No fue una risa nerviosa.
Capítulo 3
No fue una risa nerviosa.
Fue una risa amarga, seca, sin vergüenza.
—¿Ahora resulta que todo fue culpa mía?
—Yo no dije eso.
—Tú me aseguraste que tu mamá nunca revisaba sus cuentas. Tú me dijiste que ella te había dado acceso desde antes.
—Te dije que iba a resolverlo.
—No. Me dijiste que, si algo salía mal, tu mamá pagaría como siempre.
El silencio que siguió fue absoluto.
Alejandro se quedó mirando el piso.
Yo sentí que una parte de mí se rompía, aunque ya sabía la respuesta.
—¿Eso dijiste?
Él no levantó la mirada.
—Mamá…
—¿Eso dijiste?
—Sí.
Solo una palabra.
Tan pequeña, tan sencilla, que me dolió más que cualquier mentira.
Mariana siguió hablando, como si ya no pudiera detenerse.
—También dijiste que la casa de Lomas de Chapultepec iba a ser nuestra algún día. Que tu mamá no tenía a quién más dejársela. Que ibas a convencerla de venderla y poner
el dinero en el departamento.
Lucía palideció.
Yo me apoyé en el respaldo de una silla.
—¿Qué dijiste?
Alejandro comenzó a llorar.
—No era así.
—Mariana acaba de decir que querías mi casa.
—Yo estaba desesperado.
—¿Y por eso decidiste quedarte con ella?
—No quería perderlo todo.
—Lo que ibas a perder era tu vida, Alejandro. No mi casa.
Mariana se limpió las lágrimas con la mano.
—¿Ves? Eso era lo que yo intentaba evitar. Tú estabas dispuesto a dejar que el banco se quedara con el departamento y luego venir a pedirle perdón. Yo necesitaba resolverlo.
—¿Robándome?
—¡Tú me diste las claves!
Alejandro se volvió hacia ella.
—¡Te di acceso para que revisaras una transferencia, no para que compraras joyas!
—La joyería fue idea tuya.
—Era para venderla.
—No me dijiste eso.
—Porque sabía que te la ibas a quedar.
—¡Era lo único que podía recuperar!
La revelación cayó
sobre la mesa.
Mariana no había comprado los aretes para mí.
Los había adquirido para venderlos después y cubrir parte de las deudas.
Los regalos costosos tampoco eran generosidad.
Eran una forma de justificar los movimientos si yo llegaba a preguntar.
El hotel era distinto.
Ahí estaba la verdadera razón de la cuenta.
—¿Qué pasó en el hotel? —pregunté.
Mariana miró a Alejandro.
Esta vez él sí me miró.
—Nos reunimos con alguien.
—¿Con quién?
—Con el comprador del departamento.
—¿Ya lo estaban vendiendo?
—No habíamos firmado nada.
—Pero ya lo estaban ofreciendo.
—Necesitábamos tiempo.
—¿Y qué tenía que ver el hotel?
Mariana se abrazó a sí misma.
—Ahí nos citaron para decirnos que la deuda era mayor de lo que pensábamos.
—¿Quiénes?
—La persona que nos prestó dinero.
—¿Qué persona?
Alejandro volvió a bajar la vista.
—Un socio de mi trabajo.
—¿Por qué no acudiste al banco?
—Porque ya
tenía otros atrasos.
—¿Qué otros atrasos?
No respondió.
Mariana lo hizo por él.
—Alejandro apostó dinero.
El mundo se quedó quieto.
—¿Qué?
—Primero fueron cantidades pequeñas. Después perdió una inversión. Luego quiso recuperarla y volvió a meter dinero. Cuando nos dimos cuenta, ya no podíamos cubrir nada.
—Eso es mentira —dijo Alejandro.
—¿Ah, sí? Enséñale los mensajes.
—No tienes derecho.
—Tú tampoco tenías derecho a usar su tarjeta.
Lucía se acercó a mí.
—Beatriz, siéntate.
—Estoy bien.
No estaba bien.
Sentía las piernas débiles, pero no iba a caer frente a ellos.
—¿Cuánto perdiste?
Alejandro tardó en contestar.
—Ciento setenta mil pesos.
La cifra se sumó a las otras como una sentencia.
—¿Y cuánto has tomado de mis cuentas?
—No sé.
—¿No sabes?
—Alrededor de doscientos mil.
Mariana soltó una carcajada incrédula.
—No le digas “alrededor”. Fueron más de trescientos.
Alejandro la miró con odio.
—Cállate.
—No. Ya no me voy a callar para protegerte.
—¡Tú fuiste quien me empujó a pedirle más!
—Porque tú me dijiste que tu mamá tenía millones guardados.
Yo cerré los ojos.
Ahí estaba la verdad completa, sin adornos.
Mi hijo había visto mi ayuda como una reserva interminable.
Mariana había convertido esa idea en un plan.
Y ambos habían decidido que yo no tenía derecho a negarme.
—Carlos necesita saber todo —dije.
Alejandro se acercó de golpe.
—Mamá, por favor, no denuncies.
—Voy a aclarar los cargos.
—Si haces eso, voy a perder el departamento.
—El departamento ya está en riesgo.
—Mariana puede ir a la cárcel.
—Ella tomó la tarjeta. Tú abriste la cuenta.
—Fue mi culpa.
—Sí.
La respuesta lo hizo retroceder.
—Pero no quiero destruirlos —continué—. Quiero que se hagan responsables.
—¿Qué significa eso?
—Mañana iré al banco. Después hablaré con un abogado. Si hay cargos que puedan aclararse sin llegar al juzgado, lo haré. Pero si descubren que hubo fraude, no voy a mentir para salvarlos.
Mariana se levantó.
—No puedes hacerme esto.
—Yo no te lo hice. Tú lo hiciste cuando tomaste algo que no era tuyo.
—Soy la madre de tus nietos.
—Y precisamente por ellos debiste enseñarles que las consecuencias existen.
Mariana apretó la bolsa contra el pecho.
—Alejandro, vámonos.
Él no se movió.
—Vete tú —dijo.
Ella lo miró como si acabara de desconocerlo.
—¿Me estás dejando sola?
—No sé qué más hacer.
—¡Siempre soy yo la que carga con todo!
—No. Esta vez vas a cargar con lo que hiciste.
Mariana caminó hacia la entrada.
Antes de salir, se volvió hacia mí.
—Usted cree que ganó porque tiene dinero.
—No gané nada.
—Su hijo nunca va a perdonarla.
Miré a Alejandro.
—Tal vez. Pero prefiero que me odie por poner un límite a que un día me mire desde un juzgado y me pregunte por qué nunca lo detuve.
Mariana salió dando un portazo.
Alejandro permaneció de pie en medio del comedor.
Las luces navideñas se reflejaban en sus ojos húmedos.
Durante varios minutos no dijimos nada.
Después se sentó.
—Mamá, no sé cómo arreglarlo.
—Empieza por decir la verdad completa.
—Ya te la dije.
—No. Me dijiste lo que Mariana te obligó a admitir.
Él apretó las manos.
—¿Qué más quieres saber?
—¿Cuándo empezaste?
—Hace un año.
—¿Y cuándo empezaste a usar mis cuentas?
—Hace seis meses.
—¿Cuántas veces?
—No sé.
—¿Quién tenía acceso?
—Yo.
—¿Mariana?
—Ella tenía mis claves.
—Entonces los dos son responsables.
Alejandro asintió.
—Sí.
—¿Por qué nunca me pediste ayuda?
—Porque sabía que me ibas a decir que no.
—¿Y eso te pareció razón suficiente para robarme?
—No.
—Entonces dime la verdadera razón.
Mi hijo levantó la cara.
—Porque cada vez que me metía en problemas, tú aparecías. Me convencí de que era parte de ser tu hijo. Pensé que tu dinero también era mío.
—No lo era.
—Ya lo sé.
—No. Apenas estás empezando a saberlo.
Capítulo completado
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