El llanto de Natalia no se parecía al de alguien que acababa de ser descubierto.
Capítulo 4
El llanto de Natalia no se parecía al de alguien que acababa de ser descubierto.
Era un llanto agotado, casi silencioso, como si llevara semanas conteniéndolo.
Ricardo y yo nos miramos.
—Voy a llevar a Sofía a la escuela —dijo él.
Natalia no protestó.
Sofía se acercó a su madre.
—¿Estás triste, mami?
Natalia se secó las mejillas y la abrazó.
—Un poquito, mi amor.
—No llores.
Aquello me partió el corazón.
Ricardo ayudó a Sofía a cambiarse. Cuando salieron, yo me quedé con Natalia.
El departamento estaba desordenado de una manera que nunca había sido normal en ella. Había platos acumulados, ropa en el sofá, sobres sin abrir sobre la mesa y bolsas de compras todavía con etiquetas.
—Siéntate —le dije.
—No necesito que me cuides.
—No vine a cuidarte. Vine a escucharte.
Se dejó caer en una silla.
Durante varios minutos no dijo nada.
Finalmente habló.
—No sé cuándo empezó.
—¿Qué cosa?
—Todo.
Me contó que después del divorcio había sentido alivio al
principio. Ella y Ricardo llevaban años discutiendo. Creyó que separarse solucionaría el cansancio.
No ocurrió.
Cuando los niños estaban con ella, sentía que nunca tenía un minuto para sí misma.
Cuando estaban con Ricardo, se sentía culpable por disfrutar el silencio.
Empezó a salir con amigas.
Luego conoció a Mauricio.
—¿Es el hombre del hotel?
Me miró sorprendida.
—Karla me contó.
Natalia bajó la cabeza.
Mauricio tenía cuarenta años, estaba separado y no tenía hijos. Con él, Natalia decía sentirse como la mujer que era antes de convertirse en mamá.
—No quiero abandonar a mis hijos —dijo—. Solo… a veces quiero desaparecer.
La palabra me hizo estremecer.
—Querer unas horas para ti no está mal.
—Entonces ¿por qué todos me miran como si fuera un monstruo?
—Porque no pediste unas horas, Natalia. Dijiste una hora y desapareciste dos días.
—Lo sé.
Era la primera vez que la escuchaba reconocerlo sin
añadir una excusa.
—¿Y el dinero?
Se quedó callada.
—¿Qué pasó con tu renta?
—Gasté demasiado.
—¿En qué?
—Salidas. Ropa. El hotel. Tarjetas.
—¿Cuánto debes?
—No sé exactamente.
—Claro que lo sabes.
—Como setenta mil.
Sentí que me faltaba aire.
—¿Setenta mil pesos?
Asintió.
—¿Por eso me pediste treinta?
—Pensé que con eso podía ponerme al corriente con la renta y pagar una tarjeta.
—¿Y luego?
No respondió.
—¿Mauricio sabe?
—No.
—¿Ricardo?
—No.
—¿Alguien?
Negó con la cabeza.
Entendí entonces que Natalia no solo estaba huyendo de sus hijos.
Estaba huyendo de todo.
De las cuentas.
Del divorcio.
Del cansancio.
De las consecuencias.
Y cada vez que algo la alcanzaba, buscaba a alguien que lo resolviera.
Muchas veces ese alguien había sido yo.
—Voy a ayudarte —dije.
Levantó la mirada.
—¿Me prestas el dinero?
—No.
Su expresión se endureció de inmediato.
—Entonces no digas que vas a ayudarme.
—Pagar tu
deuda no arregla lo que está pasando.
—Para ti es fácil decirlo.
—No. Para mí lo fácil sería darte el dinero, cuidar a los niños cada vez que quieras desaparecer y seguir fingiendo que todo está bien.
—¿Y qué quieres que haga?
—Primero, hablar con Ricardo.
—No.
—Natalia.
—Va a usar esto para quitarme a los niños.
—No si ve que estás tomando responsabilidad.
—No lo conoces.
—Lo conozco desde hace más de diez años.
—Siempre lo preferiste.
—Eso no es verdad.
—Cuando nos divorciamos me preguntaste si estaba segura. Nunca le preguntaste a él.
—Porque tú eres mi hija.
Se quedó callada.
—Necesitas ayuda profesional —continué—. Y necesitas ordenar tus finanzas.
—No estoy loca.
—No dije que lo estuvieras.
—Pues suena así.
—Pedir ayuda no significa estar loca.
Natalia miró hacia la ventana.
—No quiero que los niños sepan.
—No tienen por qué saber detalles. Pero ya saben que algo pasa.
Recordé la pregunta de Mateo.
“¿Te fuiste porque no querías estar con nosotros?”
—Mateo cree que no quieres estar con él.
Natalia cerró los ojos.
—No digas eso.
—Él lo dijo.
Las lágrimas regresaron.
—Yo los amo.
—Entonces demuéstralo quedándote cuando las cosas sean difíciles.
Esa tarde, Ricardo regresó después de recoger a los niños.
Hablamos los tres en la cocina mientras Mateo y Sofía estaban en casa de una vecina de confianza.
Natalia le contó parte de la verdad.
No todo.
Pero suficiente.
Reconoció que había mentido sobre el fin de semana.
Reconoció que había dejado a los niños conmigo sin permiso.
Reconoció que estaba teniendo problemas económicos y que se sentía rebasada.
Ricardo estaba enojado.
Mucho.
Pero no gritó.
—Necesito saber que están seguros cuando están contigo.
—Lo están.
—Sofía faltó hoy porque te quedaste dormida hasta las once.
—Fue una vez.
—Mateo se quedó una hora en la escuela hace un mes.
Natalia lo miró.
—Pensé que no ibas a sacar eso.
—Porque dijiste que no volvería a pasar.
La discusión empezó a subir de tono.
Intervine.
—Esto no se va a resolver contando quién se equivocó más.
Ricardo respiró hondo.
—Propongo que durante unas semanas los niños estén más días conmigo.
Natalia se levantó.
—No.
—Mientras te organizas.
—No me vas a quitar a mis hijos.
—No quiero quitártelos.
—Eso dices.
—Natalia —dije—, escucha.
—¿Tú estás de acuerdo?
No respondí inmediatamente.
Eso bastó.
—Claro.
Tomó su bolsa.
—Los dos ya decidieron que soy una inútil.
—Nadie dijo eso.
—No hace falta.
Salió del departamento.
Ricardo se pasó las manos por la cara.
—Esto es exactamente lo que pasa cada vez.
—Tiene miedo.
—Yo también. Pero tengo miedo por los niños.
No podía discutir con eso.
Durante los días siguientes, Natalia se negó a contestarme.
Ricardo mantuvo a los niños con él de acuerdo con los días que le correspondían.
El viernes por la tarde recibí una llamada de Mateo.
—Abuela, ¿puedo ir contigo mañana?
—Claro.
—¿Mamá está enojada contigo?
La pregunta me sorprendió.
—Tu mamá y yo estamos resolviendo unas cosas.
—Está enojada con papá también.
—Eso es asunto de adultos.
—Dice que ustedes quieren quitarnos de ella.
Sentí un escalofrío.
—¿Te dijo eso?
—La escuché hablando por teléfono.
Cuidé mis palabras.
—Nadie quiere separarlos de tu mamá. Los adultos estamos tratando de que todos estén bien.
—¿Ella está mal?
—Está cansada y necesita ordenar algunas cosas.
—Yo puedo ayudarla.
Me dolió escucharlo.
—No, Mateo. Tú no tienes que arreglar los problemas de los adultos.
—Pero si yo ayudara más con Sofía, mamá no estaría tan cansada.
Cerré los ojos.
Ahí estaba el daño.
Un niño de ocho años creyendo que debía convertirse en adulto para que su madre no desapareciera.
—Escúchame bien —dije—. Tú puedes ayudar a guardar tus juguetes o tender tu cama porque estás aprendiendo. Pero no eres responsable de que tu mamá esté bien. Eso les toca a los adultos.
Mateo guardó silencio.
—¿Seguro?
—Completamente.
El sábado vino con Sofía.
Pasamos un día tranquilo.
Fuimos al parque, hicimos quesadillas y vimos una película.
Por la noche, mientras Sofía dormía, Mateo se acercó con su tableta.
—Abuela, mira.
Era una conversación abierta.
—¿Qué es?
—La tableta estaba en casa de mamá. Tiene sus mensajes porque usa la misma cuenta.
No quería invadir la privacidad de mi hija.
—No debemos leer conversaciones ajenas.
—Pero vi mi nombre.
Me mostró únicamente lo que ya estaba en pantalla.
Era una conversación entre Natalia y Mauricio.
Él había escrito:
“Este fin de semana no quiero planes con niños.”
Natalia respondió:
“Tranquilo, mi mamá siempre se los queda.”
Sentí un golpe en el pecho.
Debajo había otro mensaje.
Mauricio:
“¿Y si te vuelve a reclamar?”
Natalia:
“Se enoja, pero al final siempre dice que sí.”
Mateo me miraba.
—¿Yo soy un problema para mamá?
Apagué la pantalla.
—No.
—Pero ese señor no quiere que vayamos.
—Eso habla de él, no de ti.
—Y mamá dijo que siempre te quedas con nosotros.
No supe qué decir sin mentirle.
Lo abracé.
Aquella noche, después de que se durmió, tomé una decisión.
No iba a seguir cubriendo a Natalia.
Tampoco iba a atacarla.
Iba a poner reglas claras.
El domingo le mandé un mensaje:
“Necesitamos hablar. Sin gritos y sin culpas. Pero esta vez las cosas van a cambiar.”
Respondió casi una hora después.
“¿Qué cosas?”
Escribí:
“Ya no voy a cuidar a los niños sin acordarlo antes. No voy a prestar dinero para cubrir gastos que no conozco. Y no voy a mentir por ti frente a Ricardo ni frente a los niños.”
Los tres puntos de escritura aparecieron y desaparecieron varias veces.
Finalmente llegó su respuesta:
“Entonces ya elegiste.”
Contesté:
“Sí. Elegí dejar de ayudarte de una manera que nos está haciendo daño a todos.”
No respondió.
El lunes por la mañana Natalia apareció en mi trabajo.
Tenía los ojos rojos.
Pensé que venía a discutir.
En cambio, dejó un sobre sobre mi escritorio.
—¿Qué es?
—La verdad.
Dentro había estados de cuenta.
Deudas.
Pagos atrasados.
Reservaciones.
Y algo que no esperaba.
Un contrato de préstamo por ciento veinte mil pesos.
En la parte inferior aparecía mi nombre.
Pero yo jamás había firmado ese documento.
Capítulo completado
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