—Fiona...
Capítulo 7
—Fiona...
—rugí—. ¿Dónde estás?
Su risa llegó por el altavoz.
—Donde siempre debí haber estado, cariño.
El eco de sus tacones resonaba sobre piedra.
—En la tumba de tu querida madre.
Arthur activó una cámara.
Allí estaba Fiona.
Ya no llevaba vestido de novia.
Vestía un mono táctico negro bajo una gabardina oscura.
En la mano sostenía una palanca.
A sus pies, la tumba de mi madre estaba abierta.
Dentro brillaba una caja de seguridad.
—Julian Croft me prometió el treinta por ciento del consorcio si le entregaba el certificado original de cesión de derechos.
Fiona sonrió a la cámara.
—Y solo se necesita la huella de un descendiente directo de Eleanor Croft para abrir esta caja.
Mi padre quedó completamente inmóvil.
Fiona continuó:
—Tengo hombres rodeando el cementerio, Thomas.
Su sonrisa desapareció.
—Si no traes a tu hijo aquí en los próximos quince minutos para que ponga su pulgar en
el escáner, destruiré la tumba de tu esposa.
La comunicación se cortó.
Nadie habló.
Miller tomó su radio.
Mi padre lo detuvo.
—No llames a nadie.
—Thomas...
—Si envías sirenas, actuará antes de que crucen la verja.
Mi padre caminó hacia un armario.
Lo abrió.
Sacó dos abrigos impermeables.
Después abrió una caja metálica.
Dentro había armas.
Tomó una.
Me ofreció la otra.
—Papá...
Miré el metal.
—Nunca he disparado contra una persona. Soy analista financiero. Arreglo coches contigo.
Mi padre me miró directamente a los ojos.
—Esta noche no eres un analista, Blake.
Su voz no tembló.
—Tampoco eres el hijo ingenuo de un mecánico al que esas hienas pensaban pisotear para robarle la herencia de su madre.
Cargó su arma.
—Eres un Henderson.
Me puso una mano sobre el hombro.
—Y los Henderson protegemos a los nuestros hasta el último aliento.
Se volvió hacia Arthur.
—Activa el protocolo
Cero sobre las cuentas de Julian Croft en Zúrich y Singapur.
Arthur comenzó a trabajar.
—Ejecutando.
Papá cerró la caja.
—Vamos, hijo.
Subimos las escaleras.
La tormenta rugía encima del taller.
Afuera, los motores de los blindados comenzaron a encenderse.
Subí al vehículo junto a mi padre.
La comitiva salió hacia Mount Hope.
Las luces permanecieron apagadas mientras avanzábamos a través de la noche.
Ya no estaban en juego millones.
Ni empresas.
Ni puertos.
Ni un apellido.
Estaba en juego la última cosa que aquella gente todavía no había logrado comprar.
La memoria de mi madre.
Mi padre miraba al frente.
Las manos que durante toda mi infancia había visto cubiertas de grasa ahora permanecían inmóviles sobre sus rodillas.
Yo pensé en Fiona.
En su sonrisa durante la boda.
En sus lágrimas falsas bajo la lluvia.
En la mentira del embarazo.
En todas las noches en las que me había
dicho que me amaba.
Y entonces entendí que nunca había conocido realmente a la mujer con la que había estado a punto de casarme.
El convoy aceleró hacia las colinas de Mount Hope.
A nuestro alrededor, la tormenta cubría Boston.
Mi padre no apartó los ojos del camino.
Yo tampoco.
La boda había terminado.
Pero la verdadera batalla apenas comenzaba.
— Fin —
Capítulo completado
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