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MI HIJA DEJÓ A SUS HIJOS CONMIGO POR UNA HORA Y DESAPARECIÓ DOS DÍAS
Capítulo 2 / 7

Capítulo 2

LA PREGUNTA QUE NATALIA NO PUDO CONTESTAR

1454 palabras

Natalia abrió la boca, pero durante varios segundos no salió ninguna palabra.

Mateo seguía de pie detrás de mí, con los brazos pegados al cuerpo y la mirada fija en su madre.

—Claro que quería estar con ustedes —dijo finalmente Natalia—. Solo necesitaba descansar un poquito.

Mateo frunció el ceño.

—Pero dijiste que era una hora.

—Ya sé, mi amor.

—Y fueron dos días.

Natalia me lanzó una mirada, como si yo hubiera puesto esas palabras en la boca de su hijo.

—Mateo, ve por tus cosas —ordenó—. Ya nos vamos.

—No le hables así —dije.

—Mamá, no empieces.

—No estoy empezando nada. Él te hizo una pregunta.

Sofía apareció detrás de su hermano abrazando el conejo de peluche. Cuando vio a Natalia, caminó hacia ella, pero no con la emoción que yo esperaba. Se acercó despacio.

—Mami, ¿hoy sí vamos a dormir en la casa?

Natalia se agachó y la abrazó.

—Sí, preciosa.

—¿Y mañana vas a estar?

—Claro.

Sofía pareció

conformarse, pero Mateo no.

Fue por su mochila sin decir nada.

Yo recogí las camisetas que les había prestado y las metí en una bolsa. También puse los cepillos de dientes que había comprado y la sudadera nueva de Sofía.

Natalia observó la bolsa.

—No era necesario comprarles cosas.

La miré incrédula.

—No trajiste nada.

—Porque iba a ser una hora.

—Entonces debiste regresar en una hora.

Volvió a poner esa expresión de fastidio.

—Ya te expliqué que necesitaba descansar.

—No, Natalia. Me dijiste que necesitabas descansar. Eso no explica por qué apagaste el teléfono, por qué rechazaste mis llamadas ni por qué dejaste a tus hijos sin ropa durante dos días.

—Estás haciendo un drama enorme.

—¿Dónde estuviste?

La pregunta quedó entre nosotras.

Natalia miró a los niños.

—Eso no importa.

—Importa cuando me dejas a tus hijos y desapareces.

—No desaparecí. Te escribí.

Solté una risa seca.

—Después

de casi veinte horas me escribiste “estoy bien”. Luego me dijiste que me relajara.

—Porque sabía que estaban seguros contigo.

Ahí estaba otra vez.

La misma justificación.

Conmigo estaban seguros, así que ella podía hacer lo que quisiera.

—No vuelvas a hacerlo —dije.

Natalia levantó las cejas.

—¿Qué?

—No vuelvas a dejarme a los niños diciéndome una hora si no sabes cuándo vas a regresar.

—Está bien.

Lo dijo demasiado rápido.

—Y si no contestas el teléfono durante horas, no voy a seguir fingiendo que es normal.

—Está bien, mamá.

—Te estoy hablando en serio.

—Ya te escuché.

Tomó las mochilas y llamó a los niños.

Antes de salir, Mateo se acercó y me abrazó fuerte.

—Gracias, abuela.

—Cuando quieras, mi amor.

Natalia escuchó.

—¿Ves? —dijo—. Ellos estuvieron felices.

No respondí.

Cerré la puerta cuando se fueron y me apoyé contra ella.

La casa quedó en silencio.

Por primera vez

en dos días podía escuchar mi propia respiración.

Me dolían las piernas. Tenía trabajo atrasado. Había cancelado una cita y una reunión. Pero nada de eso me preocupaba tanto como la expresión de Mateo cuando preguntó si su madre se había ido porque no quería estar con ellos.

Durante años había justificado a Natalia.

Desde que se separó de Ricardo, el padre de los niños, yo había tratado de ayudarla todo lo posible.

Cuando tenía una junta, yo recogía a los niños.

Cuando se enfermaban, yo los cuidaba.

Cuando necesitaba salir temprano, yo preparaba desayunos.

Cuando tenía problemas de dinero, yo pagaba alguna actividad escolar.

Nunca lo vi como una carga.

Eran mis nietos.

El problema era que Natalia había empezado a confundir mi amor con disponibilidad ilimitada.

El lunes por la mañana recibí una llamada de Ricardo.

Nos llevábamos con respeto, aunque desde el divorcio hablábamos poco.

—Elena, ¿los niños estuvieron contigo este fin de semana?

Me tensé.

—Sí.

Hubo una pausa.

—¿Desde cuándo?

—Desde el viernes por la tarde hasta ayer.

Silencio.

—Natalia me dijo que estaban contigo porque tú querías pasar el fin de semana con ellos.

Cerré los ojos.

—No. Me pidió que los cuidara una hora.

Ricardo soltó el aire lentamente.

—Entiendo.

—¿Por qué preguntas?

—Porque Mateo me llamó esta mañana.

Me senté.

—¿Qué te dijo?

—Que su mamá se fue dos días y que no sabía dónde estaba.

Sentí el estómago apretarse.

—Ricardo, no quiero meterme entre ustedes.

—No te estoy pidiendo eso. Solo necesito saber qué pasó.

Le conté los hechos sin adornarlos.

Le dije a qué hora llegaron.

Cuándo dejó de contestar.

Qué mensajes mandó.

Cómo los niños no tenían ropa.

No le dije lo que yo pensaba de Natalia. No hacía falta.

—¿Tienes los mensajes? —preguntó.

—Sí.

—Guárdalos.

La palabra me incomodó.

—¿Para qué?

—Porque no es la primera vez.

Me quedé callada.

—¿Qué quieres decir?

Ricardo tardó unos segundos en responder.

—Hace tres semanas debía recogerlos el domingo a las seis. Llegó el lunes en la mañana.

—Nunca me dijo.

—A mí me dijo que tuvo un problema con el carro.

Recordé algo.

Ese lunes Natalia me había pedido dinero para pagar una grúa.

Yo se lo había transferido sin preguntar.

—¿Tuvo un problema con el carro?

—Que yo sepa, no.

Una sensación desagradable empezó a crecerme en el pecho.

—¿Hay más cosas que no sé?

—Probablemente.

No quise seguir hablando por teléfono.

Quedamos de vernos esa tarde en una cafetería cerca de mi trabajo.

Ricardo llegó con una carpeta.

Eso me asustó más que cualquier discusión.

—No quiero quitarle los niños a Natalia —dijo antes de sentarse—. Quiero que esté bien. Pero necesito saber qué está pasando.

Abrió la carpeta.

Había capturas de pantalla, correos de la escuela y notas con fechas.

En dos meses, Natalia había llegado tarde a recoger a los niños cuatro veces.

Una vez, Sofía se quedó casi una hora en la escuela porque nadie llegó.

Otra noche, Natalia le pidió a una vecina que los cuidara “veinte minutos” y regresó cinco horas después.

—¿Por qué no me dijiste? —pregunté.

—Porque cada vez que intentaba hablar contigo, Natalia decía que yo estaba exagerando para hacerla quedar mal.

Me sentí avergonzada.

Recordé cuántas veces había defendido a mi hija.

“Está cansada.”

“Trabaja mucho.”

“Ser mamá sola no es fácil.”

Todas eran ciertas.

Pero ninguna justificaba aquello.

—¿Sabes dónde estuvo este fin de semana? —pregunté.

Ricardo negó con la cabeza.

—No. Pero sé que no estaba trabajando.

Sacó el celular.

Me mostró una fotografía pública que una amiga de Natalia había subido el sábado por la tarde.

Natalia aparecía junto a una alberca, con lentes oscuros y una bebida en la mano.

Debajo se veía la ubicación de un hotel a dos horas de la ciudad.

Sentí una mezcla de rabia y tristeza.

No porque hubiera ido a descansar.

Todos necesitamos descansar.

Me dolía que hubiera mentido.

Que hubiera dejado a sus hijos sin siquiera una muda de ropa.

Que hubiera ignorado sus llamadas.

Que después hubiera llegado a mi casa a decirme que yo debía agradecerle la oportunidad de cuidarlos.

—No quiero usar esto para atacarla —dijo Ricardo—. Quiero que hagamos algo antes de que pase algo peor.

Asentí lentamente.

—Voy a hablar con ella.

—No va a escucharte si piensa que al final vas a seguir resolviéndole todo.

Aquella frase me acompañó todo el camino de regreso.

Esa noche Natalia me llamó.

Su voz era amable.

Demasiado amable.

—Mamá, ¿puedes recoger mañana a los niños de la escuela?

Me quedé en silencio.

—¿Para qué?

—Tengo una junta que se va a alargar.

—¿Hasta qué hora?

—No sé. Tal vez ocho.

Pensé en la foto de la alberca.

Pensé en la carpeta de Ricardo.

Pensé en Mateo pidiéndome perdón porque yo estaba cansada.

—No puedo mañana.

Natalia guardó silencio.

—¿Cómo que no puedes?

—Tengo trabajo.

—Pero siempre puedes.

Ahí estaba.

No era una petición.

Era una expectativa.

—Mañana no.

—Mamá, ¿qué quieres que haga entonces?

—Organizarte.

Su tono cambió.

—¿Sigues enojada por el fin de semana?

—No se trata de estar enojada.

—Pues parece que sí.

—Natalia, te ayudé porque pensé que necesitabas una hora. Fueron dos días.

—Ya hablamos de eso.

—Tú hablaste. Yo puse un límite.

Hubo un silencio largo.

—Qué rápido se te olvidó que son tus nietos.

Respiré hondo.

—Y a ti se te está olvidando que son tus hijos.

Natalia colgó.

Me quedé mirando la pantalla.

Cinco minutos después llegó un mensaje.

“Perfecto. Ya entendí que no puedo contar contigo.”

Lo leí dos veces.

Antes, habría sentido culpa.

Habría llamado de regreso.

Habría reorganizado mi día.

Esa vez no lo hice.

A la mañana siguiente, sin embargo, ocurrió algo que me confirmó que poner límites iba a ser mucho más difícil de lo que imaginaba.

A las siete y diez tocaron mi puerta.

Cuando abrí, Mateo y Sofía estaban ahí.

Solos.

Con sus mochilas escolares.

Y Natalia ya no estaba en el pasillo.

Capítulo completado

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