Teresa cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella.
Capítulo 2
Teresa cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella.
Afuera, Mateo seguía hablando.
—Mamá, abre. No hagamos esto peor.
Teresa no respondió.
Caminó hasta el comedor, dejó las llaves inútiles de su carro sobre la mesa y abrió el correo que acababa de recibir de Autos del Valle.
Había cuatro archivos adjuntos.
El primero era una copia de su identificación oficial.
El segundo, una carta de autorización.
El tercero, un contrato de compraventa.
El cuarto, el comprobante de transferencia.
Teresa abrió la carta.
Su nombre estaba escrito al final.
TERESA GUTIÉRREZ SALAZAR.
Debajo aparecía una firma.
Se parecía a la suya.
Eso fue lo peor.
No era una garabato improvisado. Alguien había intentado copiarla.
Teresa amplió la imagen.
Durante años había firmado documentos frente a Mateo: autorizaciones escolares de los nietos, recibos, contratos de reparación de la casa, papeles del seguro. Además, él tenía una carpeta con copias de varios documentos porque meses antes había ayudado a Teresa a
renovar una póliza.
Sintió un escalofrío.
La puerta volvió a sonar.
—Mamá.
Esta vez era la voz de Mateo.
—Necesito que me digas la verdad —contestó Teresa desde el comedor.
—Te la estoy diciendo.
—Entonces entra solo.
Hubo una pausa.
—Sofía también quiere hablar.
—Solo tú.
Un minuto después, Mateo entró. Sofía se quedó afuera.
Teresa había colocado los documentos sobre la mesa.
—Siéntate.
—Mamá...
—Siéntate.
Mateo obedeció.
Teresa giró la computadora hacia él.
—¿Esta firma la hiciste tú?
—No.
—Mírame.
Mateo levantó la vista.
—Yo no falsifiqué tu firma.
—¿Sofía?
—No sé.
Teresa sintió una punzada.
—¿No sabes?
—Ella llevó algunos papeles.
—¿Qué papeles?
—La copia de tu identificación y la factura.
—¿De dónde sacó la factura?
Mateo tardó demasiado en contestar.
—De tu archivo.
Teresa se levantó.
—¿Entraron a mi estudio?
—Mamá, yo tengo llave.
—Te di una llave para emergencias.
—Solo necesitábamos los documentos.
—¿Necesitaban?
—Yo pensé
que después te explicaríamos.
Teresa se quedó mirándolo.
—Vendieron el carro primero y pensaban explicármelo después.
Mateo apretó las manos.
—Estábamos muy presionados.
—¿Por qué?
—La camioneta anterior empezó a fallar.
—No tenían camioneta anterior.
—El coche de Sofía.
—Entonces reparaban el coche de Sofía.
—Costaba demasiado.
Teresa negó con la cabeza.
—Eso no explica por qué tomaron el mío.
Mateo se levantó.
—Porque no nos alcanzaba para el enganche.
Por fin.
Una respuesta honesta.
—¿Cuánto les dieron por mi carro?
—Ciento ochenta mil pesos.
Teresa abrió el comprobante.
—Aquí dice doscientos diez mil.
Mateo se quedó inmóvil.
Teresa volvió a mirar la pantalla.
—La transferencia fue por doscientos diez mil pesos a una cuenta de Sofía.
—Yo creí que habían sido ciento ochenta.
—Pues ya aprendimos algo los dos.
Mateo tomó el celular.
—Voy a hablar con ella.
—No.
—Mamá...
—Siéntate.
Teresa abrió el contrato de la camioneta que
había encontrado en una fotografía que Sofía mandó al grupo familiar esa mañana. Había ampliado una esquina donde aparecía el precio.
—¿Cuánto costó?
—Ochocientos veinte mil.
—¿Y cuánto dieron de enganche?
—Doscientos cincuenta.
—Entonces faltan cuarenta mil.
—Los pusimos nosotros.
Teresa lo observó.
—¿Y los treinta mil que faltan entre lo que te dijo Sofía y lo que realmente pagaron por mi carro?
Mateo no contestó.
Teresa respiró lentamente.
—Llama a tu esposa.
Sofía entró unos minutos después.
Ya no tenía los brazos cruzados. Parecía molesta.
—¿Qué pasa ahora?
Teresa señaló la computadora.
—Mi carro se vendió en doscientos diez mil pesos.
Sofía no reaccionó.
—Sí.
Mateo se volvió hacia ella.
—Me dijiste ciento ochenta.
—Porque hubo gastos.
—¿Qué gastos? —preguntó Teresa.
—Gestoría, comisión, cosas del trámite.
—El contrato dice que el comprador pagó los gastos de transferencia.
Sofía se quedó callada.
—¿Dónde están los treinta mil pesos?
—No tengo que darte explicaciones de cada peso.
Teresa sintió que algo dentro de ella se acomodaba.
Ya no estaba discutiendo con una nuera insolente.
Estaba hablando con alguien que había recibido dinero por la venta de un bien ajeno.
—Sí tienes que hacerlo —dijo—. Era mi dinero.
Mateo se puso de pie.
—Sofía, contesta.
—Los usé para pagar unas tarjetas.
—¿Qué tarjetas?
—Las nuestras.
Mateo abrió los ojos.
—¿Qué tarjetas?
Sofía lo miró con fastidio.
—No empieces tú también.
—¿Cuánto debemos?
—Eso no importa ahora.
—Claro que importa.
Teresa se quedó en silencio.
La discusión cambió de dirección frente a ella.
Mateo comenzó a preguntarle a Sofía por compras, pagos atrasados y estados de cuenta. Sofía respondía a medias. Cada respuesta abría otra pregunta.
Finalmente, Teresa intervino.
—¿Cuánto deben?
Sofía tomó aire.
—No sé exactamente.
—Una cifra aproximada.
—Como ciento veinte mil.
Mateo se llevó las manos a la cabeza.
—Me dijiste que eran cuarenta.
—Porque iba a pagarlo.
—¿Con qué?
Sofía señaló la camioneta.
—Mateo, ya tenemos el vehículo. Podemos trabajar, movernos, hacer todo.
Teresa no podía creerlo.
—¿Compraron una camioneta de ochocientos veinte mil pesos mientras deben ciento veinte mil en tarjetas?
Sofía levantó la barbilla.
—No es asunto tuyo.
—Se convirtió en asunto mío cuando pagaste tus tarjetas con mi carro.
Mateo caminó hacia la ventana.
Por primera vez parecía realmente asustado.
—¿Cuánto pagamos al mes por la camioneta?
Sofía no respondió.
—Sofía.
—Diecisiete mil quinientos.
Mateo se giró.
—Me dijiste trece.
—Con el seguro cambia.
—¿Cuánto debemos entre todo?
—Ya te dije.
—No, me dijiste las tarjetas.
Teresa vio a Sofía tensarse.
—Hay un préstamo.
Mateo cerró los ojos.
—¿Qué préstamo?
—Uno personal.
—¿De cuánto?
—Doscientos mil.
La habitación quedó en silencio.
Teresa miró a su hijo.
La cara de Mateo había perdido todo color.
—¿A nombre de quién? —preguntó.
Sofía tardó en responder.
—Mío.
Mateo se acercó.
—Enséñame.
—No tengo por qué.
—Soy tu esposo.
—Y yo manejo mis cosas.
Teresa soltó una risa amarga.
—Curioso. Tus cosas son privadas, pero las mías son familiares.
Sofía la fulminó con la mirada.
—Todo esto se está saliendo de control por un carro que casi no usabas.
Teresa cerró la computadora.
—No. Esto se salió de control cuando decidieron que podían entrar a mi casa, sacar mis documentos, copiar mi firma, vender mi carro y quedarse con el dinero.
—Yo no copié tu firma.
—Entonces dime quién lo hizo.
Sofía guardó silencio.
Mateo la miró.
—¿Quién firmó?
—El vendedor dijo que podía arreglarlo.
—¿Qué significa arreglarlo?
—Que no necesitábamos que Teresa fuera personalmente.
Teresa sintió un frío recorrerle la espalda.
—¿Le dijiste que yo había autorizado la venta?
Sofía apartó la mirada.
Eso fue suficiente.
—Voy a denunciarlo.
Mateo reaccionó de inmediato.
—Mamá, no.
—¿Por qué no?
—Porque Sofía puede meterse en un problema serio.
Teresa lo miró durante varios segundos.
—¿Y eso te preocupa más que lo que me hicieron?
—No dije eso.
—Es exactamente lo que dijiste.
Mateo bajó la voz.
—Hay niños de por medio.
—También había una madre de por medio cuando vendieron mi carro.
Sofía tomó su bolsa.
—Si quieres destruir a tu propia familia por dinero, adelante.
Teresa se levantó.
—No uses esa frase conmigo.
—Es la verdad.
—No. La verdad es que ustedes tomaron una decisión porque creyeron que yo iba a aguantarme.
Sofía caminó hacia la puerta.
—Haz lo que quieras.
—Eso voy a hacer.
Cuando Sofía salió, Mateo se quedó.
—Mamá, dame unos días.
—¿Para qué?
—Voy a vender la camioneta.
Teresa miró por la ventana.
—¿Y devolverme los doscientos diez mil?
—Sí.
—¿Y corregir la documentación?
—Sí.
—¿Y decirme quién falsificó la firma?
Mateo guardó silencio.
Teresa asintió.
—Entonces todavía no estás dispuesto a decirme la verdad.
—No quiero perder a mi familia.
—Yo también soy tu familia.
La frase hizo que Mateo bajara la cabeza.
Teresa recogió los documentos y los guardó en una carpeta.
—Tienes hasta mañana a las diez.
—¿Para qué?
—Para traerme toda la documentación de la venta, el contrato de la camioneta y la información de la cuenta donde depositaron mi dinero.
—¿Y si lo hago?
—Entonces decidiré qué sigue.
Mateo caminó hacia la puerta.
Antes de salir, Teresa añadió:
—Y no vuelvas a entrar a mi casa con la llave que tienes.
Mateo se detuvo.
—Mamá...
—Déjala sobre la mesa.
Él sacó el llavero del bolsillo.
La pequeña llave cayó sobre la madera con un sonido seco.
Después se fue.
Teresa esperó hasta escuchar cerrarse la puerta.
Entonces fue a su estudio.
Abrió el archivero.
La carpeta del carro estaba fuera de lugar.
También faltaba una copia de la escritura de la casa.
Teresa dejó de respirar por un segundo.
Revisó otra vez.
Nada.
La escritura no estaba.
Sacó el celular y llamó a Mateo.
Él contestó enseguida.
—¿Qué pasó?
—Falta la copia de la escritura de mi casa.
Silencio.
—Mateo.
—Yo no la tomé.
Teresa miró el cajón abierto.
—Pregúntale a Sofía.
—Mamá...
—Pregúntale ahora.
Mateo no respondió.
Teresa cerró los ojos.
El carro ya no era el problema más grande.
Era simplemente la primera cosa que había descubierto.
Capítulo completado
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