Patricia mantenía el folder abierto frente a ella.
Capítulo 3
Patricia mantenía el folder abierto frente a ella.
El enojo había desaparecido de su rostro.
Ahora había miedo.
Don Roberto decidió entonces contarles lo que sabía.
Meses atrás, Patricia había comenzado a mostrar un interés extraño por los documentos de sus padres.
Preguntaba por escrituras.
Estados de cuenta.
Seguros.
Impuestos.
El valor actual de la casa.
Al principio, Doña Elena creyó que su hija simplemente intentaba ayudarlos.
Pero Don Roberto no tardó en sospechar.
Con ayuda de Mateo y del doctor Morales, comenzó a investigar discretamente la situación financiera de Carlos.
Lo que encontraron fue mucho peor de lo esperado.
Carlos había acumulado deudas enormes después de invertir dinero en negocios especulativos y operaciones extremadamente arriesgadas.
La empresa de importaciones de la que tanto presumía frente a familiares y amigos apenas sobrevivía.
Muchos de sus bienes ya estaban comprometidos.
Sus acreedores estaban perdiendo la paciencia.
Y la casa de Don Roberto y Doña Elena era la última gran
propiedad que podían intentar convertir en dinero antes de que todo se derrumbara.
Pero lo más doloroso fue descubrir que Patricia sabía perfectamente lo que estaba pasando.
No había sido engañada por su marido.
Había participado en el plan.
Ella misma había empezado a recopilar información sobre la propiedad.
Doña Elena dejó de llorar.
Miró fijamente a su hija.
—Entonces era por eso.
Patricia permaneció en silencio.
—¿Qué cosa? —preguntó finalmente.
—Tus visitas.
Patricia apretó los labios.
Doña Elena dejó el pañuelo sobre sus piernas.
—Pensé que venías porque nos extrañabas.
Su voz era baja, pero cada palabra parecía golpear más fuerte que un grito.
—Cada vez que llegabas los fines de semana y te sentabas conmigo a tomar café, yo pensaba que todavía querías pasar tiempo con tu madre.
Patricia bajó la mirada.
—Mamá...
—Pero no venías a verme.
Doña Elena observó la sala.
—Venías a calcular cuánto valía
todo esto.
Patricia respiró profundamente.
—No entiendes la situación en la que estamos.
Don Roberto intervino.
—La entendemos perfectamente.
Carlos se acercó.
—Esto no es tan sencillo como ustedes creen.
—Sí lo es —respondió Don Roberto—. Tenías deudas y necesitabas dinero. Y nuestra casa te pareció la solución más fácil.
Carlos apretó la mandíbula.
—No tienen idea de cuánto está en juego.
—Entonces debiste pensar en eso antes de apostar lo que no tenías.
Patricia levantó la voz.
—¡Somos familia!
Don Roberto la miró fijamente.
—Precisamente.
El silencio volvió a apoderarse de la habitación.
—Pensaste que porque somos tus padres íbamos a permitir cualquier cosa con tal de no perderte —continuó—. Pensaste que nuestra edad nos había vuelto débiles.
Patricia no respondió.
—El respeto no se consigue con chantajes ni con documentos preparados para engañar a dos personas mayores. El respeto se construye. Y tú lo destruiste el día que
le pusiste precio a nuestra casa.
Carlos, desesperado al comprender que había perdido su último salvavidas financiero, volteó hacia Mateo.
—Todo esto es culpa tuya.
Caminó hacia él.
—Les llenaste la cabeza para quedarte con la propiedad.
Mateo permaneció inmóvil.
—Yo nunca les pedí un centavo.
—¡Mentiroso!
—Llegué aquí para trabajar —respondió Mateo—. Y lo único que les he dado es el respeto que habría querido darle a mis propios padres si la vida no me los hubiera quitado.
Carlos se quedó callado.
Mateo continuó.
—No me interesan estas paredes. Me interesa que ellos puedan vivir tranquilos mientras estén aquí.
Don Roberto se puso de pie lentamente.
Apoyó una mano en el borde de la mesa.
Aunque los años habían encorvado un poco su espalda, aquella tarde su presencia llenó la habitación.
Señaló la puerta.
—Se acabó.
Patricia lo miró.
—Papá...
—Los documentos que trajeron no sirven para nada.
Carlos quiso intervenir.
—Roberto...
—Quiero que salgan de mi casa.
Patricia permaneció inmóvil.
Quizá esperaba que su madre intercediera.
Doña Elena no lo hizo.
Carlos tomó sus papeles con furia.
Caminó hacia la puerta.
Patricia lo siguió lentamente.
Antes de salir, volteó una última vez.
Sus padres permanecían juntos.
No había satisfacción en sus rostros.
Solo una tristeza profunda.
Pero tampoco iban a detenerla.
La puerta se cerró.
Carlos y Patricia salieron de la casa con mucho menos orgullo del que habían mostrado al entrar.
Las semanas siguientes terminaron de derrumbar aquello que ambos habían intentado ocultar.
Sin la mansión para ofrecerla como respaldo, los acreedores de Carlos iniciaron acciones legales.
Perdieron vehículos de lujo.
Después perdieron la residencia donde vivían.
La imagen de éxito que habían construido durante años desapareció con una velocidad brutal.
Patricia tuvo que comenzar prácticamente desde cero.
Intentó enviar mensajes a sus padres.
También algunas cartas.
Pero una herida como aquella no podía resolverse con disculpas apresuradas.
Don Roberto y Doña Elena no buscaban castigarla.
Simplemente necesitaban tiempo.
Y necesitaban comprobar que cualquier arrepentimiento futuro naciera del corazón y no de la necesidad económica.
Mientras Patricia enfrentaba las consecuencias de sus decisiones, algo completamente distinto comenzaba a ocurrir dentro de la mansión.
Don Roberto y Mateo empezaron a preparar varias habitaciones de la planta baja.
Doña Elena eligió cortinas.
Se repararon baños.
Se instalaron pasamanos.
Poco a poco, aquella casa que Patricia solo había visto como una fortuna comenzó a transformarse en algo que valía mucho más.
Un lugar para personas mayores que no tenían a nadie.
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