó el mensaje frente a su hija, Lucía.

—Mamá, contéstales —dijo ella, furiosa—. No tienen derecho a tratarte así.

Marta negó con la cabeza.

—Todavía no.

—¿Todavía?

Marta abrió un cajón y guardó ahí el sobre que había recibido días antes.

—Cuando uno está enojado, habla de más. Yo quiero hablar una sola vez.

Lucía no entendió, pero dejó de insistir.

El límite llegó un viernes por la tarde.

Marta estaba sustituyendo unas losetas dañadas del corredor cuando oyó golpes del otro lado del muro. Salió y vio a un trabajador de Raúl perforando la parte superior para colocar otro soporte metálico.

—Disculpa —dijo Marta—. No pueden fijar eso ahí.

El trabajador se detuvo.

Raúl salió detrás de él.

—Sí podemos.

—No te di permiso.

—Marta, ya cansa esto. Esa barda está en medio. Deja de comportarte como si todo fuera tuyo.

Daniela apareció con los brazos cruzados.

—Exacto. Mejor preocúpate por no caerte de una escalera. Mira nada más cómo tienes tu casa.

Marta señaló el taladro del trabajador.

—No sigan.

Raúl dio un paso hacia ella.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Llamar a la policía porque puse una sombra en mi patio?

Daniela soltó una risita.

—Por favor, Marta. A los sesenta deberías aprender a vivir tranquila, no a estar buscando pleito.

Entonces hizo algo peor.

Sacó su celular y comenzó a grabar.

—A ver, dígalo otra vez, doña Marta. Dígale a todos que usted es dueña de la barda.

Marta sintió calor en el rostro. Vio a dos vecinos detenerse al otro lado de la calle.

—Apaga eso.

—¿Por qué? Si no estás haciendo nada malo.

Raúl tomó el taladro del trabajador.

—Ya estuvo.

Y perforó.

El sonido metálico atravesó el muro.

Marta no gritó.

Sólo se quedó quieta, con los ojos clavados en él.

Luego entró a su casa y cerró la puerta.

Daniela se rió detrás.

—¡Eso! Mejor descansa.

Esa noche Marta no durmió.

No por miedo.

Por coraje.

A las ocho de la mañana siguiente, colocó tres carpetas sobre la mesa del comedor. Ahí estaban las fotos fechadas, el dictamen de Sergio, copias de la escritura y un levantamiento de medidas que había pedido discretamente después de notar que la ampliación de sus vecinos estaba demasiado cerca.

El sobre contenía el resultado final.

Lucía lo leyó dos veces.

—Mamá… ¿ellos saben esto?

—No.

—¿Y desde cuándo lo sospechabas?

—Desde que pusieron el primer poste.

Según las mediciones, el muro que Raúl llamaba “compartido” estaba completamente dentro del terreno de Marta. Peor todavía: parte del techo ligero que los vecinos habían construido se sostenía con soportes fijados a ese muro, y uno de sus postes invadía varios centímetros del lado de Marta. El canalón también dirigía el agua hacia su propiedad.

Marta no celebró.

—Quería estar segura antes de hablar.

Ese lunes, pidió una reunión con Daniela y Raúl. También invitó a Sergio y a dos vecinos que habían participado en el chat.

Daniela llegó sonriendo.

—¿Ahora qué? ¿Nos vas a dar clases de construcción?

Marta puso las carpetas sobre la mesa del patio.

—No. Les voy a pedir que retiren lo que colocaron sobre mi muro y corrijan el desagüe.

Raúl se burló.

—Otra vez con tu muro.

Sergio abrió los planos.

—Sí, señor. Su muro.

Raúl dejó de sonreír.

Marta mostró las fotografías, las medidas y el documento.

—Y esto es la humedad causada por el agua que cae desde su canalón. Ya tengo presupuestos para reparar el daño.

Daniela hojeó las hojas rápidamente.

—Esto no puede ser correcto.

—Puede pedir otra medición —dijo Sergio—. Pero le va a dar lo mismo.

Raúl miró a Marta.

—¿Entonces llevas semanas preparando esto?

—Llevo semanas soportando que me traten como una vieja tonta mientras ustedes perforan mi propiedad.

Nadie rió.

Marta continuó:

—No quiero pleito. Quiero que retiren los soportes, muevan el poste, corrijan el desagüe y reparen lo que dañaron.

Daniela apretó la mandíbula.

—¿Y si no?

Marta empujó hacia ella una última hoja.

—Entonces lo resolveré formalmente con quien corresponda. Ya consulté qué pasos seguir.

Por primera vez, Daniela no tuvo una respuesta rápida.

Dos días después, un contratista comenzó a desmontar parte de la estructura de los vecinos.

Fue entonces cuando la verdadera pelea empezó entre ellos.

Marta escuchó a Daniela reclamarle a Raúl desde su patio.

—¡Tú dijiste que la barda era compartida!

—¡Porque así me la vendieron!

—¡Pues ahora nos va a costar un dineral!

La reparación no fue barata. Tuvieron que reubicar soportes, modificar el canalón y arreglar el daño de humedad en casa de Marta.

Pero el golpe más duro para Daniela no fue el dinero.

Fue el chat.

Uno de los vecinos escribió: “Entonces la señora Marta sí tenía razón”.

Otro agregó: “Y nosotros riéndonos”.

Raúl no volvió a publicar nada.

Daniela abandonó el grupo por una semana.

Cuando regresó, ya nadie hacía bromas.

Un mes después, Marta estaba pintando el marco de una ventana cuando oyó que tocaban la puerta.

Era Daniela.

Sin maquillaje, con los ojos hinchados y un sobre en la mano.

—Vengo a traerte lo que faltaba de la reparación.

Marta lo recibió.

Daniela no se fue.

—También quería… hablar.

Marta esperó.

La voz de Daniela se quebró.

—Raúl y yo estamos muy mal. Hemos peleado por todo esto. Yo sé que fui una pesada contigo.

Marta no respondió.

Daniela se secó una lágrima con el dorso de la mano.

—Me dejé llevar. Todos nos reíamos y… no pensé que te doliera tanto.

Marta la miró fijo.

—No te preocupaba que me doliera. Te divertía.

Daniela bajó la cabeza.

—Sí.

Hubo un silencio incómodo.

—Perdóname —murmuró—. De verdad. Yo no quería que termináramos así. Somos vecinas.

Marta respiró despacio.

—Te perdono.

Daniela levantó la mirada, sorprendida.

—¿En serio?

—Sí. Pero perdonar no significa volver a confiar igual.

Daniela empezó a llorar en silencio.

—¿Podemos empezar de nuevo?

Marta miró hacia su patio, donde la pared recién pintada ya estaba seca.

—Podemos empezar siendo respetuosas. Lo demás se gana.

Daniela asintió varias veces.

Antes de irse, miró la caja de herramientas abierta junto a la puerta.

—La verdad… te quedó bonita la casa.

Marta sonrió apenas.

—Todavía me falta mucho.

—¿Tú vas a hacer todo?

Marta tomó la brocha.

—Lo que pueda, sí.

Daniela soltó una risa pequeña, pero esta vez no fue burla.

—Pues te está quedando mejor que a muchos profesionales.

Marta no necesitaba ese elogio.

Pero tampoco lo rechazó.

Con el tiempo terminó el corredor, cambió las lámparas del patio y restauró una banca de madera que Julián había construido años atrás.

La casa no quedó perfecta.

Quedó viva.

Y cada vez que alguien le preguntaba quién había hecho los arreglos, Marta respondía lo mismo:

—Yo.

Ya nadie se reía.

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