## PARTE 2 — Las cuentas que Rodrigo escondía
Yo esperaba encontrar cerca de setecientos noventa mil pesos.
Capítulo 2
## PARTE 2 — Las cuentas que Rodrigo escondía
Yo esperaba encontrar cerca de setecientos noventa mil pesos.
Era el dinero que habíamos juntado durante años: mi sueldo como arquitecta, los bonos de Rodrigo y algunos ahorros que yo había separado antes de casarnos. No era una fortuna, pero representaba nuestras vacaciones canceladas, las reparaciones del carro, las noches trabajando hasta tarde y cada vez que habíamos decidido “aguantar un poco más” para comprar algo mejor.
La pantalla mostró treinta y cuatro mil seiscientos veinte pesos.
—Camila —dije—, falta casi todo.
Ella acercó la computadora.
—Respira. Vamos a revisar los movimientos.
Pasamos horas leyendo las transferencias. Al principio parecían aisladas, incluso razonables.
Doce mil pesos a Esteban.
Veinte mil a Héctor.
Treinta y cinco mil a su madre.
Cincuenta mil otra vez a Esteban.
Ochenta mil a Héctor.
Los conceptos decían: apoyo, préstamo, emergencia, negocio.
—¿Quiénes son Esteban y Héctor? —preguntó Camila.
—Sus primos. Uno vende refacciones y el otro tiene un taller. Eso me decía Rodrigo.
—¿Y
por qué les mandaba dinero?
—Según él, para ayudarlos mientras salían de problemas.
Camila sumó los movimientos. La cantidad superaba los seiscientos cuarenta mil pesos.
Después apareció una tarjeta con más de trescientos mil pesos de deuda. Había hoteles, restaurantes, aparatos electrónicos, retiros y apuestas deportivas.
Me quedé viendo la pantalla hasta que las letras comenzaron a perder forma.
—Él me dijo que esa tarjeta estaba casi vacía.
—¿La usabas tú?
—No. La tenía él.
—¿Sabías de las apuestas?
—Sabía que veía partidos. No sabía que apostaba.
Camila siguió bajando.
Entonces encontró un préstamo personal de cuatrocientos cincuenta mil pesos a nombre de los dos.
—Yo nunca pedí esto —dije.
—¿Rodrigo sí?
—Nunca me lo mencionó.
La firma atribuida a mí aparecía al final. No era mi firma. Ni siquiera se parecía.
Sentí que me faltaba el aire.
—Camila, alguien usó mi nombre.
—Eso parece.
—¿Y ahora qué hago?
—Primero,
no vuelvas sola al departamento. Segundo, habla con el banco. Tercero, deja que yo me encargue de Rodrigo.
—¿Él puede hacer que yo pague todo?
—No si se demuestra que tú no solicitaste ese préstamo. Pero no te voy a mentir: va a ser una pelea.
Mi celular vibró.
Rodrigo llamaba desde otro número.
Camila levantó la mano.
—No contestes.
Contesté.
—Regresa a la casa y hablamos —dijo él.
—No voy a regresar.
—Puedo conseguirle un hotel a tu mamá y se acaba el problema.
—Mi mamá no es el problema.
—Tú estás destruyendo siete años por una discusión.
—Tú golpeaste a mi madre.
—Ya te dije que fue un empujón.
—Y desaparecieron más de seiscientos mil pesos de nuestra cuenta.
Hubo un silencio brusco.
—No sabes de qué estás hablando.
—También hay una deuda de trescientos mil pesos en una tarjeta y un préstamo de cuatrocientos cincuenta mil a
nombre de los dos.
Rodrigo respiró más despacio.
—Camila se está metiendo donde no le importa.
—La llamé porque necesito ayuda.
—Esa mujer quiere quedarse con todo.
—No vuelvas a llamar.
—Si haces esto, te vas a arrepentir.
Colgué.
En ese momento, una notificación apareció en el celular de Camila. Era una imagen de la cámara del edificio. Rodrigo había entrado al departamento. Caminó directo hacia el escritorio y abrió lentamente el mismo cajón que había usado para acusar a Teresa.
Camila acercó la computadora.
Rodrigo metió la mano, se quedó inmóvil y miró hacia la puerta.
Teresa, sentada junto a la ventana del hotel, susurró mi nombre.
—¿Qué pasa, mamá?
Ella no apartó la vista de la imagen.
—No está buscando los diez mil quinientos.
—¿Entonces qué busca?
Teresa apretó los labios. Por primera vez desde la noche anterior, pareció tener más miedo de hablar que de recordar el golpe.
—Yo lo vi sacar el dinero.
Camila dejó la mano sobre el mouse.
—¿Cuándo?
Teresa cerró los ojos.
—Ayer, antes de que ustedes llegaran.
—¿Del cajón? —pregunté.
—Sí. Estaba contando los billetes. Pensé que era dinero de su trabajo. Luego me vio parada en la puerta.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque me dijo que si abría la boca iba a hacer que te corrieran del departamento.
Sentí un frío pesado en el pecho.
—¿Te dijo eso?
—Me dijo: “A usted nadie le va a creer. Mi esposa va a escogerme a mí”.
Camila se inclinó hacia ella.
—Señora Teresa, necesito que me cuente exactamente qué pasó.
Mi madre respiró hondo.
—Me pidió que limpiara el escritorio. Yo estaba quitando el polvo cuando entró. Abrió el cajón, sacó los billetes y los metió en la bolsa de su chamarra. Después dejó todo revuelto. Me preguntó si yo había visto algo. Le dije que sí. Entonces se acercó y me dijo que usted no debía enterarse.
—¿Y luego? —pregunté.
—Luego llegó usted.
Camila miró otra vez la imagen. Rodrigo seguía junto al escritorio. Ahora revisaba el cajón con desesperación, como si esperara encontrar algo que ya no estaba.
—¿Por qué regresó? —pregunté.
Teresa bajó la cabeza.
—Porque cree que yo le quité lo que escondió.
—¿Qué escondió?
Mi madre levantó los ojos.
—No lo sé. Pero antes de que usted entrara, lo escuché hablar por teléfono. Dijo: “Cuando mi esposa se vaya, yo te transfiero lo que falta”.
Camila y yo nos miramos.
—¿A quién le hablaba? —preguntó ella.
—A Esteban. Reconocí el nombre porque Rodrigo lo dijo.
La imagen cambió cuando Rodrigo se acercó a la puerta. Se quedó quieto, mirando hacia el pasillo, y después escribió algo en su celular.
Camila tomó una fotografía de la pantalla.
—Esto prueba que regresó al departamento después de acusar a tu mamá —dijo—. Y tu madre puede declarar lo que vio.
—¿Me va a hacer daño? —preguntó Teresa.
—No si actuamos rápido —respondió Camila.
—Dígale la verdad —dijo mi madre—. Yo no quiero que mi hija siga viviendo con miedo.
Esa frase fue el golpe final. No el de Rodrigo. El de la verdad.
Durante años había creído que mi silencio protegía mi matrimonio. En realidad, mi silencio le había enseñado a Rodrigo que podía cruzar cualquier límite sin perderme.
Camila consiguió que un médico revisara a Teresa ese mismo día. El doctor habló con ella a solas y después salió a explicarme que la lesión no era grave, pero que debía vigilar la inflamación.
—¿Usted desea que la acompañemos a denunciar? —preguntó.
Miré a mi madre.
Teresa asintió.
—Sí.
La palabra salió temblorosa, pero clara.
—Sí, quiero.
Después fuimos con Camila a hablar con el banco. La ejecutiva revisó los movimientos, escuchó mi explicación y comparó la firma del préstamo con otras firmas mías.
—Señora, usted debe desconocer formalmente este préstamo —me dijo—. También vamos a revisar el acceso a la cuenta conjunta.
Capítulo completado
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