Don Roberto dejó caer el documento sobre la mesa.
Capítulo 2
Don Roberto dejó caer el documento sobre la mesa.
Lo hizo con tanta calma que aquel pequeño sonido pareció más fuerte que el golpe que Carlos había dado minutos antes.
Miró primero a su yerno.
Después a Patricia.
—Llegaron demasiado tarde.
Carlos frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?
Don Roberto no apartó la mirada de su hija.
—Esta casa ya fue traspasada.
La expresión de Patricia cambió de inmediato.
—¿Qué?
—Ya le dimos la propiedad a la persona que realmente nos quiere y nos cuida.
Carlos quedó inmóvil.
Patricia dio un paso hacia la mesa.
—Papá, eso no tiene sentido. La casa estaba a tu nombre.
—Estaba.
—¡Somos tus herederos!
Don Roberto soltó una sonrisa triste.
—Eso no te convierte en dueña de lo que todavía es mío.
Patricia descruzó los brazos.
Por primera vez parecía nerviosa.
—No puedes haber hecho una transferencia sin decirnos.
Don Roberto llevó una mano al interior de su saco gris y sacó un
folder azul marino cerrado con un broche dorado.
Lo colocó encima de los documentos que Carlos había llevado.
—No tenía que pedirles permiso.
En ese instante se escuchó girar la cerradura de la puerta principal.
Patricia y Carlos voltearon.
La puerta se abrió y la luz cálida de la tarde entró en el vestíbulo.
Un joven de unos treinta años apareció cargando una pequeña bolsa con medicamentos y otra con alimentos.
Era Mateo.
Vestía ropa sencilla de trabajo.
No llevaba traje.
No conducía un auto de lujo.
Tampoco tenía el apellido de la familia.
Mateo había conocido a Don Roberto seis años antes, cuando el anciano todavía atendía ocasionalmente su pequeño taller mecánico.
Era huérfano y había llegado buscando trabajo.
Don Roberto le dio una oportunidad.
Con el tiempo, aquella relación dejó de ser simplemente la de un patrón y un empleado.
Cuando la salud de Doña Elena comenzó a
complicarse, Mateo era quien llevaba los medicamentos.
Cuando Don Roberto tuvo que acudir al hospital, Mateo pasó noches enteras acompañándolo.
Cuando Patricia empezó a espaciar cada vez más sus visitas porque siempre tenía compromisos sociales, viajes o reuniones, Mateo continuó presente.
Sabía qué medicinas tomaba Doña Elena.
Conocía los horarios de sus consultas.
Acompañaba a Don Roberto en sus caminatas.
Y jamás les había pedido nada a cambio.
Mateo se detuvo al percibir la tensión.
—Buenas tardes.
Carlos soltó una risa amarga.
Miró a Don Roberto y luego señaló al joven.
—No me diga que le dio la casa a este empleado.
Don Roberto no contestó de inmediato.
Carlos levantó la voz.
—¡Esto es absurdo! ¡Ese hombre se aprovechó de ustedes!
Mateo dejó las bolsas sobre una pequeña mesa.
—Yo no les he pedido nada, señor.
—¡Claro que no! —respondió Carlos—. Te quedaste aquí esperando a que dos ancianos te
regalaran lo que no te pertenece.
Don Roberto golpeó suavemente el folder con dos dedos.
—Cuidado con lo que dices.
Carlos volteó hacia él.
—Roberto, usted no está pensando con claridad.
—Estoy más lúcido que nunca.
Patricia abrió rápidamente el folder.
Sus manos comenzaron a temblar mientras leía.
Había sellos oficiales.
Firmas.
Documentos notariales.
Evaluaciones médicas.
Todo estaba perfectamente en orden.
—¿Quién hizo esto?
—El doctor Morales.
Carlos palideció.
Conocía el nombre.
Era un abogado respetado, y además alguien que su propia familia conocía desde hacía años.
—La transferencia se hizo hace seis meses —continuó Don Roberto—. Antes de firmar, dos médicos certificaron que estoy en plena capacidad de tomar decisiones. Después se formalizó todo ante notario.
Patricia siguió pasando las páginas.
Entonces encontró la cláusula más importante.
La mansión había sido transferida formalmente a una fundación.
Mateo figuraba como administrador legal y usufructuario vitalicio, bajo condiciones muy específicas.
Don Roberto y Doña Elena conservarían el derecho absoluto de vivir allí mientras estuvieran con vida.
La casa no podría venderse durante ese periodo.
Y después de la muerte de ambos, la propiedad tendría que convertirse en un hogar destinado a personas mayores en situación de abandono o vulnerabilidad.
Patricia levantó la cabeza.
—¿Le entregaste todo a él?
Mateo intervino.
—Yo tampoco sabía que habían tomado esa decisión hasta que Don Roberto me explicó las condiciones.
Carlos caminó hacia él.
—No te hagas el inocente.
Mateo no retrocedió.
—No necesito esta casa.
—Entonces renuncia a ella.
—No puedo renunciar a una responsabilidad que acepté para protegerlos.
Aquella frase terminó de encender a Carlos.
Pero Patricia ya casi no lo escuchaba.
Seguía leyendo desesperadamente los documentos, buscando un error.
Una firma incorrecta.
Una fecha.
Cualquier cosa.
No encontró nada.
Don Roberto la observaba desde el otro lado de la mesa.
Había esperado mucho tiempo aquel momento.
No para humillarla.
Sino porque necesitaba que su hija entendiera que no había descubierto su plan aquella tarde.
Lo sabía desde hacía meses.
Y todavía faltaba revelar la parte más dolorosa de toda aquella traición.
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