
Al principio, todo parecía perfecto.
Capítulo 2

Al principio, todo parecía perfecto.
Chloe venía a verme los domingos. Traía flores, me ayudaba con la comida y me preguntaba cómo había estado mi semana.
Dan parecía feliz.
Más feliz de lo que yo lo había visto en mucho tiempo.
Yo pensaba que por fin tendría no solamente un hijo, sino también una hija. Alguien con quien platicar. Alguien que me hiciera compañía cuando Dan no estuviera.
Qué equivocada estaba.
Seis meses después de la boda, Dan llegó a verme un martes por la tarde.
Yo estaba regando las plantas del jardín.
—Mamá, necesito hablar contigo.
Me limpié las manos en el mandil y lo miré.
Tenía la misma expresión que ponía de niño cuando había hecho alguna travesura.
—¿Qué pasa, hijo?
—Chloe y yo estamos buscando un departamento, pero las rentas están carísimas y con mi sueldo apenas alcanzamos para lo básico.
Asentí.
Sabía perfectamente que todo estaba subiendo: la renta, la comida,
los servicios.
—Estábamos pensando —continuó— que quizá podríamos quedarnos contigo un tiempo, nada más mientras juntamos para el depósito de nuestro propio lugar.
Miré a mi hijo.
Al niño que había criado sola.
Al hombre que ahora necesitaba mi ayuda.
¿Cómo iba a decirle que no?
—Claro —respondí—. Esta es tu casa, Dan. Siempre lo será.
Chloe llegó dos días después con tres maletas.
Dan trajo cuatro cajas.
Me dijeron que serían tres meses.
Seis, como máximo.
Les cedí mi recámara.
Era la más grande y tenía baño propio.
Yo me mudé al cuartito que utilizaba como bodega.
—Es temporal —me repetía mientras acomodaba mis cosas—. Nada más unos meses.
Pero los meses pasaron.
Y ellos seguían ahí.
Al principio Chloe ayudaba.
Lavaba algún plato, preguntaba si necesitaba algo de la tienda e incluso cocinaba de vez en cuando.
Después empezaron los comentarios.
—Eleanor, ¿siempre dejas las ollas ahí? Como
que estorban.
—¿No crees que la mesa se vería mejor del otro lado?
—Ese mantel ya está muy viejo, traje uno nuevo, mejor usamos ese.
Yo asentía.
Movía las ollas.
Cambiaba la mesa.
Guardaba mi mantel.
Después llegaron cambios más grandes.
Un día regresé del supermercado y descubrí que Chloe había cambiado todos los muebles de lugar.
Mi mecedora de madera había desaparecido.
Era la mecedora que Robert me regaló cuando nació Dan.
—¿Dónde está mi mecedora?
Chloe ni siquiera levantó la vista del celular.
—¿Esa cosa vieja? La metí al garaje. No combina con nada. Compré un sofá nuevo, mucho más bonito.
Sentí un nudo en la garganta.
Pero no dije nada.
La mecedora de Robert terminó cubierta de polvo.
Después fue la cocina.
Chloe decía que necesitaba modernizarse. Que los azulejos eran feos, que el fregadero estaba rayado.
Dan contrató a alguien.
Pusieron azulejos grises, fregadero de acero
inoxidable y gabinetes blancos.
Cuando terminaron, ya no reconocía mi propia cocina.
—¿Verdad que quedó increíble? —dijo Chloe—. Ahora sí dan ganas de cocinar aquí.
Pero ella casi nunca cocinaba.
Seguía haciéndolo yo.
Desayuno.
Comida.
Cena.
Yo lavaba.
Yo limpiaba.
Los meses se convirtieron en un año y ellos seguían sin buscar departamento.
Un día me atreví a preguntarle a Dan.
—Hijo, ¿han ido a ver algún lugar?
Se puso incómodo.
—Mamá, está muy difícil. Las rentas siguen subiendo. Además, Chloe dice que estamos bien aquí. ¿Para qué tirar dinero pagando renta si podemos ahorrar?
Ahorrar.
Esa era la palabra que siempre utilizaban.
Pero Chloe compraba ropa cada semana.
Dan cambió de carro.
Los fines de semana salían a cenar.
Mientras tanto, yo seguía cocinando, lavando su ropa y recogiendo todo lo que dejaban tirado.
Poco a poco me fui volviendo invisible.
Ya ni siquiera me preguntaban qué quería ver en la televisión.
Ponían lo que ellos querían.
Si llegaban tarde, no avisaban.
Yo abría la puerta.
Calentaba la comida.
Me quedaba despierta esperándolos.
Pero nadie me veía.
Un día Chloe invitó a cuatro amigas.
Llegaron con botellas de vino, riéndose y poniendo música a todo volumen.
Yo estaba preparando la cena cuando una entró a la cocina.
—¿Usted es la mamá de Dan?
—Sí.
—Qué padre que Chloe la tenga aquí para ayudarle con la casa, tiene muchísima suerte.
Tomó agua del refrigerador y salió.
Me quedé inmóvil.
¿Yo ayudándole a Chloe?
En mi casa.
Aquella noche no pude dormir.
A las tres de la mañana salí y encontré botellas vacías, platos amontonados, migajas por todo el piso y manchas de vino sobre el mantel.
Me puse a limpiar.
Cuando terminé ya eran las cinco.
Preparé café y me senté junto a la ventana.
Afuera empezaba a amanecer.
Miré las rosas que yo misma había plantado y el limonero que sembré cuando Dan era pequeño.
Esos árboles sabían quién era yo.
Esas flores sabían quién había cuidado aquella casa durante décadas.
Adentro, en cambio, yo ya era una extraña.
Chloe se levantó cerca del mediodía.
Entró a la cocina en pijama.
—¿Hiciste café?
—Sí, está en la cafetera.
Se sirvió una taza y se sentó mirando su teléfono.
—¿Limpiaste todo lo de anoche?
—Sí.
—Qué bueno, mis amigas dejaron un desastre.
Bebió café.
—Hoy voy de compras con unas compañeras del trabajo, déjale cena a Dan para que no se quede con hambre.
Ni siquiera preguntó si yo tenía planes.
Dejó la taza sobre la mesa y se fue.
Yo lavé la taza.
Como siempre.
Dan llegó a las siete.
—¿Qué hay de cenar, mamá?
—Mole con pollo. Tu favorito.
—Perfecto, me muero de hambre.
Comió dos platos.
Luego vio televisión y se fue a dormir.
Yo terminé de lavar todo casi a las diez de la noche.
Después regresé a mi pequeño cuarto.
El que antes había sido una bodega.
Mis fotografías seguían dentro de una caja porque no había dónde colocarlas.
Mi ropa estaba apretada en un clóset diminuto.
La mecedora de Robert estaba en el garaje.
Mi cocina había cambiado.
Mi sala estaba llena de muebles que yo no había elegido.
Me pregunté qué quedaba de mi casa para mí.
Y la respuesta me dio miedo.
Cada vez quedaba menos.
Chloe empezó a invitar a más gente.
Amigos, compañeros de trabajo, primos.
Un sábado llegaron su hermano, su esposa y sus dos hijos.
Los niños corrieron por toda la casa hasta que rompieron un florero antiguo que había pertenecido a mi mamá.
Cuando le mostré los pedazos a Chloe, se encogió de hombros.
—Son niños, Eleanor. No lo hicieron a propósito. No seas tan dramática.
Recogí los pedazos y los tiré.
Cada vez que intentaba quejarme, Dan decía lo mismo.
—Mamá, Chloe también vive aquí.
—Mamá, no seas tan sensible.
—Mamá, solamente son muebles.
Pero para mí no eran solamente muebles.
Eran treinta años de recuerdos.
Era mi vida.
Y me la estaban quitando pedazo a pedazo.
Una tarde escuché a Chloe hablando por teléfono.
—Sí, es una lata, pero es gratis —decía riéndose—. No pagamos renta, ni servicios, ni prácticamente nada, nada más tengo que aguantar a la viejita.
Sentí que el cuchillo que tenía en la mano se me resbalaba hasta golpear el fregadero.
Chloe ni siquiera lo notó.
Siguió riéndose.
Aquella noche intenté hablar con Dan.
—Hijo, creo que ya es hora de que busquen su propio lugar.
Frunció el ceño.
—Mamá, ya hablamos de esto.
—Es que esta es mi casa y siento que ya no tengo espacio.
Su voz subió.
—¿Cómo que no tienes espacio? Esta casa es enorme. Tienes tu cuarto.
—Mi cuarto era la bodega, Dan.
—Pero es un cuarto. Además nosotros pagamos agua, luz y gas. ¿Cómo pagarías todo eso sin nosotros?
Me quedé callada.
Con mi pensión apenas alcanzaba para mis gastos personales.
—Olvídalo.
—Mamá, somos familia. Y la familia se apoya.
Sí.
La familia se apoya.
Pero empecé a preguntarme quién me estaba apoyando a mí.
Un día Sharon, mi vecina y amiga desde hacía años, vino a tomar café.
Después de observarme un rato me preguntó:
—Eleanor, ¿estás bien?
—Sí, solamente estoy cansada.
Sharon me conocía demasiado bien.
—Te veo más callada, más triste.
No pude seguir fingiendo.
—¿Alguna vez has sentido que ya no importas?
Dejó la taza sobre la mesa.
—Muchas veces. Pero hay algo peor que sentirse sola cuando estás sola, Eleanor.
Me miró fijamente.
—Sentirse sola estando rodeada de gente, porque eso significa que estás con personas que ya no te ven.
Sus palabras me atravesaron.
Eso era exactamente lo que me estaba pasando.
Vivía rodeada de mi propia familia.
Y para ellos, yo ya no existía.
Poco después, Chloe anunció que haría una gran cena por su cumpleaños.
Y aquella fiesta terminaría por demostrarme hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
Capítulo completado
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