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MI HIJA DEJÓ A SUS HIJOS CONMIGO POR UNA HORA Y DESAPARECIÓ DOS DÍAS
Capítulo 1 / 7

Capítulo 1

UNA HORA QUE SE CONVIRTIÓ EN DOS DÍAS

969 palabras

El viernes, a las cinco y cuarto de la tarde, Natalia llegó a mi departamento con Mateo y Sofía de la mano y una sonrisa demasiado apresurada.

—Mamá, ¿me los cuidas una hora? Tengo que resolver algo y regreso enseguida.

Ni siquiera esperó a que yo terminara de preguntar qué tenía que resolver. Mateo, de ocho años, traía su mochila de la escuela. Sofía, de seis, abrazaba un conejo de peluche contra el pecho. Los dos seguían con la ropa que habían usado durante el día.

—¿Una hora nada más? —pregunté.

—Sí, máximo hora y media. Te lo prometo.

Natalia me dio un beso rápido en la mejilla, besó a los niños y salió casi corriendo.

No llevaba maleta para ellos. No dejó pijamas, cepillos de dientes, ropa interior ni una muda de ropa. Tampoco comida, aunque eso no me preocupó demasiado. Yo tenía suficiente en casa y, después de todo, era solamente una hora.

A las seis y media calenté la cena.

A las siete y media le escribí.

“¿Ya vienes?”

No respondió.

A las ocho

y cuarto llamé. El teléfono sonó hasta mandar la llamada al buzón.

—¿Mi mamá tarda mucho? —preguntó Sofía.

—No, mi amor, seguramente ya viene.

Mentí porque no quería preocuparla.

A las nueve y media volví a llamar. Nada.

Entonces revisé la mochila de Mateo buscando, al menos, algo que pudiera servirles para pasar la noche. Encontré cuadernos, colores, una botella de agua vacía y una sudadera. Nada más.

—Abuela, creo que vamos a dormir aquí —dijo Mateo con una naturalidad que me inquietó.

—¿Por qué dices eso?

Se encogió de hombros.

—Porque mamá a veces dice una hora y tarda mucho.

Me quedé mirándolo.

Aquella frase me dolió más de lo que esperaba.

Busqué dos camisetas mías para que durmieran. A Sofía le quedaba como vestido y a Mateo casi le llegaba a las rodillas. Les presté cepillos nuevos que tenía guardados y acomodé cobijas en la recámara de visitas.

Antes de dormir, Sofía volvió a preguntar por su mamá.

—¿Está enojada con nosotros?

—Claro que no.

—Entonces, ¿por qué no viene?

No supe qué contestar.

A las once y cuarenta Natalia finalmente leyó mis mensajes.

No respondió.

La llamé de inmediato.

Rechazó la llamada.

Sentí cómo se me calentaba la cara.

“Natalia, dime por lo menos si estás bien. Los niños están preguntando por ti.”

Nada.

Dormí poco. Cada vez que escuchaba un carro en la calle pensaba que era ella.

A las seis de la mañana del sábado, Mateo ya estaba despierto.

—Abuela, hoy tengo entrenamiento.

Yo no sabía nada.

—¿A qué hora?

—A las nueve.

—¿Y dónde?

Me dio el nombre del deportivo. Quedaba a cuarenta minutos de mi casa.

Volví a llamar a Natalia.

Nada.

Tuve que cancelar mis planes de trabajo de esa mañana, prepararles desayuno, conseguir ropa limpia y llevar a Mateo al entrenamiento.

Mientras él jugaba, Sofía se quedó sentada junto a mí con la misma ropa del viernes, salvo por una sudadera que yo le había comprado de camino.

A mediodía Natalia mandó por fin un mensaje.

“Estoy bien, luego te explico.”

Eso fue todo.

La llamé.

No contestó.

“Natalia, esto no es una explicación. Dijiste una hora. Tus hijos necesitan ropa y necesito saber cuándo vas a venir.”

El mensaje quedó leído.

A las cuatro de la tarde recibí una respuesta.

“Relájate, mamá, están contigo.”

Me quedé mirando esas cuatro palabras.

Están contigo.

Como si eso resolviera todo.

Como si ser su abuela significara que mi tiempo no importaba.

Como si mis compromisos pudieran desaparecer porque Natalia había decidido desaparecer también.

Aquella noche tuve que lavar a mano la ropa de los niños para que pudieran usarla otra vez al día siguiente. Mientras colgaba la camiseta de Mateo en el baño, él apareció detrás de mí.

—Perdón, abuela.

Me volteé.

—¿Por qué me pides perdón?

—Porque estás cansada.

Sentí un nudo en la garganta.

—Tú no tienes que pedirme perdón por nada.

Lo abracé.

El domingo por la mañana seguíamos sin saber cuándo regresaría Natalia.

Ya habían pasado más de cuarenta horas.

A las doce y veinte escuché por fin una llave intentando entrar en la cerradura.

Abrí antes de que pudiera hacerlo.

Natalia estaba ahí.

Perfectamente arreglada.

Cabello limpio, maquillaje, pantalón oscuro, abrigo color camel y el celular en la mano.

No parecía una mujer que hubiera pasado dos días resolviendo una emergencia.

Parecía alguien que acababa de tener un fin de semana tranquilo.

—Hola, mamá —dijo, como si hubiera salido a comprar café.

No me moví de la puerta.

—Dijiste una hora, Natalia, llevas dos días sin venir por tus hijos.

Su expresión cambió inmediatamente. No a vergüenza. A fastidio.

—Mamá, necesitaba descansar, tampoco fue para tanto.

Por un segundo pensé que había escuchado mal.

—¿Descansar?

—Sí. Estaba agotada. Necesitaba desconectarme.

Señalé hacia la sala. Mateo y Sofía estaban sentados en el sofá, mirándonos en silencio.

—Yo también trabajo, ni siquiera dejaste ropa para los niños.

Natalia soltó aire por la nariz y acomodó la correa de su bolsa.

—Son tus nietos, pensé que agradecerías pasar tiempo con ellos.

Aquello terminó de romper algo dentro de mí.

No levanté la voz.

No necesitaba hacerlo.

—Adorarlos no te da derecho a desaparecer dos días.

Natalia cruzó los brazos.

—Pues la próxima vez buscaré a alguien que no se queje tanto.

Detrás de mí escuché un pequeño ruido.

Mateo estaba de pie.

Había escuchado todo.

Natalia también lo vio.

Por primera vez desde que llegó, su seguridad vaciló.

Mateo no corrió hacia ella.

No sonrió.

Solo preguntó:

—Mamá, ¿te fuiste porque no querías estar con nosotros?

El rostro de Natalia perdió el color.

Y en ese instante entendí que el verdadero problema no era dónde había estado durante dos días.

Era cuánto tiempo llevaba haciendo que sus hijos se sintieran como una carga.

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